Por Luis Palacios

El domingo 7 de junio salió a votar casi el 50% del electorado a nivel nacional. Unos, motivados por la lealtad al partido (las lealtades enfermizas no sólo son propias del fútbol), otros muchos por la promesa de saciar momentáneamente las carencias (de una pantalla o de unos tamales, da igual) y algunos otros, de los que hablamos aquí, movidos por una responsabilidad ciudadana sincera. Estos últimos, por un momento hicieron de lado esa voz alimentada por el desencanto que les dice que un voto no contribuirá a la solución de siquiera alguno de los problemas tan graves que sufre su país, estado, colonia, y aceptaron las reglas del juego electoral con la esperanza de lograr algo, lo que sea que los aleje del rumbo fijado hasta hoy.

Para estos ciudadanos votar fue, sobre todo, un intento por tratar de mostrar desacuerdo con los partidos políticos con las pocas herramientas ofrecidas. Una batalla de entrada perdida, que se limitó a dos vertientes: el voto nulo y el voto de castigo.

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Hablemos de la primera. A sabiendas de que la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales señala que la votación válida no incluye aquellos votos por Batman o el Candigato[1] (lo cual de entrada anula la posibilidad de ver a Bruce Wayne llegando a San Lázaro en el batimóvil), sí hubo un amplio debate durante las campañas que invitó a demostrar el descontento con las propuestas partidistas a través de la anulación del voto. Por lo mismo, algunos esperábamos que esta opción se viera más nutrida en las urnas, sobre todo por lo poco que la gente se reconoce en los candidatos del partido que sea. Lo cierto es que este voto representó menos del 5% del total, una cifra aun así nada despreciable[2], pero no con la suficiente fuerza para dejar de ser eso: una cifra destinada a sólo ser un dato curioso.

Es difícil aceptar que no somos una democracia avanzada de esas del primer mundo, en la que es posible criticar efectivamente al sistema apegado a sus reglas (a decir verdad no sé si eso sea posible incluso en el primer mundo, pero como sea, me gusta pensarlo). Por lo pronto el voto nulo en México es algo así como si aceptáramos pelear contra un boxeador bien preparado, con toda la intención de ganar por nocaut, y al momento de subir al ring nos quitáramos los guantes y se los aventáramos al réferi.

Y es que algo así sucedió pues, como ya se pronosticaba, el PRI salió airoso de estas elecciones al mantener su fuerte presencia en la Cámara de Diputados y quedar casi tablas en la pelea por las gubernaturas (al menos numéricamente hablando), sobre todo por su fuerte estructura pero también por el alto porcentaje de abstencionismo al cual se le sumaron involuntariamente los anulistas. Incluso, algunos ya dicen que quienes osaron demostrar su inconformidad por esa vía son entre otras cosas, también responsables de que el PT siga conservando su registro[3].

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Tristemente, se comprueba que bajo estas reglas, el haber dicho que no se está de acuerdo con las opciones que se ofertan en el mercado electoral a través de la anulación del voto, te hace tan responsable del triunfo del PRI y de la sobrevivencia del PT como los que votaron por dichos partidos. Luego de encontrar como culpable de estos males al voto nulo, será difícil volver a verlo  considerado como una opción en un futuro cercano. Irónicamente, quienes critican esta vía, también aportan a que el sistema de partidos siga tal cual, al hacerle el favor de matar y enterrar a una posible forma de crítica en el futuro. Cuando uno acepta jugar, siempre hay que tener en cuenta que se haga lo que se haga, la casa nunca pierde.

Por otra parte, hubo quienes al aceptar participar en la mal llamada fiesta electoral, entendieron que lo sensato era jugar con las cartas que se tenían y optaron por jugar como nunca, aun sabiendo que perderían como siempre. Esos fueron los que optaron por el llamado voto de castigo, aquel que se le niega al partido actual en el poder, esperando así crearle un contrapeso. Lamentablemente esta vía tampoco tiene un final del todo feliz. Basta con ver el triunfo del PRI en Guerrero: el partido de cuyas filas han salido los gobiernos represores por excelencia, triunfando en el estado que ha sufrido terribles episodios de represión en los últimos años y en el que de hecho, estas elecciones registró como saldo un muerto[4], luego de que en la población de Tlapa se intentara boicotearlas.

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Cuahutemoc Blanco

Otro producto del voto de castigo es el triunfo del PRD en el estado de Michoacán que luego de haber tenido una serie de gobiernos priístas, optó nuevamente por el “Sol Azteca”, un viejo conocido cuyos gobiernos pasados en la entidad no se caracterizaron precisamente por sus buenas gestiones o su honestidad. Y qué decir del caso extremo de los votantes en el municipio de Cuernavaca, que al verse acorralados por la élite partidista como todos nosotros, únicamente vieron como opción sensata arrojarse por la ventana y darle el triunfo a Cuauhtémoc Blanco, quien al saberse ganador festejó con un “Me los chingué”, refiriéndose a sus contrincantes. Queda esperar que no sea esta frase una profecía de lo que le espera a los cuernavaquenses.

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El bronco

Si bien como ya vimos, no es posible ir en contra del sistema de partidos, sí es posible empujarlo a una renovación que ofrezca más alternativas a los ciudadanos que aunque siguen siendo pocos, cada vez son más. Esta vez los ciudadanos toleraron que una vez más se les encaminara a optar por la alternancia entre los viejos conocidos, pero todo apunta a que esta opción en un corto plazo estará completamente agotada. No se emocione, por agotamiento no me refiero a que la revolución está a la vuelta de la esquina, sino a que peligra la legitimación de los partidos por la vía electoral.

Los primeros indicios de este agotamiento son el triunfo de algunas candidaturas independientes, como la del autonombrado “Bronco” en Nuevo León. Pese a que muchos bien señalen el pasado priísta de Jaime Rodríguez Calderón, la importancia de su triunfo no está tanto en el personaje como en el precedente que sienta: ya no son estrictamente necesarias las estructuras partidistas tradicionales para ganar una elección. Otro ejemplo destacable de este fenómeno es el de Pedro Kumamoto[5], candidato independiente que logró el triunfo en las elecciones para diputado local en Jalisco, no sólo sin un partido, sino también sin provenir de uno, ni contar con los recursos que se antojan infinitos que reciben los partidos políticos.

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Pedro Kumamoto

Queda ver si estos resultados aparentemente positivos representan un cambio en el sistema partidista o si sólo son nuevas plataformas electorales que ayuden a la persistencia del mismo tal y como está. Lo cierto es que las instituciones electorales exigieron demasiado y dieron muy poco a ese número de personas esperanzadas en lograr algo por medio del voto, el acto mínimo pero a la vez fundamental de la expresión del pueblo. Para esas personas, el voto de castigo es algo que ya les comienza a quedar corto.

  1. http://aristeguinoticias.com/0806/mexico/votan-por-batman-candigato-y-la-novia-otros-protestan-fotos/#&panel1-1
  2. http://aristeguinoticias.com/0806/mexico/quienes-anularon-su-voto-ya-podrian-formar-un-partido/
  3. http://www.sopitas.com/site/487430-anulaste-tu-voto-ayudaste-a-salvar-el-registro-del-pt/
  4. http://www.jornada.unam.mx/2015/06/10/politica/010n1pol
  5. http://kumamoto.mx/

 

 

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