—¿Todo bien, Conejo? —le preguntó en tono tierno Sofía, su roomie.

Iker pasó a través de las puertas de seguridad del Auditorio Hermanos Rodríguez ocultando la mirada tras sus Ray-Ban. Esta vez no era el tipo sonriente, siempre de buen humor. Estaban en el Electric Daisy Carnival (EDC), uno de los festivales más importantes de electrónica en el mundo y ni bien había entrado, Iker ya se quería ir. Sin responder, continuó caminando delante de Sofía.

Llegaron a kineticFIELD, el escenario principal, cerca de las siete de la tarde. Una voz omnipresente interrumpió sus pensamientos,Bienvenidos al Kinetic Temple. La fuente de nuestra energía es la verdad de la imaginación. El ambiente se saturó con cuerdas de violines y una nota melancólica flotó entre las casi cien mil personas presentes. Mientras haya imaginación en sus corazones, podemos recargar el mundo. Vengan con nosotros en este viaje a través del Kinetic Temple. El atardecer con sus tonos naranjas y azules desplegaba un acto coordinado para inmortalizar el instante. Los beats se intensificaron, el fuego encendió el escenario y su abrazo incandescente se extendió hacia todas partes.

Iker tenía a su disposición un cóctel de drogas: seis ácidos, seis tachas. Pero comerse una tacha en ese estado era una pésima idea: el éxtasis lo dejaría con un déficit de serotonina y al día siguiente su depresión sería algo que no podría manejar. Se decidió por el ácido.

Era la primera vez que lo comía. El LSD viene en un pequeñísimo trozo de papel secante. Para maniobrar mejor, se encerró en una cabina de WC, lo sacó de una diminuta bolsa y se tragó la mitad. Le mandó un mensaje a Mauricio: “Tú deberías de estar aquí conmigo”. Cinco minutos después, sintió una vibración: “Diviértete güero, nos vemos el lunes”. Su cara se iluminó.

El ácido comienza lentamente, sin que uno se dé cuenta. Sus efectos aparecen después de unos treinta minutos y puede transcurrir hasta una hora, así que algunos bajan la guardia. Éste fue el caso de Iker. Se sentó en un área cercana a la alberca de pelotas y de pronto sintió que el teléfono se le escurría entre los dedos, como si fuera de un material flexible, elástico, maleable. Otro síntoma es la ansiedad. Quieres caminar, bailar, moverte. Iker lo canalizó yendo al baño. El espejo ya no le devolvió los ojos tristes, sino una mirada esquizoide.

—Ya me pegó, ¡el teléfono se me derrite! —le dijo a Sofía.

Tomó una pelota roja para jugar. Era un ansiolítico, un talismán que tenía el poder de anclarlo a la realidad.

—Vamos allá enfrente —y caminaron rumbo a la barda metálica. Desde ahí podían ver a Martin Solveig[1] mezclando. Cerró los ojos. Una fiesta de luces y colores se apoderó de su mente. Sus sentidos peregrinaban por una senda sinestésica: la música se traducía en imágenes y sensaciones. Estaba feliz. No sabía si era el LSD o que Mauricio había roto su silencio. Iker se extravió en la contemplación del escenario, una estructura de setenta y cinco metros equipada con lanzallamas, fuentes de agua, rayos láser y luces: El delirio de los junkies. Una pantalla de veinticinco metros proyectaba un búho: el animal insignia del EDC. También aparecía de vez en cuando The Tree of Imagination, la recreación de una escultura abstracta que en el 2016 se montara en EDC Las Vegas. El dj dejó un beat martilleante de fondo. Tac, tac, tac, tac. La gente alzó los brazos y los movían cadenciosamente de un lado a otro: ¡heeee! ¡hoooo! ¡heeee! ¡hoooo! Gritaban… Tac, tac, tac, tac. ¡heeee! ¡hoooo! ¡heeee! ¡hoooo!… De pronto:

“Let’s dance / no time for romance / let’s dance / no time for romance /

Some people screeeeeeeeam—gritó el dj

You got me intoxicated / you got me intoxicated / you got me intoxicated / you got me intoxicated”


[1] Martin Solveig (1976) es un Dj y productor francés de música electrónica.


En el escenario columnas de agua y lumbre se sincronizaban con el tempo y el cielo eléctrico se incendió entre fuegos artificiales.

—Vamos a dar la vuelta —interrumpió su viaje Sofía, quien se había comido la otra mitad del ácido para acompañar a Iker en su éxodo lisérgico.

Salieron del kineticFIELD, había caos, polvo. Las filas para las chelas y los baños eran descomunales. Los entusiastas del Electronic Dance Music caminaban desde todas partes, hacia todas partes. En otra época, en los raves de principios de los noventa, las mujeres estarían disfrazadas de mariposas o de hadas y las personas traerían chupones y osos de peluche. Pero la ideología P.L.U.R.[2] había muerto mucho tiempo atrás, a una década de su nacimiento en México. Y tras su muerte, los elementos rituales cambiaron: un adolescente, no mayor de dieciséis años, llegó disfrazado de unicornio, con al menos una docena de pulseras fosforescentes en cada mano. La máscara del mítico animal colgaba de su espalda. Sus ojos eran grandes, redondos, negros, como caricatura japonesa. Otras personas llevaban tótems con la cara de Donald Trump o de Carmen Salinas. No faltó la foto de “El Chapo y de Walter White, de Breaking Bad, Spider-Cholo con una botella de Tonayán y el “niñito Dios” del “pasito perrón”…


[2] P.L.U.R. es un acrónimo que sintetiza los principios de la filosofía de la cultura raver. Sus siglas significan Peace (paz), Love (amor), Unity (unidad) y Respect (respeto).


Caminaron entre árboles llenos de luces hacia neonGARDEN, un bosque mágico… Todo eran espectros torcidos que se descomponían en ramas, sombras, gente. Recostados en los troncos estaban los caídos, abatidos por las drogas, el alcohol, el cansancio. Otros se refugiaban del aire para preparar un gallo.

Si kineticFIELD se caracterizaba por su producción, neonGARDEN era mucho más sencillo. Bajo una carpa blanca, cientos de luces centelleaban al ritmo del bajo, creando una atmósfera íntima que se intensificaba. La gente silbaba y gritaba en ondulaciones rítmicas. Dos silbidos, un grito, ¡fiu! ¡fiu!, ¡huuuuu! Dos silbidos, un grito, ¡fiu! ¡fiu!, ¡huuuuu!

El progressive house es un género que derivó de la música house[3]. Sus secuencias son largas, hipnóticas, los bajos le dan profundidad a la melodía y el eurodance[4] le impregna una cadencia bailable. Emergen arpegios combinados con una especie de sirena que eleva sus escalas hasta distorsionarse en un sonido circular. De pronto, silencio. Enseguida, un golpe seco: el bajo, duro: ¡pum, pum, pum, pum!


[3] Género de música electrónica que nace en Chicago a principio de los ochenta y que se deriva de la música disco.

[4]Concepto utilizado para agrupar una serie de géneros de música electrónica nacidos a finales de los ochenta en Europa y que va desde el Techno, HI-NRG, House y Eurodisco.


Sofía sintió el subidón de ácido en neonGARDEN. Es como si tu mente saliera disparada hacia el espacio a mil kilómetros por hora.La sensación de vértigo puede ser agobiante. Lo peor es que no puedes hacer nada: resistirse lo empeora. Fue con Iker por cervezas para tranquilizarse, pero cuando intentó pagar, los vasos se le derritieron entre las manos. Las paredes se hicieron pequeñas, como si respiraran, como si quisieran devorarla.

Al salir de neonGARDEN se toparon a unas chicas en bikini, con las caras pintadas de blanco, como mimos. Su pelo era verde, amarillo, naranja. Eran del staff de EDC, circulaban en grupo, bailando y mandando besos. Otras personas desfilaban con penachos, con el cuerpo pintado con colores fosforescentes. También había disfrazados de El Chapulín Colorado, La Parca, Power Rangers, musulmanes. Usaban máscaras para librarse de otras máscaras: las de la vida profana. Bajo la luz neón era un festín psicodélico.

Iker y Sofía escucharon un beat convulsivo. EnwasteLAND los recibió un Jack Skellingtonde doce metros, pintado en un contenedor. Sobre esta imagen leyeron la frase: “WELCOME TO HELL”. La gente brincaba en oleadas atiborradas al compás de los sonidos industriales. En el techno el bajo es mucho más rápido que en otros géneros. Es una música trepidante, saturada; una combinación de tambores que se te meten en el cuerpo. El techno desplegó su poder de agujero negro: sin dejar escapar ningún haz de luz, lo absorbió todo para después dinamitarlo. Tal vez el recuerdo de Mauricio regresaría al día siguiente con toda su brutalidad. Pero ese día la memoria quedaba suspendida en un presente perpetuo. En pleno vórtice, Iker y Sofía fueron consumidos por los pasos tribales, por el sudor extático que purga. En los rituales salvajes, sólo importa el beat que condensa la vida en un intervalo, que transforma el movimiento en danza, que te hace decir: “Hoy ardemos… Porque éste es el momento, éste es el aquí, éste es el ahora…”.

Ilustraciones por Ppkmkzztt

“Por cortesia de CCU-Tlatelolco-UNAM, texto perteneciente al volumen La Cronica como antídoto, las dimensiones del ocio, 2018

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Rubén Falconi

Rubén Falconi

Renato Farrera (México, D.F. 1983) poeta y cronista. Autor del libro de poesía El Árbol del Ahorcado (Fondo Editorial del Estado de Querétaro/Calygramma, 2014) así como de los libros Regresa a casa, Charlie Brown y La batalla de los muertos de Betania próximos a publicarse en ediciones El Humo.

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