¿Qué es un poeta? Una persona desdichada que oculta hondos sufrimientos en su corazón, pero cuyos labios son de tal naturaleza que si de ellos brotan sollozos y alaridos, suenan como una bella música. Søren Kierkegaard (Diapsálmata).

Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Ocurre con frecuencia. Los suicidas encuentran un instante de cordura pasmosa, un momento de claridad que los lleva a garabatear unas cuantas palabras a modo de despedida; y suelen pedir perdón, quizá por el reguero de sangre o por el batidillo policíaco que se avecina. Eso hizo Elliott Smith antes de acabar consigo mismo. En un post it trazó: “Lo siento mucho, amor, Elliott. Que dios me perdone”. Quien encontró la nota fue Jennifer Chiba, su novia, y cuenta que tras discutir con Elliott, ella misma se había encerrado en el baño del apartamento que ambos habitaban en Los Ángeles.

Entonces escuchó un grito.

Al salir, se encontró a Smith de espaldas; cuando este se volteó, dejó ver que se había enterrado un cuchillo en el pecho. Aunque se le dificultaba respirar, el tipo seguía de pie. Las manecillas del reloj rondaban las doce. Era 21 de octubre de 2003 y Elliott contaba con 34 años de edad.

elliott smith

Elliott Smith.

Rebanarse el pecho uno mismo. Sin siquiera quitarse la camisa. Respirar hondo por última vez y con todas las fuerzas posibles clavar una punta afilada para que esta raje el corazón: un asunto dolorosísimo, según cuentan los expertos; hay que contar con un franco deseo de sufrir siempre que se planee abrir un cajón de la cocina para elegir el puñal con mejor punta y así calcular el espacio que hay entre costillas para abrirse camino.

Elliott llevaba tiempo sintiéndose mal, mucho tiempo. Así que suicidarse de esa manera no fue un arrebato. El sujeto estaba limpio entonces, llevaba cerca de un año alejado de las drogas tras palpar fondo. Algunos lo recordaban deambulando errante por las calles angelinas, cobija sobre los hombros, perdido en sus adentros y sus afueras; y también tendido en algún sanitario público, soltando balbuceos con una aguja pinchándole el brazo. El hombre adquirió en Los Ángeles el gusto por el crack; sin embargo, antes, cuando vivía en Nueva York y, previamente, en Portland, ya era alcohólico y heroinómano.

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Foto: Camera press/Sam Harris.

FAMA Y DEPRESIÓN

Hasta aquí, pareciera que se ahonda en la vida de un infeliz destinado al anonimato, uno más de los muchos que a diario sobreviven penosamente en las grandes ciudades del planeta. Pero en 2003, Smith era un sujeto famoso, vaya que sí. Aunque últimamente ofrecía conciertos plenos de tropiezos, su cancionero había preñado de ilusión a miles de escuchas que, como él, barruntaban la peor de las catástrofes emocionales. Figure 8 (2000), el disco más reciente que de él presumían los estantes de las tiendas de discos, se asomaba como el mejor de su carrera. Adulación le sobraba, así como fiesta y glamur.

Lo que sus compinches de juerga seguramente desconocían era que Elliott sufría de depresión. Una honda depresión añejada por los años. “Everything means nothing to me”, se escuchaba en el álbum de marras; un advertencia en formato de canción que ya antes se había asomado en forma de cicatriz (en alguna ocasión el productor Larry Crane descubrió una aparatosa herida entre los pezones del compositor) y de amenaza verbal (el músico solía despedirse de sus amigos efusivamente, diciéndoles que probablemente no los volvería a ver jamás, pues planeaba suicidarse).

Pero, ¿quién podría imaginar que el tipo hablaba en serio? Es decir, el sello DreamWorks lo había cobijado desde XO (1998), una obra que lo llevó a vender más discos de los que jamás imaginó y con la que dejó de pasar las noches tras las rejas, por ser confundido con un indigente, a convertirse en una especie de celebridad. La subida a la fama tuvo lugar una vez que el cineasta Gus Van Sant lo escuchó y decidió adherirlo al soundtrack del filme Good will hunting (Mente indomable) para así hacer que una composición en especial pusiera a Smith bajo los reflectores más toscos: “Miss misery”. En el video de dicho tema puede verse al cantante andando por las calles, partiendo del bar Smog Cutter y portando un traje blanco para dar una caminata por el mismo barrio donde dealers y putas, mendigos y millonarios, deambulaban mientras Smith bebía y trazaba rimas en su mente. Sin embargo, sería una presentación del músico en el televisor (durante la entrega de los premios Oscar) la que pondría en la boca de millones esa oda a la bondad que un pomo de whisky genera en los solitarios.

Surreal, así calificó en su momento la situación el cantautor. Y vaya que lo fue. Convencer al de Portland para que tocara durante la mencionada ceremonia no fue sencillo, y cuando finalmente accedió —argumentando que era un buen pretexto para enfundarse su traje blanco de la buena suerte— los nervios lo carcomieron; pero no porque millones observarían su aceitosa cabellera en la pantalla de sus respectivas salas, sino debido a que a unos cuantos pasos del cantante, bien atento, Jack Nicholson ocuparía una butaca. Una cita surreal, sí. Porque al terminar su interpretación —justo al acabar de contar con voz trémula cómo se le hace para drenar el veneno del cerebro y así desechar malos pensamientos— Elliott apenas dibujó una mueca en su rostro mientras ofrecía una reverencia al glamoroso público; después, Madonna anunciaría que Céline Dion se llevaba el premio esa noche, encima de la Srita. Miseria. El Titanic arrasó con todo aquella vez, excepto con el corazón del buen Elliott, quien seguramente cogió una buena borrachera tras guardar su guitarra en el estuche para volver a casa.

Quienes chocaron las palmas frente a Elliott cuando Céline lo derrotó, difícilmente creerían que se trataba de un tipo que no demasiado tiempo atrás practicaba busking en el transporte subterráneo, que luchaba por ganarse oídos a diario y que cuando esto no pasaba vagaba por las estaciones meditabundo, durante horas. Quizá tampoco sospecharían que en cierta ocasión que se presentó en el South by Southwest, se vio obligado a interrumpir el concierto en diversas ocasiones para visitar el baño. Todo debido a que, sí, el impacto de descubrir a una multitud enloquecida por su cancionero le destrozaba los nervios. Y es que cuando se presentaba en directo, frágil, con una timidez exacerbada, el hombre prefería dirigir sus ojos al suelo, hundir ahí la mira mientras abría la portezuela que mantenía tibias sus entrañas. Either/Or (1997) fue el disco que llevó al artista a enterarse de que, al menos bajo los reflectores, ya era hora de quitar la vista de sus agujetas. Para entonces, ya valía la pena alzar la cabeza con tal de toparse con un creciente puñado de seguidores.

LA HONESTA SERENIDAD

Interesado en asuntos existencialistas, Elliott tomó inspiración de un libro firmado por Søren Kierkegaard para darle nombre a su tercer álbum (al cual anteceden uno de título homónimo y Roman candle, editados en 1995 y 1994, respectivamente), el ya mencionado Either/Or, un trabajo que cumple veinte años de haber sido puesto bajo el sol.

Se habla aquí de la obra coyuntural de Elliott, pues en ella se concentran sus mejores cualidades: la honesta serenidad de quien escribe temas de aliento folk, emparentados estéticamente con el imaginario del cantautor que recurre a arreglos discretos; y la cruda ambición del que entiende que acompañarse de una guitarra acústica para desatar lágrimas en algún pub medio vacío está bien, pero las herramientas del pop no están como para desdeñarse. En dicho trabajo, es posible rastrear las influencias evidentes de Smith, como ese afán por doblar las voces que a The Beatles tan buenos resultados les traían y, por supuesto, la infección que artistas como Neil Young, Bob Dylan y los propios Beatles de la era del álbum blanco le proporcionaron. Sin embargo, Elliott parecía cubrir todo ese bagaje con un barniz nostálgico se sobrecogedora factura.

El romance alcohólico retratado en “Between the bars”, la gema pop que significa “The ballad of big nothing”, el ríspido acto de mirarse al espejo concentrado en “Pictures of me” o la austera esperanza de un tema como “Say yes”; en Either/Or, el espíritu quebradizo de su firmante, esa valiente aunque delicada forma de confrontar la vida que Smith poseía, se palpa de forma conmovedora. Al escucharlo, pareciera que el tipo está echado en el suelo de casa, mostrando lo que acaba de escribir la madrugada anterior. Y esto se confirma al saber lo que sus amigos recuerdan de cómo era salir con él; lo que significaba sentarse a su lado a beber y charlar, lo que era saberlo cerca, sentirlo vivo. Y claro, resulta sorprendente enterarse de que era fan de Scorpions y Rush, del Goodbye yellow brick road de Elton John (se cuenta que llegó a escucharlo por más de diez horas consecutivas), de que a lo largo de una borrachera podía gastarse 40 dólares en una rockola y de que si alguien hacía sonar “Running scared”, de Roy Orbison, salía corriendo despavorido, argumentando que ansiaba que llegara el día en que pudiera escuchar ese tema sin que lo destruyera.

VUELVE A CANTAR TU DULCE MÚSICA

Pero lo que más cala es saber que todo ellos, sus allegados, sabían que el hombre llevaba años anunciando que iba a quitarse la vida. Que la vez que empuñó un cuchillo para hundírselo en el pecho no estaba improvisando, sino consumando un acto que tenía tiempo maquinando. Lo dijo Kierkegaarden, el escritor ya citado, a Smith le sucedió lo que al desdichado que era torturado lentamente, a fuego lento en el toro de Falaris, y cuyos alaridos no llegaban hasta los oídos del tirano para horrorizarle, pues a éste le sonaban a dulce música.

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Foto: Andy Willsher/Redferns/Getty Images.

Y mirémonos, aquí estamos, escuchando al muerto, encantados; atendiendo al del corazón rajado a través de sus discos. Sin duda somos los escuchas que se apiñan en torno al poeta y le dicen: vuelve a cantar, es decir, deja que los sufrimientos atormenten tu alma. Porque si bien esos lamentos nos generan cierta angustia, nos resultan adictivos por una razón que tanto Elliott como Søren conocen bien: la música que un alarido provoca, aunque nos apene aceptarlo, es simplemente deliciosa.

Editor Yaconic

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