Por Richie von Dix / @Richingon_Plata

Cada generación tiene su profeta, un guía o padre espiritual, cuya palabra y relato mítico-visionario condensa con exactitud las tribulaciones vitales de su tiempo. Pienso en lo que significó la lectura de obras como Las desventuras del joven Werther de Goethe para los románticos alemanes de finales del siglo XVIII o El extranjero de Albert Camus para los existencialistas franceses durante y después de la Segunda Guerra Mundial, por citar un par de ejemplos. Estamos hablando de autores y relatos excepcionales, perturbadores, imperecederos, cuyas innovaciones estilísticas y profundidad estético-emocional, revitalizaron la lengua y convulsionaron su tiempo.

En el camino (On the Road, 1957), de Jack Kerouac (1922-1969) es una novela que encaja dentro de esta categoría: un relato perenne e iniciático que plasma el espíritu de los salvajes hipsters y desolados beats de los cincuenta, pero también de la contracultura y la movida hippie de los sesenta.

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Neal Cassady y Jack Kerouac

Su trama es conocida de sobra: entre 1947 y 1950, el compasivo Sal Paradise (alter ego de Kerouac) y el desbocado Dean Moriarty (Neal Cassady, musa e ícono beat) se embarcan en una serie de alucinantes viajes por las principales carreteras (el libro popularizaría la U.S. 66 o Ruta 66, la “carretera madre” que atraviesa el Medio Oeste norteamericano) y ciudades de los Estados Unidos (Nueva York, Denver, San Francisco, Los Ángeles, Nueva Orleans y Chicago), culminando su periplo en los pueblos y caminos de México.

Como muchos jóvenes antes que yo, leí En el camino durante mi adolescencia, época en la que devoré buena parte de las obras y autores clásicos de la literatura beat, la divina trinidad compuesta por William S. Burroughs (Padre), Jack Kerouac (Hijo) y Allen Ginsberg (Espíritu Santo), quienes junto con Charles Bukowski, acaso el más formidable de sus detractores, despertaron en mí el hábito tan excéntrico y malsano de la lectura.

En aquel entonces soñaba con escribir y protagonizar historias como las que vivían Kerouac y compañía; o al menos, quería ser como los personajes de sus novelas. Me seducía de sobremanera la idea de convertirme en un outsider, ajeno a las ambiciones, sueños y valores del mundo adulto.  Quería vivir al margen, fuera del establishment; ser un héroe decadente sumido en los excesos: alcohólico, criminal, sabio proscrito y trotamundos, rebelde, drogadicto, amigo infame y traidor, amante de todas y de ninguna, idiota, perdedor. Quería ser beat, para acabar pronto.

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Y es que al igual que su primo cercano el hipster, el genuino beat es eso, un “místico existencialista”, un “psicópata filosófico”, a decir de Norman Mailer (El negro blanco, 1957), que en virtud de sus innumerables vicios y pecados, de su desesperación profunda, de su deseo agónico por vivir intensamente, está más cerca de la santidad que el hombre virtuoso o de fe.

Este es el caso de Dean Moriarty, un “Idiota sagrado” que “posee el secreto que todos nos esforzamos en buscar”, “un pariente occidental del sol”, cuyo ímpetu e inquietudes existenciales reflejaban a la juventud rebelde, inconforme y maltrecha (“beat down”) de su época. De ahí que, a menudo, Kerouac lo describa como dotado o movido por una fuerza sobrehumana, aniquiladora, seráfica y demoniaca a la vez:

Tuve de pronto la visión de Dean, como un ángel ardiente y tembloroso y terrible que palpitaba hacia mí a través de la carretera, acercándose como una nube, a enorme velocidad, persiguiéndome por la pradera como el Mensajero de la Muerte […] Vi su cara extendiéndose en las llanuras, un rostro que expresaba una determinación férrea, loca, y los ojos soltando chispas; vi sus alas, vi su destartalado coche saltando chispas y llamas por todas partes […] Era como la ira dirigiéndose al Oeste.

Si bien el propio Neal Cassady jamás se sintió del todo a gusto con su retrato novelesco (años más tarde aparecería en Visiones de Cody del propio Kerouac y en Ponche de ácido lisérgico de Tom Wolfe), lo cierto es que las andanzas y los excesos de la mancuerna conformada por Paradise-Moriarty no podrían entenderse sin la tensión místico-religiosa que atraviesa la novela.

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A la distancia, En el camino se me revela como una oda acerca de la complicidad y amor filial entre varones, un ejercicio de estilo desaforado y estridente (Kerouac solía decir que la prosa “jazzística” y “espontánea” con la que había escrito sus mejores libros eran un mismo párrafo-poesía), el cual llega a su clímax durante sus últimas páginas, cuando ambos amigos atraviesan México, en medio de orgías, drogas y experiencias beatíficas, es decir, beat:

Tuve que hacer grandes esfuerzos para ver la imagen de Dean entre una mirada de radiaciones celestiales. Me pareció que era Dios. La sola idea de contemplar México a través de la ventanilla […] era como retirarse de la contemplación de un tesoro resplandeciente que se teme mirar porque contiene demasiadas riquezas y tesoros como para que los ojos, vueltos hacia dentro, puedan verlo de una sola vez. Me sobresalté. Vi ríos de oro cayendo desde el cielo que atravesaban con toda facilidad el techo del pobre coche y se introducían en mi interior; había oro por todas partes.

Sí. México fue la tierra prometida, el paraíso y también el infierno de los escritores beat; “el dorado mundo de donde procedía Jesús”, en palabras del joven Sal Paradise. Hoy, por cierto, el título y el contenido de En el camino, también me son menos oscuros que hace 15 años; tanto Dean Moriarty como Sal Paradise fueron “dos jóvenes católicos” (dixit Jack Kerouac, Big sur, 1962), en busca de la comunión con Dios o Beatitud. Y la encontraron a su paso por las carreteras; la encontraron aquí, en México, hace más de sesenta años.

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Podemos hacer un sinfín de comentarios acerca de esa Biblia beat que es En el camino y de su más lúcido profeta, Jack Kerouac, pero para el adolescente atribulado que alguna vez fui, como para el adulto atribulado que sigo siendo hoy, su principal lección es la misma: si lo que se quiere es llegar a ser libre es necesario ponerse en movimiento, emprender el viaje, con lo mínimo y sin peso extra (dinero, posesiones, trabajos, compromisos).

Hay que labrarse un camino y atreverse a rodar por la carretera, no importa a dónde ni cómo. “La carreta es la vida”, dejó escrito Sal Paradise. Y como él, yo también pienso en Dean Moriarty, yo también hago mías sus palabras: “¿Cuál es tu camino, tío?: camino de santo, camino de loco, camino de arco iris, camino de lo que sea. Un camino a cualquier parte y de cualquier modo”.

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