Creo que desde la infancia me preocupa la comida. Primero, aquello que no me gustaba o me sabía mal; al crecer, todo lo que podía conocer que se comiera. También en la adolescencia me llegaron dudas extrañas sobre cómo conocíamos el mundo. Lo único bueno es que estuve rodeado de gente que me mostró el mundo desde otra perspectiva en aquella época: gente de radio, escritores y gente de filosofía.

Sí, ya sé, se escucha bien mamón eso. Pero no puedo negar la cruz de la parroquia. Sin lugar a dudas, fue Josu Landa, el reconocido filósofo venezolano, quien me puso frente a muchas ideas para contrastar la bola de tonterías que me habían formado hasta ese momento. Me enseñó a poner atención en la experiencia que mi entorno me daba. Y mi entorno era pura comida; crecí entre la gula y la lujuria que produce comer.

Así llegué a la teoría de aquello que amaba. Primero entendiendo qué pasaba cuando llegaba la materia prima, a qué sabía aquello antes de modificarlo y ser presentado en un plato. Había procesos químicos y físicos; era allí donde comenzaba todo: entender qué se hace para que algo cambie de sabor, textura e imagen. Podría seguir con todo un rollo sobre el tema, pero hay libros de divulgación científica que lo hacen mucho mejor y de manera clara y sencilla. Les recomiendo El Nuevo Cocinero Científico (siglo veintiuno, 2015) de Diego Golombek. Aclaro es un libro pensado para adolescentes pero ayuda un montón.

También busqué en la contraparte de ese tipo de cocina: el slow food. En el fondo, dicha cocina es la manera en que lo hacían las abuelas con sus recetas. Entender la manera en que se cuida el producto mientras crece: puro mimo y jipismo a partes iguales.

Sin embargo, algo quedaba fuera: ¿Por qué me emocionaba tanto la comida? Releyendo Poética de Josu Landa y charlando con la poeta Rocío Cerón me di cuenta de otra cosa: había perdido de vista la experiencia. Estar frente a un plato de comida es muy parecido a leer un poema. Hay veces que no entiendes nada de lo que está pasando, pero de alguna manera lo disfrutas; otras, sabes perfectamente de qué va; y con algunos más,ves que todo está muy bien, casi perfecto, pero sabe para pura madre. Por supuesto, que si a esa pequeña experiencia le ponemos una escenografía como los amigos, la fiesta o un espacio chingón, cambia aún más. La comida estalla frente a nosotros.

Y hay güeyes más clavados. El caso del filósofo Emilio Uranga es para contar: durante cierto tiempo, el tipo se puso a enumerar qué comía durante el día y fijarse de qué manera pensaba las cosas que le preocupaban. Esto lo encuentran, en el tomo dos de Ensayos, editado por Ediciones La Rana. Aunque hay una edición facsímil de sus diarios de aquella época. Me la prestó un amigo, el texto es una delicia del grado de clavadez que alguien puede tener por sus intereses (en este caso, la comida).

Así entendí que soy un diletante, que no me interesa ser un profesional de aquello que me genera placer. Disfruto comer y preparar alimento, siempre aprendo algo nuevo al negarme la necedad de parecer gourmet.

Me interesa, en cuanto tal, lo pecaminoso de la comida. Pero sólo son los primeros pasos, las primeras palabras. Darme cuenta que estoy en los datos de los sentidos.

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Francisco Rangel

Francisco Rangel

(Celaya, 1975). Es padre de familia y amo de casa. A ratos da clases, a ratos prefiere hacer de comer. Navajero con problemas de literatura, nunca al revés. Escucha música a puños y a puños vive. Gracias a su aburrimiento escribe y ha publicado un par de libros: Junkebox – Cartas a mi Hija (ICL, 2009) y Dios por Dios es Cuatro (La Rana, 2010).

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