Alquimista del Pensamiento

La fuerza de los símbolos es un conocimiento valorado y reservado celosamente por aquellos absorbidos por ese ente devorador llamado poder. El secreto radica en las rutas de pensamiento que lo fundamentan, sin embargo, es el impacto que tienen los símbolos en nuestra vida lo que sustenta su existencia. Antes que artista, Érick Beltrán es una feroz máquina cognoscitiva que desentraña dichas estructuras de pensamiento y nos las ofrece en bandeja de plata.

 

Érick Beltrán

Por Pablo A. Anduaga / @Pablo_Anduaga
Fotos: Eduardo H.G.

Érick Beltrán es un tipo afable que escapa a los estereotipos. En cuanto comienza a explicar su Atlas Eidolon, recientemente expuesto en el Museo Rufino Tamayo, todo comienza a girar como la estructura escultórica presente a sus espaldas, la cual tiene movimientos de translación y rotación, de ida y vuelta, la analogía perfecta sobre el acto de pensar, analizar, crear y decidir; Beltrán es un verdugo ideológico mientras vuelan sus palabras.

EL HUEVO DE LA SERPIENTE 

El capitalino es un indagador nato: se sumerge en las sinuosas aguas de la relación entre los dueños del poder (que como buen monstruo tiene un sinfín de tentáculos) y el pensamiento que genera la construcción de discursos que gobiernan la mente de buena parte de la gente. Se ha culpado al corporativismo y a las teorías económicas de los malestares sociales y de la incontrolable corrupción que agobia a la sociedad, falacia más grande y de excelso adoctrinamiento no pudo nunca haberse gestado pues son hombres -con nombre, apellido y puesto- los responsables por sus acciones y decisiones, no la ideología misma, una suerte de fuente ovejuna globalizada. Estos juegos de pensamiento son los que Érick Beltrán explica en su quehacer artístico.

Mucho se ha debatido, criticado y pugnado sobre el arte contemporáneo mexicano –en su generalidad- y su distancia tanto con el público como con su compromiso social. Sin embargo esa retórica se ha convertido ya en un eco que de tanto en tanto se deja ver, no obstante, la realidad se muestra diferente y –hay que recalcarlo- esperanzadora al encontrarse con exposiciones de palpable compromiso personal, social y, como en el caso de Beltrán, político. No es coincidencia que el Museo Rufino Tamayo presente Atlas Eidolon. Este espacio fue objeto de severas críticas tras su reinauguración y las voces que se alzaron ofendidas por los apoyos privados de polémicas figuras deberían hoy reconocer su esfuerzo museográfico y curatorial (encabezado por Willy Kautz) que distingue a artistas conceptuales de vanguardia de la talla del visionario creador chileno Juan Downey (QEPD) o de la actual Matt Mullican, quien ofrece una retrospectiva sobre uno de los pioneros en la concepción contemporánea de la imagen llevada hasta su tetradimensionalidad.

Érick Beltrán M1

Si bien Downey sirvió para entrar en cancha y Mullican es más una postura (brillante) personal e introspectiva, Beltrán forma el eslabón hacia el espectador y su entorno, no sólo personal y social, sino en aspectos tan específicos como los lazos de compadrazgo en las muchas áreas del poder.

El arte que tiene su base en lo acusativo posee el mismo peso que una marcha sobre Reforma en domingo. Si bien Érick muestra con los detalles del argumento riguroso las entrañas de la pestilente bestia de la corrupción, su valor reside no sólo en su paciente y depurada investigación, sino también en darnos una opción diferente para realizar nuestras rutas de pensamiento. Devela cual prestidigitador el cómo se piensan e imponen las ideas desde el poder y otorga, como muy pocos, una vertiente sin fines adoctrinantes sobre cómo evitar las trampas de la manipulación ideológica.

Galia Star Staropolsky

Foto: Galia Star Staropolsky

ESCALPELO SOBRE MANTEQUILLA 

La meta no es sencilla y exige tres momentos al espectador: indagar en la propia maraña mental para identificar las rutas planteadas en los dioramas donde muestra sus rutas de pensamiento, las cuales al principio parecieran como palabras puestas al azar en círculos concéntricos. Si uno hace uso del momento de curiosidad supuestamente innato en nuestra esencia, se dará cuenta que no hay espacio para la casualidad en dicha estructura, va de lo general a lo particular y, al avanzar en círculo, la mente hace lo suyo obsequiándole lo moral y ético que sustenta nuestro pensar, el último de los momentos exigidos por la obra misma.

Tras proponer este esfuerzo notable de razonamiento, dentro de la sala el velo mental cae y el arte hace lo suyo. Colosales pendones de fino y depuradísimo trabajo ilustrativo nos regalan las muchas y profundas rutas de la corrupción de manera explícita y apabullante, como el nepotismo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación o la relación del Grupo Atlacomulco y sus amplios cotos de influencia (y sí… el apellido Hank Rhon luce radiante) que se entremezclan con el laberinto de pequeñas fotografías distribuidas en toda la sala.

Érick Beltrán m3

Ahora es cuando resulta imposible no regresar al Atlas Eidolon y sus 150 fotografías, que cambian los conceptos de los dioramas referidos por imágenes seleccionadas (tras un minucioso proceso en el archivo fotográfico del diario La Jornada) para encontrar los arquetipos iconográficos de lo que pensamos define nuestra mexicanidad (como el saludo a manos abiertas del presidente en turno tras recibir la banda presidencial, las risas de ex presidente Felipe Calderón y el general Guillermo Galván, o bien la foto de la “desaparecida” niña Paulette Gebara). Al igual que en los dioramas, uno gira y rota los diferentes círculos para descubrir diferentes eslabones, Beltrán apuesta por la capacidad de cada uno para enlazarlos, analizarlos y sorprenderse.

En una analogía donde el sarcasmo cruel esboza su cínica sonrisa, por seguridad de los asistentes se fijaron los dos primeros y más grandes ejes de la estructura escultórica para dejar sólo movibles los aros internos, no vaya a ser que el impacto de las uniones ahora reveladas golpeen igual de fuerte que el marco de acero forjado que las contiene.

El huevo de la serpiente:

Ingmar Bergman popularizó la metáfora sobre la primera cuna del reptil en la perturbadora película homónima de 1977, donde el nido funciona como una carcasa transparente que permite ver el embrión y genera una empatía y compasión sobre una animal que cuando crezca será potencialmente mortal

YACONIC

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