CODEX DE ANTOINE D’AGATA

Por Mario Castro 

Fotos cortesía © Antoine D´Agata Magnum Photos/ Centro de la Imagen

Uno de los temas más socorridos dentro de la fotografía actual en México, o relacionado con el país en general, es la violencia generada por las drogas y su mercado. Un fenómeno social latente y sobradamente palpable. El profundo contexto que sirvió para su desarrollo, especialmente ocurrido dentro de comunidades marginales que vieron en los narcóticos (más que en el narco) una forma de sobrevivir y luchar ante el desamparo del sistema mexicano, no siempre se muestra de forma cruda y tremendamente personal. 

Sin saberlo, Antoine D’Agata (Marsella, 1961) atestiguó e indirectamente comenzó a registrar los cambios que el terreno del placer sexual y narcótico en México ha experimentado desde los años 80. En aquella década, el joven D’Agata arribó a nuestro país durante una serie de viajes que lo llevaron conocer lugares donde podía conseguir heroína y sexo; servicios que ya le eran habituales en Francia y que había escogido como forma de vida, aunque sin destino claro. Tal parece que halló el camino en los años 90 bajo la tutela de Nan Goldin y Larry Clark en el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York.

Desde su primera visita, su relación con nuestro país ha sido constante, un retiro habitual que lo ha llevado a conocer diversos rostros de México. El material reunido hoy forma parte de un libro intitulado: CODEX, Antoine d’Agata, México 1986-2017, del cual tomó algunas fotografías que hoy se encuentran intervenidas y alojadas en el Fotomuro del Centro de la Imagen en el marco del festival #FotoMéxico.

Esta pieza narra el paso del placer erótico-sexual a lo erótico de la muerte (siguiendo a Georges Bataille) mediante retratos o escenas dispuestas a lo largo y ancho del muro: una superficie de imágenes permeadas por un rojo profundo, cada vez más intenso y visceral conforme el espectador lo recorre.

Treinta años son suficientes para que CODEX muestre las transformaciones del “paraíso mexicano”. Una ruta que partió en la magia, una violencia placentera venida del sexo y las drogas, algo que el marsellés tomó como propio durante los convulsos ochenta para atestiguar lo marginal y violento de su natal Francia. Llegar a las fronteras, tal como se encontró la nuestra durante un aparente idilio donde los muertos no reptaban por las carreteras.

En las imágenes del que podríamos denominar como el “primer periodo” de CODEX, los cuerpos aparecen desnudos y barridos, bien pinchándose con más heroína o retozando sobre camas: una búsqueda (in)consciente del éxtasis, una transgresión propia del cuerpo. Acto violento (porque lo violento es erótico, tanto como la muerte) más bien voluntario, al que se une el éxtasis narcótico. Los retratados son habitantes de pueblos norteños o serranos donde los opioides rara vez escasean y el narco turismo como los viajes de negocios son fundamentales para su economía.

Las fotografías de D’Agata también atestiguan, pues en sus palabras no es un proyecto finalizado con el libro homónimo, los cambios en el mercado y las relaciones, la aparición de cuerpos y su multiplicación insaciable: el horror. Pareciera que, dentro del universo erótico de Bataille, cambió el sendero que guiaba hacia el placer corpóreo para enfilarse directamente a la obscenidad de la muerte, ya que en el siguiente periodo (hablemos desde hace unos 15 años) la sangre y los cuerpos mutilados han irrumpido en la ensoñación placentera.

En este punto, la técnica que utiliza para cada caso es distinta. En aquellas cuyo actor principal es el placer carnal, o bien, la develeación de éste desde experiencias oníricas nacidas del opio, son comunes los barridos dentro de espacios con colores claros y mucho ruido, en los que también aparecen cuerpos entrelazados cuya continuidad, en ocasiones, es difícil de seguir. Otras retratan escenas cotidianas en burdeles o al amparo de las calles, en las que el grano de la imagen brota bajo una escala de grises contrastada.

IMÁGENES EN MÉXICO

Por su parte, las imágenes surgidas en los tiempos previos y posteriores a la declaración de la Guerra contra el Narcotráfico aparecen con una nitidez extrema: el sueño opiáceo suplido por la horrorosa realidad de cuerpos amontonados en morgues (con huellas de la necropsia de ley), cadáveres dispuestos ordenadamente en maizales, escenas tácitas del crimen; aunque también encontramos imágenes que hacen dudar al espectador de si lo observado es una escena de feminicidio o simplemente un recuerdo que un vacacionista tomó de una mujer a la orilla del río.

Cabe decir que D’Agata no expropia un momento de la realidad, el cual termina plasmado en imagen, sino que detalla desde la lente sus experiencias mientras expone su humanidad (emocional y física) no sólo para obtener aquellas “imágenes vividas”, si no que se sitúa más allá, en el puesto que eligió dentro de la sociedad; el auto marginal inmiscuido en comunidades que se niegan a ser la servidumbre de un sistema que los ha olvidado: ya punks, ya prostitutas, ya drogadictos, ya indigentes.

D’Agata parte desde una estética plena, si tomamos estética como una experiencia sensible y política, y no aquella limitada por mera técnica o “argumento artístico”, es decir: construye su obra desde su postura política ante la sociedad. Es sujeto dentro de la obra, partícipe y responsable de lo que devela, o quizás no, pero sus imágenes sirven como expiación (propia) de lo que ocurre en su entorno. De la profanación del cuerpo que ha atestiguado desde hace tres décadas en México.

Además, su narrativa presenta otras fronteras, la de la transgresión del cuerpo, que puede ir de la muerte momentánea (sexual o por drogas) hasta el veto a lo erótico otorgado a los cadáveres, a los asesinados que alguna vez gozaron de aquella animalidad, del instinto carnal, aquel instinto primigenio que hoy se topa de frente con el dinero, padre de un modelo de depredación que guía la animalidad en tiempos del capital.

La fotografía documental, probablemente, crearía un argumento de denuncia sobre las imágenes. Las fotografías de Antoine en ningún momento son denuncia por una sencilla razón: él no se asume como documentalista, tal vez ni siquiera como fotógrafo, pero deja en claro que, por encima de todo, es testigo de sus fotos. Que éstas provoquen un hueco en el estómago de quien las mire resulta colateral. También queda claro que es un outsider de la moral, pues una de sus firmes intenciones es ir contra la fotografía, contaminarla y “contaminar la conciencia del mundo”.

Mostrar los cambios económicos del sistema mexicano, además de los sociales, que generaron un violencia más letal: la política, la que mediante el supuesto “Estado de derecho”, sustenta la vejación del cuerpo y lo erótico, que genera a su vez un sacrificio dentro del mercantilismo del placer: el de las drogas y la prostitución, el comandado por el “crimen organizado”; esto no es el motivo que cimentó Codex, pero en ningún momento pasa desapercibido para el autor.

A través de sus fotografías, D’Agata comenzó a realizar un sacrificio del que cada día es más consciente: ante el placer que le otorgan las prostitutas y sus dealers también debe retratar la violencia encarnecida, que en el caso mexicano se refleja plenamente en los cadáveres que sucumben por ese consumo de placer que muchos, el autor entre ellos desean.

Si bien la moralidad le importa muy poco, pareciera que Antoine cuenta con una ética frente a sus proyectos, o en realidad dentro de su vida: es consciente de lo que implica alcanzar su propio éxtasis, las vidas que se encuentran de por medio, pero también que de esta forma, se encuentra violentando al mismo sistema, contaminándolo. Experimentándolo.

No olvides visitar esta exposición en el Centro de la Imagen hasta el 1 de abril del 2018.

Editor Yaconic

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