De nuestro impreso número 17

Por Guillermo Fadanelli / @GFadanelli

Imágenes: flø.org

Ella quería que visitáramos el mar. Yo estaba a unos años de volverme viejo y había admirado el mar más de lo suficiente. Deseaba permanecer en casa, leer un par de historias sencillas y estrenar mis nuevos lentes. Yo nunca antes había necesitado usar anteojos, pero no me importaba plantar aquellos cristales ante mis ojos y sobre mi nariz. Las letras, auxiliadas por los cristales, crecían y su mayor estatura era, a mi entender, una buena señal. Todo lo contrario a cuando los niños crecen y se pudren y se transforman en hombres estúpidos que joden a los demás con su carga de ideales y proyectos. ¡Que las letras crezcan!, no me importa, bienvenidas. Pero que los niños no crezcan y que sus padres los aten y amordacen más a menudo. ¡Bendito y puerco Dios! Entre más se parezca un ser humano a una “cosa”, más sabio se volverá y los adultos sabremos finalmente lo que significa la libertad verdadera. Seremos como cactus en el desierto, impasibles, serenos y fuertes. Si yo cometiera la imprudencia de tener un hijo, le diría: “Tú no vas a estudiar, ni a hacerte el importante: tú vas a ser… una cosa.” Lo acepto, sólo estoy divagando, nada más; se me ocurren acciones que no voy jamás a realizar, como tener hijos o ir al mar. Sin embargo, ella desea vacacionar en el mar y todavía no cumple siquiera treinta años; es decir, a sus veintiséis tiene derecho a tostarse la piel, comer pulpo y pescado, revolcarse en la arena y beber cerveza fría. ¿Y qué si se la tragaba una ola?

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—Yo puedo nadar mucho mejor que tú. Nado desde los cuatro años y el mar me mira con muy buenos ojos. No me hará daño, ni en sueños.

—Claro que no nadas mejor que yo —la contradije. Mentí, claro.

—Vamos a ver. ¿Conoces lo qué es el estilo mariposa? —preguntó Madelaine y aguardó pacientemente mi respuesta; me observaba, risueña y algo candorosa. Y cuando sonreía y se ufanaba de poseer algún tipo de conocimiento específico yo me enamoraba más de ella.

—Sí, conozco ese estilo. Te lanzas al agua y luego sales volando rumbo a las nubes.

—No seas pueril ni pendejo. Vamos juntos al mar, acompáñame; no tienes nada qué hacer en estos días, te recuestas en una hamaca, bebes cerveza y lees tus libros. Me han hablado de un hotel en Mazunte que conserva a un viejo cocodrilo como mascota. ¿Te lo imaginas?

—No, no… el calor es incómodo y la lectura se hace imposible. El que lee en la costa debe estar loco. No he escuchado nada tan falso y absurdo como la patraña de que leer un libro en la playa es agradable. Allí hasta Cervantes dejaría de escribir y se pasaría el día partiendo cocos. Ya lo veo con su machete en la mano.

—¿No le faltaba un brazo, a Cervantes? —Reflexionó Madelaine. Ella tenía las piernas desnudas y una camiseta blanca le cubría el torso.

—No, no le faltaba ningún brazo.

—Claro que sí, le apodaban El Manco de Lepanto.

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—No perdió la mano, los turcos lo hirieron, y ya, pero conservó la mano. Después de dos o tres meses de convalecencia volvió a la aventura y a la guerra. Lo que pasa es que los escritores exageran y se engañan a sí mismos, y cuentan historias que jamás vivieron en realidad. Estoy seguro de que Cervantes podría nadar al estilo mariposa bastante mejor que tú, Madelaine.

—Tú eres el que inventas ahora. La vida de Cervantes está en los libros. Era manco.

—No estaba manco. Lee bien los malditos libros.

—Vámonos al mar, cariño —insistió Madelaine—, y allí te mostraré lo que es dominar el estilo mariposa.

—Quédate aquí, bájate las pantaletas y enséñame lo que es el pinche y jodido estilo mariposa. Nada encima de mí, muñequita.

—Voy a hacer la maleta, ¿quieres que te lleve algo en especial?

Madelaine enlistaba en voz alta las prendas que introduciría en la maleta, e imaginarme su cuerpo esbelto y blanco nadando sobre el mío me excitó tanto que di un golpe de lleno en la pared. Mis huevos brincaban y se salían de la canasta. Luego de golpear la pared, el dolor en los nudillos aminoró mi excitación y hasta entonces supe que la vida podría continuar tranquila y bondadosa, al menos durante un día más. No era verdad, deliraba, y sabía que el día se había escurrido por los albañales. Después del golpe me di cuenta de que mi puño había dejado una ligera marca en la pared blanca, y aquel humilde incidente me hizo sentirme reconfortado y fuerte. Necesitaba una cerveza y me incorporé del sillón en busca de una botella. Madelaine no supo cómo interpretar mi reacción y por un momento creyó que el sólo hecho de que ella mencionara el mar me enfurecía. Se tranquilizó cuando, resignado, le dije:

—Sí, está bien, muñequita, vamos al mar: añade una fotografía mía a la maleta.

—¿Una fotografía? ¿Para qué?

—Una fotografía mía cuando tenía tu edad. En la parte alta del clóset hay una caja repleta de esos papeles. Nada de idioteces electrónicas, como hoy. Quiero ver mi rostro en papel y observarme cuando era joven. ¿Es acaso mucho pedir?

—No, está bien. Pero no te ves tan mal, ahora. A mí me basta con seas gruñón y mamón, me recuerdas mucho a mi padre. ¿Para qué quieres la fotografía?

—Tengo la sospecha de que si marchamos al mar, moriré ahogado.

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Yo buscaba en mi mente pretextos para evitar la partida y quedarme hundido en el pinche sillón del jodido departamento del asqueroso edificio de la puerca colonia de la más pinche ciudad que había conocido nunca. Sin embargo, si repetía la misma mentira varias veces yo mismo terminaría creyendo en ella y entonces resultaría más convincente.

—Voy a morir allá —repetí, “desconsolado”— y quiero que cuando busquen mi cuerpo y no lo encuentren, tomes mi fotografía y la mires detenidamente. Y me digas: “Adiós”.

—¿Estás bromeando? Sí, ya sé, lo que tú quieres es que yo me arrepienta. Pues no lo haré. Y voy a hacer en este mismo momento la maleta de viaje. Nada impedirá que el fin de semana estemos tú y yo en Mazunte, corazón. Tú, el cocodrilo y yo.

—Madelaine, escucha, cuando me haya ahogado tomas la fotografía en tus manos y dices, musitas, lentamente: “No, Billy no era como mi padre, Billy era todo un caballero.”

—No pasará nada, ya verás; el mar no sería capaz de dejarme sola, sin ti, mi corazón.

—¿Qué caso tiene ir al mar si no te ahogas? Rechazar una tumba marina es… un sacrilegio. ¿Comprendes, Madelaine? Vas a ahorrarte los gastos del funeral, la cosa muerta, la jeta de los burócratas y los sacerdotes, a los putos amigos mirándose entre sí a ver quien va a cogerte primero, a esos mismos amigos husmeando dentro de mi ataúd para cerciorarse de si en verdad soy un fiambre. Malditos cobardes, hijos de la chingada.

Yo sabía perfectamente en qué culminaría aquella historia. Madelaine, después de escucharme, se entristecería, iría a la cocina a prepararse un té, soltaría algunas lágrimas; yo la tomaría por la espalda, le besaría el cuello, la desnudaría y entraría en ella con todas mis fuerzas, y golpearía la pared a la hora de venirme, y ella me diría que continuara: se tiraría al piso y yo sobre ella, como la morsa más pesada del océano Ártico. Luego se incorporaría, me besaría el pito y los pectorales e iría a hacer la maleta. Yo obtendría una cerveza del refrigerador y volvería al sillón, a leer libros sin el sol destruyendo las páginas, sin el calor que trastorna las historias narradas por un escritor eslavo en el diario de una puta costeña. Ay de mí.

—Gracias, cariño —me espetó, Madelaine, de pronto.

—¿Gracias por qué, maldita puta manipuladora?

—Por aceptar venir conmigo a la playa.

—Está bien, no me agradezcas nada, sólo lleva la maldita fotografía. Sin esa fotografía no voy contigo a ninguna playa.

—Sí, mi amor, hay una imagen donde luces muy guapo, y todavía tienes cabello.

—Ya, lárgate a buscar eso. No tienes que describir las fotografías. ¿O para qué crees que son las imágenes? Para que te calles.

—Sí mi cariño, ¿quieres coger otra vez?

—No, pon más cervezas en el refrigerador. Y no olvides la fotografía…

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Editor Yaconic

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