Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Ilustraciones: Susinventos

“Murió Eusebio Ruvalcaba”. La noticia me llegó a mi celular. Me la envió mi amigo Carlos Ramírez, cuando yo estaba en el Wal Mart de la esquina de mi casa, en la fila para pagar. Vi la hora: faltaban diez para las once. El alcohol, en esta linda ciudad de supermercados, deja de venderse una hora antes de la medianoche, ¿lo sabían? Sin pensarlo corrí a los refrigeradores y compré unas cuantas cervezas. Es que hay que brindar por él, me dije.

Cuando volví a mi departamento entré a Facebook, donde me enteré de lo buena persona que era Chebo, como lo llamaban sus allegados. Muchos lamentaban su partida. Y pensé, hombre, yo nunca lo conocí. Pero ahora sé que sí, que sí lo conocí…

eusebio ruvalcaba

Eusebio Ruvalcaba / Foto: Eduardo Loza, Educal.

Lo leí por vez primera en La Mosca. Un hilito de sangre, su columna mensual, era exquisita. Arrolladora. Incitaba a faltar a clases para dedicarse a oler bragas y escuchar a Brahms; retaba a enjuiciar al padre, a beber sin mesura en pocilgas y castillos, a vaciarse las venas frente a un libro. Señalaba ese destello sublime que todos ignoramos mientras la cotidianidad nos traga a mordiscos. Invitaba a imaginarse a la madre siendo penetrada. Al amigo siendo penetrado. A uno mismo siendo penetrado.

Eusebio Ruvalcaba era cabrón. Además, las ilustraciones de sus textos, trazadas por Susinventos, carecían de madre. No dudo nada al decir que por culpa de esas páginas, aprehendidas en esos, mis años formativos y definitivos, la literatura cambió de envase para mí.

Fue gracias a Eusebio que me hice cliente de El Nivel. Ignoro la razón, pero sus historias de barras, botellas y brindis encontraban en mi cabeza una sola escenografía; esa vieja cantina al lado del Zócalo capitalino. Varias veces me acodé allí, masticando cacahuates y mirando el reloj que tras la barra andaba al revés, para ver el sol caer entre páginas.

Eusebio me insinuó dónde encontrar a la poesía. Cómo aspirarla. Cómo tragármela. Él tenía claro que la vida carece de razón si no estás listo para rendirte ante la belleza. Y sabía sugerir rutas para llegar al paraíso, para dejar atrás los incendios, sin poses ni fantochadas. Era cabrón, insisto. Y era así porque en el fondo de todos esos renglones torcidos lo que él pretendía encontrar —así lo creo— era al amor. Eusebio, como todos nosotros, andaba entre llamas buscando eso.

En 2006 Eusebio presentó El frágil latido del corazón de un hombre en una librería de Coyoacán. Allá fui, con ganas de estrechar su mano. Apenas entré al sitio lo vi en una mesa, sentado con tres o cuatro mujeres con quienes coqueteaba risueño. Me regaló la obra que entonces ponía bajo la luz. Y no solo me la obsequió; la firmó denominándose mi “carnalito”. “Para Alejandro González, con el deseo de que descubra en este libro un poco de literatura y un mucho de vida”. Detallazo.

He de contar que tuve un gran amigo borracho al que estuve a punto de regalarle El frágil latido… tras leerlo. A muy pocas personas les he obsequiado arte. Me sobran los dedos de una mano para contarlas. Pero a ese tipo sí que consideré acercarle los renglones de Eusebio. Nunca lo hice y me arrepiento. Porque mi amigo está hoy condenado a hundirse. Y quizá ese puño de textos le hubieran salvado la vida. O al menos lo hubieran mantenido a flote por más tiempo.

Hace tiempo supe que Eusebio se encontraba con otros escritores para hablar de literatura. Se trataba de una especie de taller que tenía lugar los fines de semana y en el que, buenas fuentes me han dicho, las palabras carecían de bordes y los tragos desconocían el fin. Carlos y yo planeamos ir, pero jamás lo conseguimos. “Ya no fuimos al taller”, me escribió apenas crucé la puerta de mi casa, tras llegar del Wal Mart, para destapar una cerveza. Ya no dije más al respecto. Cambié de tema. Incluso conté algún chiste antes de deshacerme del teléfono por esa noche.

Y no, no puse a Brahms para recordar a Eusebio, para brindar conmigo mismo por la obra de —¿se me permite comportarme como su allegado?— Chebo. Preferí dejar la casa en silencio y tomar ese libro que tanto me gusta, ese que jamás le regalé a aquel borracho, y me puse a leer poemas al azar. Al abrir el tercer frasco de la noche, me encontré con las palabras que me llevarían a la cama:

No puedo estar equivocado.

En el último rincón de tu ojo izquierdo

vi un incendio.

Ardía un bosque, o quizás una ciudad,

o, seamos cultos, una biblioteca entera.

Pero entre las llamas distinguí un hombre

que se consumía por ser amado.


Las ilustraciones de este artículo son algunas de las piezas de Susinventos que acompañaron las columnas de Eusebio Ruvalcaba en la extinta revista ‘La Mosca en la pared’. Las publicamos como un homenaje a Eusebio, con la autorización expresa de la autora.

Editor Yaconic

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