Por Adrián Román / @adrianegro

Ayer me enteré de tu muerte. Lloré en Chapultepec. Lloré porque nunca más volvería a sentarme a echar tragos contigo. Porque nunca jamás volvería a ver un poema mío en tus manos. Ni volvería a escuchar tu voz diciéndome, Negro de mi alma.

La pasamos bien. Te vi echarte al piso con tal de lograr verle los calzones a una mujer. Te vi brindar con tu padre, sentado en su tumba.

Nos conocimos en 2004, quizá. En la colonia Obrera.

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Eusebio Ruvalcaba / Foto: Eduardo Loza, Educal.

La pasamos bien, porque nos metimos entre las piernas de las mismas mujeres. Les hacíamos poemas y luego, ya con la voz espiritual que brinda el vino, ladrábamos a sus pies. Aullábamos con tal de conseguir una mujer.

En realidad solo queríamos pretextos para intentar un poema más. Aunque tú no los necesitabas buscar en las mujeres, todo te conmovía: la música, los perros, la comida, la sonrisa incompleta de algunas meseras, el sol cayendo sobre un pedazo de pared. Encontrabas con facilidad ese lado de la vida que palpita, que dice que es vida.

Una vez le bajaste la blusa a una hermosa mujer en el taburete de una cantina. Me señalaste un punto preciso y ahí la besé. Llegamos a sus senos. Y a su largo pelo negro.

La pasamos bien. Hablando de los padres en un camión que iba sobre Periférico Oriente. Me dijiste que el mejor favor que puede hacerle un papá a su hijo varón, es dejarlo crecer solo.

La pasamos bien. De regreso de Chapingo acariciando a la misma mujer. Tú recargado de la ventana, derrumbado por la fuerza de tanto vino, pulque y tequila; y yo desde el asiento trasero desnudándole los senos. Te prometo cogérmela pronto y recordarte.

Uno a tu salud, como siempre decías. Dedícame un palito, no seas cabrón, Negro de mi alma.

La pasamos bien, cuando sacabas un calzón de entre tus ropas y me lo acercabas a la nariz, como si fuera una mona, un glorioso trofeo del que me querías convidar.

La pasamos bien desde que te leí, a los 12 años en la sala de mi tía Pavis.

La pasamos bien cuando me contabas de tu juventud. De cómo te ligaste a Maris. De cómo sufrías por las mujeres y te revolcabas de dolor. En eso nos parecemos.

La pasamos bien cuando me decías ¿qué traes en el codo?, y me tomabas la mano para dejarla cerca de tu pene. Y te reías, porque eras un niño gandalla en el fondo. Uno que se sabe aventajado, por estar siempre atento al presente. A los mínimos detalles.

La pasamos bien hablando de perros. De cómo jugabas frontón con tu padre en la sala de tu casa cuando eras niño, de cómo desmadraste un carro que condujiste a escondidas.

Cuando me pediste los textos para el libro Tres Poetas Perros (La Cábula, 2005), y yo no lograba, ni logró dimensionar el nivel de ese acto de generosidad. Ahí también la pasamos bien.

Te deseo, me decías en un mail, el más alto de los bienes, lo que les deseo a mis hijos: la felicidad absoluta.

La pasamos bien aquella noche en el Titán, aquella noche en la que te entrevisté y acabamos arrastrándonos de pedos. Me confesaste que tu madre fue la primera puta en tu vida, y que el oficio de escritor no era suficiente.

Chipote, tu perro, me mandaba consejos contigo. Acerca de la poesía y las mujeres. La disciplina, escribir todos los días.

La pasamos bien, en una cantina, cuando me dijiste:

Eres un privilegiado, pinche Negro, estás haciendo lo que viniste al mundo a hacer. Escribir. Y eso no cualquiera.

Un día las viejas se tirarán a tus pies. Me cae de madre, se van a arrastrar por ti.

Un día agradecerás que esa mujer no te hiciera caso, chingo a mi madre sino.

Veías el futuro y la pasábamos bien.

Eusebio, te lleno de abrezos, donde quiera que estés. Te quiero, perro poeta perro.

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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