“El surrealismo es un viaje a las profundidades del alma, como la alquimia y el psicoanálisis. Sin embargo, a diferencia de éstos, no es un viaje individual sino una aventura colectiva”. Jan Švankmajer

PRIMERA PARTE

EL SURREALISMO NO CONOCE LA MUERTE

En 2010, el cineasta Jan Švankmajer, después de estrenar su película Surviving Life, advirtió que ése sería, posiblemente, el último trabajo cinematográfico que realizaría[1]. Con esta noticia se clausuraba, definitivamente, el proyecto del surrealismo[2]. El checo, a mi ver, es el último surrealista con vida. Y es seguro que, desde una perspectiva académica, no faltará quien refute esta declaración y coloque una piedra más sobre su lápida (del surrealismo) asegurando que éste (es decir, el surrealismo) fue enterrado muchas décadas atrás, con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, la dispersión de los padres fundadores (Ernst, Breton, Dalí, entre otros) y el nacimiento de otros movimientos como el Arte Pop y el Abstracto.

Pero no. El surrealismo siguió respirando hasta la primera década del nuevo milenio. Lo comprueban seis largometrajes, 27 cortos, cinco animaciones, y una cantidad innumerable de pinturas, esculturas, piezas gráficas, ilustraciones, etcétera, a lo largo de medio siglo de producción. Y más: lo comprueba la existencia irreal y onírica del mundo moderno, la prolongada pesadilla del siglo XX y el principio del XXI, que subrepticiamente coexiste de manera lateral al discurso de la racionalidad y el curso del progreso. El hombre, es decir, el ser humano, en la cumbre de su pretendida civilización, asesina, viola, humilla, discrimina, segrega, de maneras inimaginables, como nunca antes lo había hecho. El hombre nuevo, el contemporáneo, da lecciones de inhumanidad.


[1] Afortunadamente no fue así. Se programa el lanzamiento del filme Hmyz (Insectos, en su traducción al español) para este 2018. Tarde, pero seguro.

[2] Si es que no había sido cancelado hace mucho. Como sea, hay que revisar la filmografía de este director para reconocer que todavía hay militantes activos. Sólo hay que ver el tráiler de esta película para darse una idea de los contornos surrealistas del filme: un hombre mordiendo un bolso de mujer, gallos asomándose por ventanas y balcones en edificios, lenguas descarnadas retorciéndose y enredándose entre sí como alegoría de un beso y los famosos collages y animaciones que han sido el sello de Švankmajer a lo largo de su trayectoria.


¿Algunos ejemplos?: Un chico le sacó los ojos a su madre y a su abuela porque su padrino el diablo se lo exigió. En Corea del Sur se confiscó un cargamento de 17, mil píldoras que contenían carne humana de bebé en polvo y que eran vendidas como una sanación milagrosa. Un hombre encerró a su hija durante 24 años en un sótano, tuvo relaciones con ella y engendró siete hijos. Se publican en Internet videos de decapitaciones, desmembramientos con una naturalidad desorbitante.

Un gobierno quema 43 estudiantes y los desaparece durante años y por otro lado hace un montaje del secuestro y rescate de un futbolista. Facciones políticas incendian guarderías para ocultar su mierda y calcinan decenas y decenas de niños inocentes. La Iglesia condena la adopción gay, pero perdona la pedofilia eclesiástica. La fuerza policiaca enfrenta a los maestros con armas y los asesina, pero al Narco le saca la vuelta y omite el castigo. Los hombres no aman a las mujeres: los feminicidios aumentan día con día en éste y otros países.

¿Cómo se puede llamar al hecho de que hablemos de una pretendida estatura lógica y estemos viviendo tiempos inverosímiles? Hablamos aquí de un sujeto que se pasea con toda naturalidad en un escenario deformado e incoherente. ¿No es eso el surrealismo? La gran pesadilla del hombre que no puede avanzar un centímetro, aunque imprima todas sus fuerzas en las piernas, mientras una silueta lo persigue con mayor aceleración, una forma veloz que, bañada intermitentemente por la luz blanca de varias lunas girando sobre el planeta, es el reflejo del primer corredor mirando hacia atrás, huyendo de su propio perseguidor que no es otro sino él mismo.

Ésta es la angustia, el verdadero pánico humano, las quimeras y las deformaciones no dan tanto miedo como las estructuras sanas de la modernidad y su famosa civilización. La víctima horrorizada que se hostiga a sí misma.

¿Por qué sepultamos, teóricamente, el surrealismo? ¿Por qué abandonamos su enseñanza, su mensaje? ¿Porque elegimos investirnos con un pensamiento racional? Y más: ¿Dónde está la racionalidad si los gobiernos siguen atiborrados de corrupción, asesinos, violadores, apestados? ¿Dónde está la coherencia, ese rasgo anti-surrealista, del que tanto alardea el hombre moderno? No hay. No existe la coherencia sino un discurso de la coherencia que nada tiene que ver con lo que está sucediendo frente a nosotros. Y es que para ver eso que sucede, dice el director surrealista, hay que cerrar los ojos.

VER CON LOS OJOS CERRADOS

La editorial española, Pepitas de Calabaza, vuelve a publicar un estupendo texto del que hay que hacerse, sin duda: Para ver, cierra los ojos (2014) de Jan Švankmajer, un libro compuesto por un ensayo sobre este brillante director checo titulado “Iluminaciones. El cine de Jan Švankmajer” de Jesús Palacios, una entrevista de Peter Hames y una decena de reflexiones del mismo surrealista que no sólo hace cine, sino también collages, escultura, pintura y más. Este volumen recoge un estudio importante sobre su obra y ofrece, al mismo tiempo, una orientación sobre el cine surrealista, fantástico y de horror.

Aparecen los nombres de otros cineastas a los que se debe echar un ojo, si no se es, como el que escribe aquí, experto en nada, o ignorante en el tema: OldrichLipský (Dinnerfor Adele[3]), Roger Corman (The Little Shop of Horrors), Juraj Herz (Morgiana) o Wojciech Has (The Saragossa Manuscript). Pero, esencialmente, es una guía para comprender al artista europeo; y no sólo su obra y su visión pesimista del mundo, sino también para entender el espíritu del surrealismo que ha sobrevivido casi invisiblemente hasta nuestros días.

Este libro, que dejamos pasar en 2014, año de su edición, es el adecuado si estamos aburridos de la radicalización del bien y del mal. O si nos resulta un verdadero fastidio el constante choque de bloques de oposición en temas variopintos, la banalización de la corrección, las posiciones políticas y la detención axiomática de la verdad (Véase: Conflicto magisterial, la crítica literaria contra la crítica literaria, las antologías de poesía, etcétera).

Ahora que viene el nuevo largometraje de Svankmajer, deberíamos de darnos un chapuzón en el cine de los 70’s, en películas verdaderamente fantásticas y del género de horror (nada que ver con Tim Burton, Guillermo del Toro y compañía). No para olvidar lo que nos rodea, no para escapar del caos del mundo, sino, para pensar sobre sus orígenes, o una de sus explicaciones posibles.

¿Cómo justificamos esta racionalidad imperante que está soportada por un sistema deformado y una fe ciega en el futuro y el progreso? Porque tal cosa como el “progreso” no existe, es menos real que la ficción que construye Švankmajer en sus películas o que cualquier otra pieza visual de los surrealistas. El progreso es un fenómeno bastante manoseado para invitarnos a invertir toda la esperanza en el futuro, en llegar a algún lado. ¿Pero a dónde hemos avanzado? No hemos ganado un solo centímetro[4]. John Gray nos dice en El silencio de los animales:


[3] Pongo sus traducciones al inglés, para tener una pequeña noción sobre los largometrajes. Los lectores que hablen checo sabrán perdonar mi traición.

[4] Como en la pesadilla surrealista.


“El progreso humano es un hecho obvio. Si uno lo acepta, se hace con un lugar en la gran marcha de la humanidad. Pero la humanidad, por supuesto, no marcha a ninguna parte. «La humanidad» es una ficción compuesta a partir de miles de millones de individuos para los cuales la vida es singular y definitiva”.

Esto, pues: Hablamos de una supuesta colectividad, pero no hacemos nada desde nuestra individualidad. La humanidad es una camiseta que se usa en un partido cósmico de fútbol interplanetario. Nada más. Salgo a la calle y la credencial humana no sirve para una mierda. Veo gente despreciando a los mendigos, veo niños en la calle limpiando vidrios bajo un sol que golpea a 50 grados centígrados, veo ancianos con el pantalón orinado en una silla de ruedas vendiendo chicles afuera del asilo, pero también nos veo a nosotros, los que tenemos una vida más o menos resuelta, ignorando el sufrimiento y las necesidades comunitarias. Somos muy buenos para alardear en Facebook, pero pésimos para modificar la vida real, el grueso engranaje de la existencia[5] contemporánea.


[5] Ni siquiera la mitad de los habitantes del mundo tienen Internet. Estamos hablando aquí de esto: El 50% de los seres humanos no están opinando sobre el mundo en las redes sociales. El 50% de los que sí están opinando están divididos así: Tema X à Sí = 20%, No = 20%, y dejaremos un 10% para quienes no se interesan en los conflictos o viven en las nubes, o tienen ideas más neutrales o son espías dobles. Quienes pasamos bastante tiempo en línea, pensamos que la vida está constituida por cada una de las fotografías y videos que se comparten en Facebook o Instagram y articulamos un Todo desde la Parte.

Esto se llama Metonimia. Elegimos uno de los rasgos de un individuo para identificar su personalidad global. Todo aquel que tenga una opinión contraria es un pendejo. Si piensas distinto eres castigado. Una idea clausura todo lo demás. Pensemos en un sujeto que piensa Y del tema X. Una tarde va a su Facebook y escribe “Yo creo Y del tema X”. Y la policía social lo vapulea y lo minimiza, lo humilla con sus comentarios y lo apaga. Quizá este sujeto, más temprano, le dio las sobras de su comida a un vagabundo, o a un perro, o quizá le dio 20 pesos de los 50 que traía en la cartera, a un niño hambriento. Esto no importa para la aldea virtual, porque no está registrado y no hay likes que lo confirmen como un ser humano noble y bien pensante. Pero sí importa para un ser humano pequeño que estaba famélico, para una persona de carne y hueso, un animal, etcétera. Hablemos, pues, de la imagen. Volvamos arriba.


EL GRAN FRACASO DE LA IMAGEN

Después de la Segunda Guerra Mundial, advertimos que el proyecto humano había fracasado[6], se había hecho polvo, cenizas, y desde los escombros iniciamos una nueva visión del mundo recargada en el expresionismo abstracto. Las imágenes que planteaba el surrealismo, aquellas ideas que bebían del inconsciente y se construían mediante formas oníricas devinieron en estructuras que rechazaban la figuración (no al paisaje, no los objetos, no al espacio real, etcétera) y fundó sobre su propia naturaleza, es decir, su naturaleza abstracta.

Desapareció el contenido inmediato y se sustituyó por un lenguaje visual que incluía la adopción de significaciones emergidas de la iluminación, los colores, la composición. Algo intraducible o profundamente encriptado por la noción de los recursos visuales y la interacción entre espectador y el objeto, adoptando, así, una nueva forma de observar: sentir la pieza[7].

De esta década de los 40’s, junto al desperdicio de vidas que dejó la guerra nazi y la horrible devastación humana de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, reconocemos los nombres de Pollock y Rothko, y su obra explica, creo, lo que yo intento explicar: la angustia y el mensaje encriptado de distintas valoraciones psíquicas en un lienzo sin figuraciones.


[6] El Holocausto (la persecución y el aniquilamiento de judíos, polacos, gitanos y muchas otras razas) y los conflictos bélicos entre la franja Nazi (Japón, Italia y Alemania) y los Aliados (China, Reino Unido, Francia, Unión Soviética y Estados Unidos) dejaron cerca de 60 millones de muertos. El sentimiento de humanidad se había desvanecido con los números negros. Digamos que el curso natural del arte se modificó súbitamente, hubo una ruptura que cambió su dirección.

[7] Ahí vienen los hippies.


 

Walter Benjamin murió al inicio de esta década (es decir, de la década de los 40’s)[8]. Una impresionante coincidencia si me lo preguntan. El filósofo en su Libro de los pasajes, mediante una serie de retazos reflexivos, apuntes, textos sobre París, comprende la historia del siglo XIX y principios del XX como un reflejo de las ensoñaciones colectivas. L

a nueva era de la técnica y la cosificación alimentada por el mito del progreso y la adopción de una noción mercantilista en el intercambio humano corresponden con el imaginario colectivo de la ensoñación de la época. Para Benjamin, la imagen es sensible y tiende a interpretarse, como los mismos sueños, o sus impresiones sobre Nápoles, Moscú, Marsella, etcétera, en su otro libro Imágenes que piensan. Hago este paréntesis, porque me parece oportuno hablar de las coincidencias entre el surrealismo y Benjamin.

Aunque el alemán es más bien relacionado con el Romanticismo, no debe dejarse de lado que su escritura, o parte de ella, al menos, echaba mano del psicoanálisis, lo mismo que el movimiento artístico, que también interpretaba y producía conocimiento por el acceso al inconsciente en los procesos de pintura o escritura automática.

Para Benjamin, era necesario echar un vistazo al pasado y la imagen que emana de él (el sueño, el sueño colectivo en el que descansa el presente[9]), para así ensamblarlo, reconocer todos sus fragmentos. El filósofo hace un llamado a la construcción de la Imagen Dialéctica, un nuevo elemento que soporte las tensiones del pasado y el presente, sus contradicciones en una nueva representación, un montaje, en contra el sistema.

Para nosotros, en este nuevo siglo, ¿cómo sería ver al pasado si el tiempo avanza tan aceleradamente? ¿Cuál es textura del pasado? ¿Cómo sería nuestro sueño colectivo? ¿Existe, acaso, un pasado común?


[8] Hanna Arendt tiene un texto maravilloso sobre su suicidio. Benjamin quería escapar del régimen nazi por Los Pirineos, intentaba salir de Francia y llegar a España, para luego ir a Estados Unidos.

[9] Benjamin coincide con Freud en que la modernidad y su racionalización tiene un origen inconsciente como explicaba antes. 


“El historiador materialista ve el objeto histórico como una estructura monádica: un objeto que envuelve en sí todo el tiempo histórico. Actualizar un objeto histórico monádico –llevarlo de lo que ha sido al ahora– conlleva a un salto repentino de tal magnitud que rompe con el continuum histórico.

Poner en tensión fugaz lo que ha sido con el ahora genera un momento de “despertar” (del sueño mítico del capitalismo, e.g) que permite el “ahora de la cognoscibilidad” la posibilidad del conocimiento histórico, el conocimiento de la ruina histórica. La imagen dialéctica, con toda su fuerza, presenta un potencial político: la crítica y transformación del presente se hace posible al ver los fragmentos del pasado (la tradición de los oprimidos) expuestos vehementemente” (Díez, 2013: 2)[10]


[10] Pensemos en la actualidad, los Memes de Internet parecen ser, justamente, un nuevo formato de montaje dialéctico que, en vez de incrementar la ilusión del mundo, la destruye, generando una crítica que va, incluso más allá del humor. Los Memes suelen castigar comportamientos abusivos, violentos, pendencieros, etcétera. Suelen pensar su momento histórico mediante un collage de imágenes que no buscan ocultar la manufactura, sino por el contrario, caricaturizarla. Una mujer, por ejemplo, pide que un diseñador que elimine a una mexicana de la fotografía que le han tomado y ensucia la perfección del retrato: ella termina siendo sancionada con el montaje, desarticulada y banalizada, es objeto de burla. Es claro que no todos los memes tienen esta beta moralizadora o justiciera, muchos de ellos sólo son bromas a deportistas, cantantes, videojuegos, y todo eso.


Pero este pasado no es reconocible por la aceleración y el vértigo de la nostalgia precoz (Facebook nos invita a mirar los recuerdos de hace apenas un año, las míticas reuniones de secundaria se organizan cuando se cursa la preparatoria, la nueva “música clásica” adopta su esencia cada vez que sale un éxito del verano, etcétera). No es reconocible porque la memoria virtual no está soportada en el cerebro humano, sino en servidores ubicados en zonas heladas del mundo. No podemos, al pelo, reunir los pedazos del pasado, porque no tienen la mayor cualidad de la materia: la experiencia.

Por tanto, sólo queda imaginarnos el pasado. Para ver, hay que cerrar los ojos. Algo parecido proponía Bertolt Brecht con el Distanciamiento: el público debía despertar de la ensoñación del teatro, cerrarle los ojos al pacto de la ficción para recordarle a los presentes, a los espectadores, que se encontraban frente a una puesta en escena, una representación constituida por actores que debían comer y trabajar, no por personajes de ficción que tenían la vida resuelta, y así, volver a sumergirse en la fantasía. Cerrar los ojos. Abrir los ojos. Volver a cerrarlos. Parece necesario saltar de la simbolización hacia el imaginario para comprender el mundo. Porque el símbolo pertenece a la dimensión de la cultura y la imaginación al mundo de la irracionalidad, quizá, nos dirá Švankmajer, es hora de soltar los párpados.

CONTINUARÁ…

Franco Félix

Franco Félix

Hermosillo, 1981. Estudió Literaturas Hispánicas. Ha publicado en revistas como Vice, La Tempestad, Tierra Adentro, Nexos, Diez4, entre otras. Obtuvo la beca Edmundo Valadés de Apoyo a la Edición de Revistas Independientes en 2009, la de Jóvenes Creadores en la categoría de Novela (2011-2012) y la de Residencias Artísticas México- Argentina 2014, las tres del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Fue ganador del Concurso de Libro Sonorense 2014, en el género de crónica, obtuvo también el Décimo Premio Nacional Rostros de la Discriminación Conapred 2014 y el Premio Binacional de Novela Joven Border of Words 2015, con Los gatos de Schrödinger (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015).

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