Coincidencias surrealistas

Este artículo, así como su primera parte, fue escrito en junio de 2016. Un año después de haber tecleado el punto final, ocurrió esto: Un juez en Madrid, el pasado 19 de julio de 2017, ordenó la exhumación de los restos de Salvador Dalí. Para obtener el ADN se extrajeron muestras de tibia, fémur, uñas y muelas y así dar continuación a un caso legal que había llamado la atención a nivel internacional: una mujer llamada Pilar Abel[1] alegaba ser hija del pintor español.

Los análisis de los restos se efectuaron en el Instituto Nacional de Toxicología del Ministerio de Justicia y los resultados se demoraron unos cuantos meses. Durante este tiempo, la incertidumbre se apoderó del público. ¿Era posible que Dalí hubiera tenido hijos? La mujer aseguraba serlo y tenía pruebas contundentes que lo demostraban a fuerza de coincidencia creativa, pues al pintar (es decir, cuando Pilar pintaba) le ocurría lo mismo que al genio frente al caballete: “Cuando me pongo, no sé no lo que pinto”, además, decía la mujer, a Dalí le gustaba el esoterismo y ella misma era vidente y leía el Tarot.

Cómo dudarlo. Y como esto no puede ser validación suficiente para un juez para determinar el parentesco, se hizo un esfuerzo inaudito para facilitar el examen genético, ya que los restos de Dalí se encontraban debajo de una cripta muy pesada que, para ser retirada, requería de trabajos muy costosos que alguien debía pagar. Esto en el Teatro Museo Dalí, en la ciudad de Figueres. Fue, en otras palabras, una apuesta muy alta. Si el desenlace era negativo,

Abel se metería en serios problemas porque estaría obligada a pagar el costo total del proceso de exhumación. Si resultaba positivo, sería dueña de la cuarta parte de la herencia del genio y, además de tener una nueva fortuna monetaria y simbólica, no tendría que pagar un solo centavo y el juicio lo perdería la Fundación Dalí. Pilar alegaba que su madre, Antonia Martínez, había mantenido un romance con el pintor en 1955 en Cadaqués cuando era niñera en esta provincia. Y ella misma era producto de aquel amor secreto y estival.


[1]Esta mujer, que tenía ya varios años alegando ser hija de Dalí, también afirmó, hace un tiempo, ser Conchi, uno de los personajes de la novela Soldados de Salamina, por lo que también interpuso una demanda por 700 mil eurosal autor español Javier Cercas, pero el juez falló en su contra.


Pero la suerte no favoreció a Pilar, los exámenes fueron negativos y la Fundación contraataca pidiendo que, además de los costos invertidos en la prueba de ADN y los procedimientos de exhumación, la mujer pague incluso un poco más por la demanda. Y la historia se pone más pesadillesca. Hasta hace unos días, la única que podía corroborar el amorío de Dalí era la misma Antonia, quien estaba enferma de Alzheimer e impedía un registro al menos simbólico, pero falleció el pasado 5 de febrero de este 2018.

Quizá sentimos empatía porque imaginamos que Pilar se encuentra destrozada al perder a su madre y porque perdió la demanda contra la fundación. La humillación es tremenda y, seguramente, algunos la celebrarán porque la consideran justicia poética y la acusan de charlatana y por no escarmentar con el caso Javier Cercas. En lo personal, me produce una ansiedad profunda y desorbitante porque me imagino a Salvador Dalí hablándole en sueños a la vidente, jugándole una broma de enormes proporciones surrealistas, exhumándose a sí mismo y volviendo a restaurarla realidad mediante las pesadillas. Pilar, entonces, al cerrar sus ojos, fue parte de un proyecto no de exhumación sino de resurrección, porque parece que, desde el más allá, Dalí sigue exponiendo la futilidad de lo real. Gracias a este happening de Pilar Abel hemos vuelto a pensar en lo absurdo y en Dalí y en el surrealismo. ¿No es ésta una victoria?

La falsa interacción de la tecnología

Quizá eso hace falta. Volver a pensar, no en el sueño, sino en la pesadilla colectiva. Volver a ella y desarticularla, observar todas las piezas y reconocer las fracturas que llegan a nosotros, hasta el presente. Cerrar los ojos frente al alud de información que incesantemente quiere convencernos de que la realidad es ir a toda prisa y contener lo más que se pueda. Por eso tienen éxito los juegos de telefonía inteligente como PokemonGo. Porque estamos acostumbrados a reconocernos en los objetos de deseo. El viejo truco de las nuevas tecnologías es que ofrecen una interactividad mayor conforme pasa el tiempo.

Las nuevas aplicaciones rinden culto a la “interacción”, donde el sujeto tiene la oportunidad de hacer más y más cosas con su avatar. Para SlavojŽižek, la “Interactividad” tiene un doble siniestro: “La interpasividad”. El filósofo esloveno argumenta en Cómo leer a Lacan, que en la modernidad los medios electrónicos reiteran su devoción por la participación del usuario en el mundo virtual. Ya no vemos sólo exposiciones de arte en una sala protegida, con Google Art Project, podemos obtener información sobre las piezas dando un click sobre la imagen. Ya no pedimos sólo una pizza, ahora las diseñamos mediante un botón en la página web de la cadena chatarra.

Por otro lado, piensa Žižek, está la Interpasividad, donde el Yo se priva del placer y hay un objeto que goza por mí: Cualquier programa de televisión, Netflix a mil por hora, donde un protagonista vive por nosotros las grandes aventuras mientras nosotros observamos desde el sillón. Lo mismo con la pornografía. Ésta funciona así: Dos sujetos mantienen relaciones carnales. El usuario, frente a su computadora o su televisor, se masturba imaginando que es él mismo el que toma con sus propios genitales al penetrado o lo opuesto, es él a quien penetran. El deseo es interpasivo, se transfiere el goce, dice Slavoj:

“Hasta la pornografía parece funcionar hoy, cada vez más, de un modo interpasivo: las películas condicionadas ya no son primariamente el medio de excitar la solitaria actividad masturbatoria del/la espectador/a –con sólo contemplar la pantalla donde “transcurre la acción” alcanza, me basta observar cómo otro goza en mi lugar”.

And so on, and so on. Sin embargo, no creo que la Interactividad y la Interpasividad sean dos caras de una moneda. No creo que sean dos conceptos opuestos, sino complementarios. Porque la misma “Interactividad” de la que habla el filósofo es, en sí, una transferencia del goce. Porque, un trabajador de Google caminó con una cámara esférica montada en un arnés sobre su espalda.

Alguien caminó por las galerías de arte, para que nosotros camináramos virtualmente. Lo mismo con las pizzas, no es sino una ilusión que nosotros mismos “hagamos” nuestra propia pizza. Lo único que hace el usuario es redactar la comanda. Una comanda que, por otra parte, alguien más pasó al hombre que hizo con sus manos la pizza. Éste es el juego de la interactividad. Éste es el gran mito de nuestra participación en el mundo virtual. Nombren cualquier actividad electrónica y su espejo en la realidad. Siempre habrá un hombre manual detrás de cada una de ellas.

PokemonGo, de la misma manera que la pornografía, es una invitación a la Interactividad. Se le ofrece al usuario que vaya a la calle y atrape un animalito del universo animado. Pero no hay un animal, no hay un sujeto atrapando nada. Es un avatar, a veces mucho más guapo que nosotros, resolviendo el deseo. Esto es Interpasividad. Dos personajes, como dos actores porno, en la pantalla del teléfono gozando por nosotros (quizá puedan refutar que el programa no siente y no goza, pero lo mismo ocurre con los actores porno, dos actores simulando el orgasmo).

Y de la misma manera que el masturbador/a eyacula (si corre con suerte, al mismo tiempo que los otros dos) cuando acaba el filme o en el tope de su resistencia al erotismo, los jugadores de PokemonGo sienten un chispazo de alegría. Porque alguien más ha atrapado el monstruo por ellos mismos.

ADOPTAR LA IRRACIONALIDAD

No sólo gobierna la imagen, sino la falsa imagen. Švankmajer no pide al lector que se saque los ojos o pase su vida con los párpados cerrados. El surrealismo es un movimiento utópico que buscó la libertad revolucionaria mediante procesos místicos como la ensoñación y el libre flujo de la consciencia. Pero eso fue antes de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, el surrealismo parece decirnos que no sigamos mirando la espiral hipnótica. Resulta singular que, junto a la desaparición del primer surrealismo, se haya creado la propaganda alemana, el primer rotundo éxito publicitario que originó el ascenso del nazismo.

El mundo moderno está constituido por una mentira estilizada que se conoce como Publicidad y tiene sus raíces en esa estrategia diseñada por Joseph Goebbels[2], un artista del engaño que modificó la imagen de Hitler: de ser un facineroso enemigo del Estado, pasó a convertirse en el líder del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán y el mártir de Alemania. Las empresas del mundo entendieron algo: Si un asesino torcido puede convertirse en canciller imperial de Alemania, mediante estrategias publicitarias de ese tipo, no será difícil convencer a la gente de que tome refrescos o compre zapatillas deportivas. No somos consumidores de productos, sino de la imagen de los productos.


[2] Si revisamos los elementos de la publicidad contemporánea, las coincidencias son aterradoras: 1) Adoptar una idea, un único símbolo (hoy: crear un logotipo); 2) Reunir diversos adversarios en una sola categoría (grupos de consumidores); 3) Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos (el cliente siempre tiene la razón); 4) Exagerar y desfigurar (todos los productos que combaten enfermedades y son el primer y único método contra la calvicie, el cáncer, el sobrepeso, etcétera); 5) Principio de Vulgarización (generalizar la necesidad del producto, si hay más pobres, será más fácil diseñar una campaña para mayores resultados); 6) Orquestar pocas ideas y repetirlas (recordemos la frase: “Si una mentira se repite mil veces, acaba por convertirse en verdad”); 7) Crear información y argumentos nuevos a un ritmo tal que cuando el adversario responda, el público ya esté interesado en otra cosa (PokemonGo O cualquiera de las aplicaciones que entran y salen de la comunidad. Las empresas deben renovar constantemente Instagram, Facebook, etcétera, para lograr esto, menos competidores y la sensación de cambio); 8) Crear verosimilitud construyendo argumentos a partir de diversas fuentes (recordemos las cápsulas de “Información que cura” de Lolita Ayala); 9) Silenciar las noticias que favorecen al adversario (el pueblo es el adversario, y el gobierno una empresa privada que oscurece mediante sus noticieros lo importante y alimenta aquellas notas que sólo mejora su imagen); 10) Operar siempre a partir de un sustrato preexistente, ora una mitología, ora un compendio de odios y prejuicios (apelar a lo mexicano, al orgullo nacional, a una falsa comunidad construida desde lo azteca, aunque estemos operando términos de colonizado); 11) Convencer al pueblo de que hay unanimidad de pensamiento (la creación de las modas, por ejemplo, que invierten en el capital de unanimidad y supuesta correspondencia; podemos reconocer esto en frases publicitarias como “lo que todo el mundo está usando”, o “porque la mayoría lo pidió”, etcétera).


Si no hubiéramos sepultado el surrealismo, la palomilla de Nike no tendría tanto éxito comercial y se modificaría su eslogan de “Sólo hazlo” a “¿Podrías hacerlo? Sólo si quieres”. Ése es el síntoma publicitario. Nos llevan por los ojos, nos conducen en el imperio de la imagen. Nos obligan, categórico sobre categórico, a que continuemos sin descanso. Hay un exceso de positividad, dice Byung-Chul Han, que genera una sociedad cansada que no tiene permiso para la negatividad y la reflexión o la contemplación. La atención se dispersa y nos exige estímulos continuos.

No hay tiempo para detenerse. La gente está todo el tiempo tratando de racionalizar su día, de rendir de “sólo hacerlo”. El que se aburre pierde. Estamos, cada vez más, orillados a opinar, tomar un lado. Las redes sociales nos brindan temas de discusión y nos polarizamos. No podemos perdernos en la cavilación de un tópico porque inmediatamente está otro tema sobre la mesa (uno de los principios de la propaganda nazi).

Estás con esto o estás en contra de esto. A medio camino, entre los extremos, está el pensamiento, la introspección. Pero el mundo ahora requiere de gente veloz, instantánea. No hay lugar para el pensamiento. La poesía entorpece el conocimiento y la filosofía lo oscurece. Sólo hay consumo y comunidad. No se detiene nadie. Las pruebas están ahí afuera, sólo hay que sacar la cabeza por la ventana y experimentar el vértigo.

Los celulares con como pequeños ojos que lo observan todo. Nada se escapa a la lente y a la dosificación de la imagen en tiempo real. Lo que se observa en video es la Verdad y se abre una discusión más en las redes sociales. Se acusa y se castiga sin previa investigación. Vivimos con miedo a opinar porque hay dos masas que engendran bloques de choque. Hay dos masas enemigas que sólo quieren adoptarte. “O piensas como yo o eres mi enemigo” (Sigue ganando Goebbels). Para la nueva sociedad que consume imágenes: lo que ven los ojos es la Realidad. Nos recuerda JanŠvankmajer en el libro:

La civilización contemporánea no necesita el arte (desde el punto de vista del surrealismo). Lo que necesita, al contrario, es una cultura de masas, porque su función consiste, de algún modo, en distraer a las masas desde el momento en que abandonan las fábricas hasta el momento en el que vuelven al proceso de producción. Por otra parte, también necesita la publicidad. La publicidad ha reemplazado el arte iconográfico de la iglesia. La sociedad contemporánea ha crecido con la idea de la necesidad del consumo y de la eficiencia publicitaria. Éste es el verdadero arte «oficial» de nuestro tiempo (por lo tanto, es el mejor pagado).

Es necesario, ahora más que nunca, exhumar los huesos del surrealismo. Revolver los valores simbólicos de nuestra era. Cerrar los ojos y ver la mentira, el engaño. No es necesario negar nuestro momento histórico, sino revalorarlo, modificar los paradigmas, los adjetivos de la actualidad: esto no es el progreso, esto no es el futuro, esto es, francamente, una pesadilla. Nuestra sociedad hizo cabriolas, intercambió los significados. Ha aplastado, mediante una publicidad terrible, toda lucha contra el sistema, mediante los principios de la propaganda nazi que siguen latiendo debajo del discurso vacío de la clase política.

La gente con dinero es minoría en ese país, pero se adjudica el precepto nazi de la unanimidad, convenciendo al pueblo de que son más lo que prefieren vivir con su televisión de plasma o los que desean volver a revivir un partido podrido y corrupto o los que quieren ver el futbol, las olimpiadas. Dicen: “Somos más los que queremos vivir en paz, no tomen las calles, no hagan manifestaciones, no exijan justicia, respétenos.

Esto es la democracia, somos mayoría los que deseamos que el país avance. No se interpongan entre el mejoramiento”. Pero no son mayoría, sólo son los propietarios del canal porque el que se envía el falso mensaje. Son los dueños de las televisoras y de las radios y de todos los medios que siguen nutriendo con información chatarra la cabeza de más de la mitad de los habitantes de México.

Toda lucha se desacredita por la publicidad. Se inventan infamias y se denigra a todo aquel que pide un poco de justicia o equidad. El mal sueño es éste: que nos sea negado el verdadero mejoramiento colectivo y se nos acuse de criminales o de charlatanes (como a Pilar). Hay que girar la plantilla y desestimar el discurso fraudulento de la corrección política. Desenterrar el surrealismo para transformar al mundo (Marx) y cambiar la vida (Rimbaud). Dice Švankmajer:

“Es necesario devolver a la irracionalidad un espacio «oficial» que corresponda con el lugar que ocupa en la psique humana. La civilización científico-tecnológica, se desarrolle en un sistema democrático o totalitario, desprecia lo irracional. La irracionalidad del espíritu humano, poseedora de una enorme energía, persigue realizarse por todos los medios, pero la civilización solo conoce un medio de comunicar su poder: oprimiendo, reprimiendo. Solo que la irracionalidad es irreprimible”.

La próxima vez que seas acusado de ser irracional y absurdo, recuerda que eso te hace un revolucionario y que no estás dispuesto a condonar la deuda que tiene el mundo lógico con este desastre en el mundo. Exhumemos los huesos del surrealismo.

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Franco Félix

Franco Félix

Hermosillo, 1981. Estudió Literaturas Hispánicas. Ha publicado en revistas como Vice, La Tempestad, Tierra Adentro, Nexos, Diez4, entre otras. Obtuvo la beca Edmundo Valadés de Apoyo a la Edición de Revistas Independientes en 2009, la de Jóvenes Creadores en la categoría de Novela (2011-2012) y la de Residencias Artísticas México- Argentina 2014, las tres del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Fue ganador del Concurso de Libro Sonorense 2014, en el género de crónica, obtuvo también el Décimo Premio Nacional Rostros de la Discriminación Conapred 2014 y el Premio Binacional de Novela Joven Border of Words 2015, con Los gatos de Schrödinger (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015).

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