Texto y fotos por Carlos Ogaz

Era 9 de febrero de 2016. El último día del carnaval de San Juan Chamula —o K’in Tajimoltik, que significa “fiesta para jugar” o
”festival de los juegos”—. Acudí por invitación expresa de mi amigo Tex, un antropólogo tzotzil originario de la comunidad, una de las más grandes e importantes en el estado de Chiapas, ubicada a solo 10 kilómetros de San Cristóbal de las Casas.

El carnaval es la fiesta más tradicional de las mujeres y hombres murciélago (tzotzil, en una antigua lengua maya, significa “pueblo murciélago”) celebrada cada año, cuatro días antes del “miércoles de ceniza”, día movible que celebra el inicio de la Cuaresma en la tradición católica. En San Juan Chamula se conjugan elementos católicos con los ritos tradicionales indígenas.

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“Ya sólo alcanzamos el juego o corrida con toros”, me comentó Tex cuando nos dirigíamos a la comunidad por la carretera vieja desde San Cristóbal, la cual acorta el camino a 15 minutos de recorrido. No veríamos la visita de los tres calvarios (San Pedro, San Sebastián y San Juan), en la que se comparte comida, bebidas, danzas y rezos; tampoco la purificación del fuego, rito en el que caminan descalzos sobre juncia encendida.

Antes de llegar Tex me advirtió: “No se puede tomar fotos, hay problema”. Sin embargo, mi espíritu punk lo tomó como si aquello me lo hubiera dicho mi madre o mi abuela, así que me dispuse a desobedecer.

Cuando llegamos al centro de Chamula se podía ver a muchos hombres, en su mayoría, ataviados con sus vestimentas tradicionales, forrados de pelaje de borrego de color negro y blanco, paliacates rojos, huaraches, y calzones de manta; otros tantos vestidos con sacos negros y vivos en rojo, cubiertos de la cabeza por una tela blanca. Muchos de ellos con lentes negros y listones de color verde, amarillo, rojo o rosa; algunos con sombreros cónicos con los mismos listones colgando, llamados bats’. Había sonidos de trompetillas ruidosas por todos lados.

El ambiente era electrizante. Programé mi cámara fotográfica y la coloqué a un costado, como si estuviera de adorno; trataba de encuadrar y disparar siendo lo más discreto posible.

No pasaron tres minutos en el terreno carnavalesco cuando aparecieron los toros. No estaban en un ruedo, contenidos por vallas metálicas como los clásicos jaripeos. La contención era la multitud, que estaba dispuesta en un gran círculo en el que se mezclaban —por toda la explanada central— hombres, mujeres, niños y ancianas.

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En medio, al centro y frente a la iglesia mayor de Chamula se encontraba una multitud de personas, todos hombres, extasiados, ataviados con ropas tradicionales, o bien con estilo ranchero o ropas modernas. Quizá la mayoría era una mezcla de las tres. A lo lejos se podía ver que todos corrían circularmente, parecían hormigas bien organizadas, intentando construir algo. No estaba seguro si corrían detrás del toro, el toro corría detrás de ellos o las dos cosas.

Me alejé intentando perder a Tex; quería evitar que se diera cuenta de mi desobediencia, pues estaba dispuesto a subir mi cámara y mostrarle al mundo que podía tomar fotografías en medio de aquellos “salvajes” chamulas, como se refieren de manera despectiva muchos “coletos” (mestizos) de San Cristóbal de las Casas.

Una, dos, tres, cuatro… 20 fotos. Parecía que todo iba bien. Ya no sólo eran los otros quienes estaban extasiados, sino yo mismo. Me puso así un toro negro, flaco, que según platicaba un anciano a su nieto, el año pasado había matado. El toro se abalanzó contra la multitud y ahí estaba yo. Me retiré unos dos hacía atrás, evitando una cornada. La adrenalina me invadió. El toro corría al interior del circuito demarcado por las personas; de lo que se trataba era de espantarlo, hacerlo enojar, que siguiera corriendo, que se saliera de control y se lanzara sobre la gente.

Caí en cuenta que todo el pueblo era la arena del juego con toros; si querías ser parte del espectáculo, incluso como un simple observador, tenías que poner tu integridad física en peligro. Eso mantenía la adrenalina al tope. Pero, como balde de agua fría, la relativa confianza que había logrado se esfumó. “¡NO FOTOS!”, se escuchó gritar a una voz mayor.

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No ignoré el grito y la advertencia, pero seguí adentrándome en el escenario de éxtasis y desenfreno. Pasé por un grupo de jóvenes del pueblo que gritaron “¡FOTO PA’L FACE!” y no lo dudé ni un momento: tomé mi cámara, apunté y disparé en medio de sonrisas y señales. Quise reflexionar sobre las viejas y nuevas generaciones, y sus usos y prácticas en las festividades y ritos, pero el toro negro había dado la vuelta al circuito y corría para envestir muy cerca de mí.

No sé si fue que los indígenas se dieron cuenta que corríamos el mismo peligro, que compartíamos la adrenalina y el éxtasis, lo que hizo que a mis manos llegara una lata de cerveza y un par de cigarrillos. Gritamos juntos; nos emocionamos juntos.

Ya era casi hora de marcharse; para salir de la fiesta teníamos que pasar a un lado de otro toro, que se volvió loco tras algunas descargas eléctricas que le dieron para que corriera. Efectivamente lo hizo, se lanzó frente a mí y quedó zumbando, mirándome fijamente por un segundo, retándome, invitándome a salir de su camino. Así lo hice.

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