Por Javier Ibarra

Tenía nueve años cuando la Fania All-Stars entró a mi cerebro por primera vez. Ocurrió en un barrio al nororiente de la Ciudad de México, donde crecí. Durante una fiesta de mi vecino, “El Perrón”. Lo apodábamos así por su gran corpulencia y estatura. Fuera el Santo de su mamá, el cumpleaños de su tío, el bautizo de un sobrino, El Perrón invitaba a todos sus conocidos de la cuadra al patio de su casa, donde una enorme lona resguardaba a los asistentes de la lluvia. Se daban guisados de todo tipo y bastantes sillas de plástico rodeaban una pista de baile, pegajosa gracias a las cubas, los vasos de refresco y cerveza que caían al suelo.

En las bocinas sonaba la Fania.

El Perrón sobresalía de toda la gente que gozaba de la música. Mis ojos, siempre, se fijaban en sus gestos; en cómo movía sus pies y daba vueltas junto a su pareja, que por lo general no era fija, sino todas las mujeres de la fiesta. Ellas deseaban que se acercara para sacarlas a rumbear; y todos los presentes sabíamos que El Perrón era quien más disfrutaba de esas rápidas y calientes melodías de salsa que hablaban sobre los suburbios de Puerto Rico o Nueva York, un matón de nombre Pedro Navaja que asechaba —para asesinar—  a una mujer llamada Josefina, y de otro hombre que se la pasaba atracando —el rey de la fechoría—, mejor conocido como Juanito Alimaña, quien advertía: “la calle es una selva de cemento y de fieras salvajes, cómo no”.

fania all stars

13 años después, en otra fiesta, esta vez en la Unidad Habitacional El Rosario, conocida por amigos que vivieron allí como “El Zoológico” (porque tiene miles de rejas que sobresalen de los condominios), volví a escuchar con mucha atención aquellas canciones. Y regresé a aquella infancia, cuando quería bailar como El Perrón en el patio de su casa. Entonces entendí el significado de las melodías. Por ejemplo “Calle luna, calle sol”, en la que un cencerro y la armonía del piano introducen a Willie Colón, quien pone toda la fuerza de sus pulmones en la boquilla del trombón, y Héctor Lavoe lanza: “en los barrios de guapos no se vive tranquilo, mide bien tus palabras o no vales ni un kilo”. Yo, mientras, me emborrachaba junto a mis nuevos amigos en lo que parecía ser un ambiente peligroso, conviviendo con verdaderos Pedros Navaja o Juanitos Alimaña que habían crecido jugando y haciendo de todo un poco en las intrépidas calles de Azcapotzalco.

Por mi cabeza pasaban esas imágenes del barrio cercano a la colonia Valle Gómez, donde si sobrevivías a las malas amistades, y como dicen “te ibas por la derecha”, era difícil que terminaras siendo un hampón residente ocasional de Canadá (la prisión). Donde solo vagabas por tu colonia pateando un balón en medio de la calle o jugando The King of Fighters hasta el anochecer en las maquinitas de la farmacia, y la salsa —la verdadera salsa brava que provenía de las calles, que contenía buenos solos de piano, timbales, congas o trombones, letras sobre la vida, con las cuales podías identificarte, y cantantes que dejaban todo en los escenarios— se tatuaba en tu memoria. Esa salsa provenía de las casas a la hora del aseo; o de las noches, cuando algún famoso sonidero se apoderaba de una acera y enviaba saludos a todo el vecindario.

EL ORIGEN, NUEVA YORK

Fue así que conocí y valoré el gran repertorio de Fania Records. Considerada por muchos como la disquera con mayor importancia en la música latina, la Fania fue creada en 1963 por el empresario y ex policía italoamericano Jerry Masucci, junto al músico dominicano Johnny Pacheco. Éste último creador del concepto de salsa, fundador y director del dream team de la salsa brava: la orquesta Fania All-Stars.

El origen del ritmo proviene y está influenciado por Mario Bauzá, un músico cubano que en un viaje a Nueva York se obsesionó con las big bands de jazz y swing que tocaban en los treinta, como las de Paul Whiteman o Fletcher Henderson. Su sorpresa y las ganas que le quedaron de regresar al barrio de Harlem se debieron a que en La Habana no existía algo así; no había lugares emblemáticos y ligados a esos ritmos, como el Savoy Ballroom, que se popularizó entre los treinta y los cincuenta, y que permitía la entrada a negros y blancos por igual. Allí Bauzá comenzó a tocar la primera trompeta en la orquesta del famoso percusionista Chick Webb, aportando el toque latino.

Años después, con orquestas latinas, el mambo, el son montuno, la guaracha, el guaguancó y el chachachá comenzaron a popularizarse en las comunidades hispanas de Nueva York y en otros sitios de la Gran Manzana. Pero fue en los sesenta cuando se originó lo que hoy se conoce como salsa: en un sector del barrio de Harlem se había instalado gran parte de la comunidad puertorriqueña, que tomó una identidad: los “nuyoricans”, como todavía se les conoce actualmente.

johnny pacheco y jerry masucci

Johnny Pacheco, al centro, y Jerry Masucci a la derecha.

La salsa, básicamente, inició como un movimiento de rebeldía entre los jóvenes que solían escuchar —por tradición— a las viejas orquestas latinas; pero también a The Temptations, Chuck Berry o al mismo King of the Rock and Roll, Elvis Presley. Bajo la mezcolanza de todo eso se produjo un nuevo ritmo conocido como boogaloo, fusión de soul y ritmos afrocubanos, con vocales en español y en inglés. Rápidamente se convirtió en la música de los barrios latinos en Nueva York, haciendo sentir a sus habitantes como parte de algo ahí donde solían juntarse a bailar. Y fue el mismo boogaloo que atrajo a músicos jóvenes como Joe Bataan, Willie Colón y muchos otros que gestaron una nueva camada de compositores.

En 1967 Fania Records lanzó El malo, su primer disco, que estuvo a cargo de Willie Colón, un chico de 17 años que tocaba como nadie el trombón, de ascendencia puertorriqueña y criado en el barrio latino del Bronx. Las voces de esa grabación llena de mambo, boogaloo, guaguancó, jazz y más ritmos las hizo Héctor Lavoe, en ese entonces también una joven promesa. En un futuro no muy lejano Lavoe se convertiría en el estandarte de Fania y del mundo de la salsa brava; el sabor y la manera de acoplar su incomparable voz en la música lo traía en la sangre, simplemente por nacer en Machuelo Abajo, un humilde lugar de Puerto Rico. El malo contiene la canción que da nombre al disco, Chonqui y “Quimbombo”, piezas con las que la disquera comenzó a revolucionar la música latina en Estados Unidos, incluyendo más ritmos y después incorporando como única influencia de los americanos el outfit de los gangsters, la moda de esa época entre los jóvenes.

Los setenta podrían considerarse la época cumbre del movimiento de la salsa. Fue en esa década cuando el género incorporó bastante música jíbara —ritmos puertorriqueños de origen campesino— con instrumentos como el cuatro, que es una pequeña guitarra de 5 cuerdas metálicas. En Asalto navideño (1970), otro disco de Willie Colón en compañía de Héctor Lavoe (el dúo dinámico de la salsa), se escucha de principio a fin la influencia de Puerto Rico, la “Isla del encanto”, con otros músicos pertenecientes a Fania: el mismo Johnny Pacheco, Yomo Toro y Justo Betancourt.

Fania Records, ya como una disquera que revolucionaba la industria de la música, se convirtió en un monopolio de la salsa. Compró otras pequeñas compañías que parecían ser su competencia. Estaba conquistando al mundo tras formar, en 1971 y después de planearlo durante muchos años, la única y altísima Fania All-Stars. La orquesta estaba conformada por distintas figuras de Fania Records: Johnny Pacheco (director), Adalberto Santiago, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, Ismael Miranda, Pete “El Conde” Rodríguez y Santos Colón (vocales), Larry Harlow (piano), Bobby Valentín (bajo), Roberto Luis Rodríguez, Larry Spencer y Héctor “Bomberito” Zarzuela (trompetas), Reynaldo Jorge, Barry Rogers y Willie Colón (trombones), Roberto Roena (bongó), Ray Barreto (congas), Orestes Vilató (timbales), Yomo Toro (cuatro) y artistas invitados como Richie Ray y Bobby Cruz. Esta alineación tocó por primera vez en el club Cheetah de Manhattan. La presentación quedó para la historia: a Masucci se le ocurrió filmar el acontecimiento, lo hizo película y lo nombró Our latin thing (Nuestra cosa, 1972). El concierto es el verídico inicio de la salsa brava: un escape para la gente de los suburbios latinos de Nueva York.

Durante esta década —que encajaba perfectamente como el soundtrack del pueblo latinoamericano—, la Fania All-Stars también logró presentarse en el mítico Yankee Stadium gracias a la enorme avaricia (hombre de negocios, al fin y al cabo) que tenía Masucci. La orquesta llenó el recinto con alrededor de 45 mil espectadores que subieron al escenario y se robaron varios instrumentos de aquellos músicos que se convertían en sus verdaderos ídolos. Igualmente se incorporó “La reina de la salsa”, Celia Cruz, quien para esos años ya era una cantante con amplia trayectoria en la música latina. Celia se había presentado en su natal Habana desde 1940.

La Fania daba conciertos por distintas partes del mundo, incluso en África. En 1974 se presentó junto a James Brown y B.B. King, entre otros, como parte de la pelea del siglo que paralizó al mundo entre Mohamed Ali y George Foreman, en Zaire. Aquello fue una especie de homenaje para el continente que les había heredado esa música llena de percusiones y sabor.

NADA DURA PARA SIEMPRE

“Todo tiene su final, nada dura para siempre”, dice una canción de Héctor “El cantante de los cantantes” Lavoe. Fastidiado, quizá producto de la ambición y el egoísmo que lo convirtió en el monopolio de la salsa, Masucci vendió Fania Records en 1980. Con ello se alejó de un movimiento que ya no solo pertenecía a la Gran Manzana, sino que fungía como una bandera de orgullo latino por cualquier rincón del mundo, con canciones de contenido político y social que reflejaban el sentir de las personas.  El baile ya no era todo gracias al panameño Rubén Blades, quien decidió quitarse la etiqueta de abogado y comenzó a trabajar en las oficinas de Fania hasta lograr su sueño: hacer un disco de salsa brava. Se mudó a Nueva York y grabó Siembra junto a Willie Colón en 1977. El álbum se convirtió en uno de los referentes de la salsa, con ventas que rebasaron los estándares de la disquera.

Pero eran tiempos en los que cada cantante ya contaba con orquesta propia y tomaba sus propios caminos. Esto ocurrió tras el cambio de dueño en Fania Records. El sello siguió en el mundo de la salsa pero en un concepto más comercial. La salsa brava comenzó a agonizar y nuevos ritmos como el merengue y la música disco sustituyeron de alguna manera a los bailarines que gozaban en las pistas de baile. Hubo un cambio de generación y sobrevivieron únicamente los músicos más reconocidos de la vieja escuela, sacando algunos discos, con exitosos temas que hasta la fecha se siguen escuchando. Nuevos talentos como Frankie Ruiz, oriundo de Nueva Jersey, o el puertorriqueño Eddie Santiago, comenzaron a cantarle al amor y los corazones rotos; el género morfó a un estilo romántico y lleno de erotismo, lejos del lenguaje callejero.

willie colon y hector lavoe

Willie Colón y Héctor Lavoe.

EL LEGADO

La salsa sobrevive como un estilo popular que ambienta las fiestas familiares, pasa por algunas rondas de saludos en las tocadas de sonideros y vive por siempre dentro de un movimiento conocido como salsa en línea. Pareciera que en todo el mundo se lleva a flor de piel la nostalgia pura de aquellos bailes en Savoy Ballroom. La salsa sobrevive después de trágicos pasajes como la muerte de Celia Cruz en 2003, o la de Masucci en 1997. En 2005 el catálogo de Fania Records pasó a manos de Emusica Records, que conservó el mismo nombre e incluyó nuevos artistas que no necesariamente están encasillados en la salsa, como los brasileños Bonde do Rolê, el DJ y ex Control Machete, Toy Selectah, y distintos grupos influenciados por la vieja escuela que se gestó en Nueva York y Puerto Rico.

Por otro lado, el deceso de Héctor Lavoe por VIH en 1993, luego de caer desde lo más alto de la cumbre al fondo, perecer y convertirse en el icono principal, el referente de lo que es el ritmo, fue lo que marcó una brecha importante en la música latina, con miles de imitadores y una película biográfica, El Cantante (The Singer, 2006). No obstante, aún hay destellos de aquella época con presentaciones de viejos lobos de mar de Fania Records: Adalberto Santiago, Roberto Roena, Eddie Palmieri, Johnny Pacheco, Willie Colón, Rubén Blades, Ismael Miranda y algunos más, junto a una nueva camada de orquestas que mantienen la esencia y sabor por la música, la verdadera salsa brava. Todas esas canciones que me hacen sonreír y me trasladan a mi infancia, con El Perrón, El Zoológico, los barrios, cada vez que intentó no fracasar y aprender a bailar salsa.

The Fania All-Stars in 1980.

The Fania All-Stars en 1980. Judy Morales/Fania Records

Editor Yaconic

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