Por Ricardo E. Tatto / @gritodelasideas
Fotos: Fernanda Tapia

Me apeo del autobús mientras camino bebiendo agua como si no hubiera un mañana. Cruzo Reforma rumbo al Auditorio, aunque mi objetivo es otro: el 4to. Festival Dardo, en las inmediaciones del Campo Marte. Con éste, es mi tercer año consecutivo en la magna orgía del mezcal en México, razón por la cual voy hidratándome, a sabiendas que una vez ahí no beberé otra cosa que mezcal, sotol, raicilla, bacanora y otros destilados de agave. Los mejores del país.

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En lo que espero en la fila para entrar leo en el programa de actividades algo que ignoraba hasta el momento. Se llama Festival Dardo porque “Dardo” son las siglas de Destilados ARtesanales De Origen. La muestra es organizada cada año por el Comité Nacional para la Sustentabilidad del Maguey, Mezcal y Destilados de Origen (COMANDO) y la Sagarpa, a través de los ya famosos “Amigos del Mezcal”, campaña lanzada hace cuatro años para promover y difundir la cultura del mezcal. Todo con el fin de impulsar a los productores de destilados artesanales hechos en México.

A pesar de la larga explicación no debemos confundirnos, ya que si bien la motivación para realizar el festival es ampliamente loable, detrás de dichas intenciones también están las de miles de asistentes que desean beber mezcal hasta desfallecer, trastabillar y acabar delirando bajo el volcán. O al menos así lo parece…

Una vez adentro hay que decidir hacia dónde ir, ya que hay varias zonas, como la cultural e informativa, la de conferencias, la destinada para el concurso de marcas y la del concurso de coctelería; pero, ¿a quién pretendemos engañar? Primero lo primero: hay que ir a la zona de las degustaciones a tomarse los primeros shots de mezcal.

A lo largo de varios pasillos los stands de los productores nacionales ofrecen degustaciones a 15 pesos. Aunque pudiera parecer muy barato, en realidad ese precio tuvo un aumento del 50% con respecto al 2014, cuando estas mismas pruebas se vendían en 10 pesos. Si tomamos en cuenta que apenas es una copita de media onza y son más de 100 stands, usted calcule cuánto afectan estos cinco pesos de diferencia los bolsillos de los asistentes.

Con todo y el aumento del precio —que causa extrañeza entre algunos asistentes— no cabe duda que vale la pena cuando se trata de probar muchos de los mejores mezcales del país, esos que venden a 200 la copa en cualquier bar de la Roma o de la Condesa. Otros no lo ameritan, francamente, pero para saberlo, irremediablemente hay que conocer, probar y tomar.

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A la par de la tomadera, también hay muestras gastronómicas representativas del país; cocina tradicional de estados como Michoacán, Oaxaca, Guerrero, Morelos, Puebla, Yucatán y Tlaxcala. El invitado de honor en esta edición es el Conservatorio de la Cultura Gastronómica Mexicana.

Después de dar una vuelta olímpica por el lugar y una vez probados mezcales de Durango, Guerrero, Oaxaca, San Luis Potosí, Zacatecas, Guanajuato, Tamaulipas y Michoacán, el efecto de los tragos comienza a realizar estragos en mi persona. Comienzo a ponerme alegre y bailador, pues también hay grupos de música de distintas regiones invitadas. Suena la norteña y la cumbianchera; hay un poco de todo los diferentes gustos.

Ya sea que uno agarre la peda coqueta o simplemente desee conocer, no hay que soslayar la importancia del festival. Según COMANDO son cerca de 2 millones de litros de mezcal los que se producen al año en México, lo que presenta el 1% de los destilados de agave tradicionales (el tequila produce 250 millones de litros al año). Esta producción es una alternativa económica sustentable que más de 20 mil familias campesinas no migren a Estados Unidos.

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Encandilado por los vapores del alcohol, uno puede decidirse a comprar la botella de su preferencia, que es entregada a la salida del lugar.

La organización de la orgía mezcalera recibe críticas porque el año anterior se invitó a bandas rock, funk, neocumbias y demás géneros para amenizar, además de que se colocaron tarimas para tal propósito, de manera que uno podía escuchar grupos interesantes a la par de las catas. Este año no ocurrió. Por otro lado, fue notoria el alza de precios en general, y en particular los de la comida, algo que confiere un carácter cada vez más elitista al festival, dado que una entrada ya no está al alcance de todo tipo de bolsillo, máxime si uno desea conocer la cultura gastronómica de todo el país, tal y como dice el objetivo de Dardo.

Finalmente, la orgía mezcalera se convirtió en una borrachera mala copa, ya que a las 8 pm dejaron de permitir la entrada, cuando se suponía que todo debía terminar a la medianoche como en las ediciones anteriores. A pesar de que la gente tuviera el gafete proporcionado a la entrada, si salía a buscar a alguien o a ponerle dinero al parquímetro, el reingreso era negado por unos monigotes que hicieron gala de desdén y prepotencia. Esto provocó que muchas personas se apiñaran y discutieran a la salida, pues eran separadas de sus acompañantes que seguían adentro. Y con justa razón. Después de todo, ¿a quién le gusta que le corten la fiesta de manera tan grosera?

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Los organizadores argumentaron que se tuvo que reducir el horario por órdenes expresas del Estado Mayor Presidencial a cargo del Campo Marte. Luego entonces, dada la magnitud e importancia del evento, ¿a quién se le ocurre realizarlo ahí? Queda claro que esta edición fue un tropezón en muchos sentidos, por lo que el próximo año deben revalorarse estas cuestiones y, si es necesario, cambiar de sede, considerando que existimos muchos paranoicos que no dejamos de percibir la ironía de estar emborrachándonos frente a las oscuras miradas de los soldados federales y demás guaruras de poca monta, como si por estar ebrios después de 43 mezcales se nos olvidara por un segundo que “Fue el Estado” o que “el Estado fue culpable”, if you know what i mean

Después de ser corridos a las 9 de la noche, muchos terminamos vagabundeando por las calles con mezcal en mano, rememorando aquellos desvaríos etílicos de Kerouac y compañía en una Ciudad de México que era muy diferente a la de ahora, donde no nos es permitido enajenarnos como debe ser y mucho menos vomitar nuestro enojo.

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