Por Arturo J. Flores / @ArturoElEditor

Fotos: Carmilla Rose / @CarmillaRose

Junto a mí hay un vidente. Uno que suda a chorros igual que los cientos de apretujados que solo Dios sabe cómo entramos en el Foro Alicia. Mi vecino pide a gritos sus canciones. Los Carniceros del Norte parece que vinieron a complacerlo. Porque de cuatro que exigió, le atinó a tres. “El octavo pasajero” una de ellas. “Gritos en la noche” y “El ansia” fueron las otras dos. “Las tres caras del miedo” la que se quedó con ganas de escuchar. Reconozco que yo también.

El concierto de la banda euskera sucede en un Infierno en primer piso. Uno en el que poco falta para que las fronteras entre los cuerpos se borren. En la que el sudor escurre a borbotones de cientos de axilas. Donde uno quisiera no tener nariz. Para que no la violentara este coctel humano de hedores. Maldita la hora en que me puse la chamarra de vinil. Pienso que mejor hubiera sido venir de camiseta sin mangas. Para que se me viera el tatuaje que recién me acabo de hacer. El Poe de la portada del EP carnicero.

carniceros del norte en el alicia

Cuesta mucho cantar aunque me sé casi todas las canciones. Falta aire. Esta celebración por los 10 años del grupo convertida en batalla campal por un centímetro cúbico de oxígeno. Pero tampoco podría ser de otra forma. Si en un universo bizarro los Carniceros pudieran apersonarse en un foro alfombrado, atestado de sillones lounge y con meseros de pajarita que te sirvieran martinis, nos iríamos de aquí vomitando. Aquí somos todos hermanos a la fuerza. Pero también por placer. El de rendirle culto a una banda que le ha rendido culto por dos lustros al mejor cine de culto. Así nada más.

El Alicia sirve como escenario para que Txarly (voz), Nando (bajo) y H. Zombie (guitarra) graben un disco en vivo. Con semejante pretexto nos regalan casi dos horas de show. 26 canciones de todas las épocas. Un maratón de cine a ritmo de punk. Entre las crestas de colores camina el fantasma del sanguinario Jack Torrance cuando Txarly anuncia “Hotel Overlook”. Del piso pegajoso emerge el hocico sangrante del payaso Pennywise cuando el grupo escupe “It”. Litros de vómito diabólico nos caen a cubetas cuando la niña de El Exorcista es invocada al ritmo de “Capitán Howdy”. Las parejas se funden en besos necrofílicos llegado el turno de escuchar “Nekromanticos”. A pisotones en el slam las botas que de día caminan banquetas danzan en honor a “Nosferatu vive en Barakaldo”.

carniceros del norte en el alicia

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Hace apenas unos días fue Día de Muertos. Una chica se pasea entre nosotros pintada de Catrina. Nos recuerda que habremos de morir. La vida es como una canción de punk. Trepidante, veloz y finita. Báilala mientras puedas porque después vendrá el silencio. A veces las cosas salen mal. Como cuando a Hugo Zombie se le apaga la guitarra en “Miss Muerte”. Pero sus compañeros, a sabiendas de que el show deben continuar, intentan cubrir el vacío con una dosis doble extra de energía. La canción, como la existencia, sale adelante.

Txarly parece un muñeco que no para de saltar sobre el escenario. Teatral como es, si de la nada enmudeciera como una película de Chaplin, podría sustituir su canto por las muecas. Nos llama criaturitas. Nos reclama que si seguimos pidiendo más vamos a acabar con él. Pero se le adivina feliz. Complacido de mirarnos a todos acalorados. Roncos de gritar. Lúbricos de sudar como cerdos. Liberados después de mentarle la madre a un gobierno que, igual que nosotros, tampoco sabe qué responder cuando nos pregunta: “¿Dónde están los 43?”.

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He perdido al vidente. Nos ha llevado el torbellino de empujones. Los Carniceros clausuran este nuevo encuentro con un cover. “Un día en Texas” de Parálisis Permanente. Se la dedicaron a Bam Bam, a quien siempre le debemos el placer de escuchar al grupo en México. De que discos como el reciente Coulrofobia (2015) se publiquen en México. De que al final de su actuación los europeos se bajen a tomarse una foto con las criaturitas. Para entonces estoy en la calle. Sintiendo cómo con el frío de la madrugada me vuelve poco a poco el alma. Observo las piernas de mi compañera y pienso en la mujer que le dio la vida. A esta hora dormirá el sueño de los justos. ¿Qué pensaría si le comunicara lo mismo que dice un verso de la canción Carnicera dedicada a Regan, la niña a la que poseyó el diablo? “Ahora mira lo que hace… la cochina de tu hija”.

Paramos un carro y nos largamos de ahí.

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Editor Yaconic

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