Por Emiliano Escoto / @EmilianoMaes 

Fotos: © Cortesía FIL Guadalajara

El avión se retrasó media hora y nos hizo llegar un poco más tarde. Fue imposible acudir, esa primera noche, a ninguna actividad de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que este año cumple su 30 aniversario. Solo nos quedaron las actividades extraliterarias.

Después de una gran cena en el elegante Hotel Presidente, lugar en el que nos hospedaron los organizadores, acudimos a una fiesta gigantesca y abrumadora; llena de lujos propios de ricos y narcos. El mundo de la apariencia llenó por completo el ambiente literario, la cultura fue reemplazada por la política y los escritores por grandes empresarios arreglando tratos. Aun así nos quedamos hasta que nos sirvieron el último tequila. Para ese momento nuestra mesa ya era bastante extensa, nos acompañaban los músicos Benjamín Anaya, Gerardo Enciso, Alejandro Marcovich, Valentina González, Alonso y José María Arreola, el periodista Huemanzin Rodríguez, la coordinadora de conciertos Ana Teresa Ramírez y los escritores Leticia Luna y Luigi Amara.

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Apertura del Programa Literario de América Latina, Invitada de honor de la FIL 2016. Sábado 26 de Noviembre del 2016. Foto: ©FIL/Bernardo De Niz.

La comitiva se dividió cuando nos corrieron del gran jardín con estructuras de luces y alfombra roja. En un Uber muy amable nos amontonamos seis personas y partimos con rumbo a la querida Mutualista. Tras varios minutos de recorrido llegamos a la vieja casona de 8 de Julio esquina con Madero en el centro de la capital tapatía. Un par de tipos gigantes con cara de maleantes cuidaban la puerta con posturas amenazantes hasta que vieron llegar a Carlos con su caminar rítmico, su sombrero de bombín y su viejo bastón de metal. Los guardianes de la Mutua abrazaron a mi padre con el cariño de quien encuentra a un familiar querido después de mucho tiempo. Entramos al oscuro recinto como a nuestra propia casa. Un ambiente underground, sincero e incluyente permanece ahí gracias a la personalidad que los Ureña (padre e hijo) le han dado al espacio.

Una pista de baile es la antesala para entrar al corazón de La Mutua. Un espacio medianamente grande con una barra tradicional de madera en el fondo y miles de fotografías de todo tipo colgadas por el lugar. Resaltó a mi vista la imagen de David “El Negro” Guerrero, integrante ya fallecido de la radio de la UdeG y gran amigo durante muchos años de mi padre. Frente a su imagen, colocada detrás de la barra, Raúl Ureña “El Gaspa”, quien lleva el lugar ahora, recordó anécdotas de años pasados en la FIL.

Con el tiempo, La Mutualista se ha convertido en un punto de encuentro necesario para todos los escritores y borrachos asistentes a la feria más grande de los libros en México. Historias de sexo, drogas y fiesta con varios escritores, editores y otros personajes famosos han ocurrido dentro de las paredes de esta insigne cantina que, junto a la puerta de emergencia, mantiene una imagen poética y lúgubre: una camisa colgada en un perchero junto a la que reposa una vieja bicicleta, pertenecientes a un tipo que murió de un infarto dentro del lugar después de haber sido rechazado por su novia con varias pastillas de viagra encima.

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Inicio de la FIL Guadalajara 2016. Sábado 26 de noviembre. Foto: ©FIL/Melinda Llamas Polanco.

Black Mirror es una serie de televisión británica creada por Charlie Brooker en 2012. Se trata de un ejercicio ficticio muy interesante sobre cómo las redes sociales y la manera en la que nos representamos ante los otros marcan la forma en la que vivimos. En Black Mirror la sociedad del like es representada magistralmente. La serie nos presenta un mundo en el que todo se basa en la calificación de los otros. Valentina, gran cantante (según me cuentan) y también muy guapa, recordaba algunos capítulos de la serie británica después de criticar junto a otros comensales la fiesta en la que habíamos estado antes. En esas fiestas todo se trata de formalidades y protocolos; por eso, en espacios como La Mutualista es donde ocurren las verdaderas cosas y donde surgen las verdaderas historias.

Tras varios tequilas y varias horas de charla, Raúl decidió que era momento de partir. Eran alrededor de las 4 de la mañana y solo subimos cuatro personas al taxi. El calor de los tragos y la poca fuerza de voluntad que queda cuando hay suficiente alcohol en tu sangre provocaron que nos dieran ganas de seguir la fiesta.

El reto de conseguir cocaína siempre es grande. Sobre todo si no consumes, como yo. ¿Por qué lo haría? Pero cuando la curiosidad es fuerte todo es posible. Sobre todo si una voz aguardientosa y extrañamente seductora grita en el rincón del taxi: “No sean cobardes, no existe ningún lugar peligroso”. Quizá lo que en realidad quería decir era que en un mundo en el que cualquier lugar es peligroso no tiene caso vivir con miedo. Como haya sido, eso alentó a todos. Pronto le pedimos al taxista que nos llevara a conseguir polvo en una colonia que, si no mal recuerdo, se llama Abasolo, detrás de la Calzada Independencia, según me contaron después.

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Diálogo poético: Ernesto Cardenal y Jaime Labastida. 27 de noviembre, 2016. Foto: ©FIL/Melinda Llamas Polanco.

La borrachera y mi desconocimiento de Guadalajara impidieron ubicarme en el mapa. Todas las calles lucían iguales. Por momentos sentí que seguía en la Ciudad de México. De pronto el panorama se tornó extraño, un poco más oscuro y estrecho. Personajes de ultratumba asomaban entre postes de luz y esquinas; figuras sigilosas y miradas vigilantes se movían entre las sombras. Algo de miedo entró en mi pecho, pero pronto fue aplacado por el último trago que quedaba en mi vaso de plástico.

Tras varias cuadras en esa colonia salida de una película de terror llegamos a una esquina. Varios tipos se acercaron al auto, parecía que no era la primera vez que el taxista hacía esta excursión. Un tipo alto y flaco se acercó a la ventanilla. Con voz dura y mirada desorbitada preguntó que queríamos: “Son de cien”, nos dijo. “Dame tres”, contestó el copiloto mientras le acercaba un billete. El tipo flaco fue a su esquina y regresó velozmente, lanzó por la ventanilla tres bolsitas azules con polvo blanco marcadas con una cinta plateada. “Es el sello de la zona”, dijo uno de mis compañeros de auto mientras salíamos rápidamente hacia la avenida grande más cercana.

La fiesta siguió un par de horas. No sé cuántas porque en algún punto me quedé dormido. Lo que es cierto es que nuestro primer día de actividades en la Feria Internacional de Libro comenzó con una gran resaca.

Ya llegamos, Guadalajara.

Editor Yaconic

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