Por Salvador Ávila González

Ilustración: Aiysha Sipe / Kaliweed

Ernest Hemingway tenía en su casa de La Habana más de veinte gatos y un número algo inferior de perros. Este dato, irrelevante a primera vista, es suficiente para imaginar numerosas preguntas. Se me ocurren muchas, pero me limito a formular una sola. Dando por descontado que todos esos animales tuvieran un nombre, ¿no se confundiría el escritor al llamarlos? Por lo demás, es bien conocido que Julio Cortázar convivía en su apartamento de París con su gato Teodoro W. Adorno, apelativo algo pretensioso que tomó del filósofo y sociólogo alemán. Este gato es mencionado en muchos de sus cuentos y novelas, pero es en su relato Más sobre filósofos y gatos, en el que Cortázar explica por qué le puso ese nombre a su felino, atigrado también como el gato de Céline. La afición que tenía el verdadero Theodore Wiesengrund Adorno por los perros es mucho menos conocida. Para mí significó una revelación, pues no podía imaginar al fundador  —junto con Max Horkheimer— de la influyente Escuela de Frankfurt extasiado con su perro Alí Babá.

filosofia y perros

Descubrí la existencia de este animal entre la abundante correspondencia concentrada en el libro Theodor Adorno. Cartas a los padres (1939-1951). Epístolas espontáneas y vivaces que pertenecen a su exilio estadunidense. Nada tienen que ver con The Correspondence of Walter Benjamin and Gershom Scholem (1932-1940), cartas lacónicas, expresión, en lo que toca a Benjamin, de su soledad casi antinatural, así como de su angustia económica e intelectual; correspondencia tensa e inevitablemente sombría. Una enorme tristeza ensombrece en efecto hasta la más informal y momentáneamente optimista de estas cartas. George Steiner ha dicho que una cita, por extensa que sea, hace escasa justicia a su profundidad. No es necesario citar todas y cada una de las cartas que hacen referencia a Alí Babá, para convencernos de que el precursor de la filosofía cultural y de la teoría crítica, era un amante apasionado de los perros, o al menos del suyo. Como todos los perros, Alí Babá tiene su historia. No fue el primero que tuvo el matrimonio Adorno —Theodor y Gretel—, por su paso en Estados Unidos. Antes que él les hizo compañía Torro, animal de “abrillantada pelambre y cabeza socrática”, que murió atropellado por un automóvil a mediados de 1943. El accidente ocurrió en Los Ángeles, lugar donde el matrimonio se instaló después de haber vivido por un tiempo en Nueva York. El vacío dejado por Torro  —y por los hijos que nunca tuvo el matrimonio Adorno—, fue llenado por Alí Babá, un afgano negro magnífico, que la actriz de cine Luli Deste consintió en dejárselos en adopción hasta que su precaria situación económica mejorara, lo cual coincidió con el regreso de los Adorno a Alemania, a finales de 1949.

El 26 de septiembre de 1943, escribe a sus padres: “Alí Babá nos da una alegría infinita. Es el perro más hermoso y noble que he visto, tan exento de codicia que podría ser un ejemplo para casi toda la gente que conozco”. Entre esas raras excepciones se encontraba el matrimonio Horkheimer, Max y Maidon, sin cuya ayuda estas cartas no existirían: “También en todo lo demás los Horkheimer se han ocupado de nosotros de un modo sumamente encantador y solidario”, dice una de sus primeras misivas. Cuando ambos regresaron a Frankfurt, Horkheimer, algo disminuido de salud, decide dejar en manos de su colega las riendas del Instituto para la Investigación Social. Sin embargo, Adorno moriría cuatro años antes que su gran amigo y colaborador: el 6 de agosto de 1969, víctima de un infarto agudo de miocardio. Theodor tenía perro; Max no, aunque es probable que éste jugara y acariciara con su mano la cabeza de Alí Babá, quien se convirtió en compañía inseparable del matrimonio Adorno. Lo llevaban en el viejo automóvil de Gretel a todas partes en el país que los acogió y deslumbró desde el primer momento: a los jardines y la playa, a las tertulias y recepciones formales. En una de esas reuniones conocieron a Greta Garbo, quien les confesó su amor por los perros afganos: “Alí Babá esperaba en el auto. Se habló de él, y la Garbo, que ama a los afganos, pidió que lo entráramos”.

El autor de Mínima Moralia y Dialéctica negativa no tenía inconveniente en interrumpir los relatos sobre sus colaboraciones con el escritor Thomas Mann, el músico Hanns Eisler o con el propio Horkheimer, para compartir con sus padres la última aventura con su perro o cualquier anécdota insignificante; y no es difícil encontrar en una misma misiva un comentario sobre la mala fortuna de Walter Benjamin, precedido de unas líneas inocentes dedicadas a Alí Babá. Cuando dice: “Aprovecho para…”, “Fuera de eso…”, “Por lo demás, hay poco que contar”, es un pretexto para comenzar a hablar de su perro sin limitaciones. Sin exagerar, Theodor W. Adorno —quien afirmaba que “hasta las cosas más simples de la vida son endiabladamente dialécticas”— volvía a ser un chiquillo junto a Alí Babá. En las cartas que escribió a sus padres, párrafos como éste son comunes:

Disfruto infinitamente con Alí Babá. Todos los días doy un paseo de media hora con él, y a la noche, cuando lo llevo a dormir con cuatro galletas para perros, le canto la canción de cuna de Brahms (las dos estrofas) y algunas canciones referidas a él. No se imaginan todos lo que le prometí como plato, allá, en caso de regreso. Lamentablemente, todavía no sabe apreciarlo, pero por lo demás es el animal más amoroso, lindo y distinguido que uno puede imaginar.

Cuando Deste se repuso económicamente gracias a un enlace matrimonial afortunado, pidió de regreso a Alí Babá, el perro de los Adorno que en realidad era un perro prestado. Theodor y Gretel no pudieron hacer nada para retenerlo y quedaron devastados, “porque nuestro corazón pende del animal como si fuera realmente nuestro hijo”. Meses después la propia actriz les regaló un cachorro, un afgano negro y magnífico como Alí Babá, aunque los dos sabían que Alí Babá era irremplazable. “Odio profundamente la idea de que los perros son intercambiables, de que uno da lo mismo que otro”, decía una de las últimas cartas que escribió Theodor, ya sin W, Adorno.

 

Editor Yaconic

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