Por Edgar Khonde / @edgarkhonde

Cada escritor tiene su máscara y arma su pose. Mi pose es ésta: yo siempre aspiro a mentir con la verdad. Engañar de qué valgo la pena diciendo que no valgo la pena. Fogwill.

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Un día Fogwill se presentó en casa del publicista Rodolfo Enrique Fogwill, le extendió unas hojas, eran textos, pedazos de poemas, fragmentos de cuentos y novelas, y le dijo que quería ser escritor; casi me lo imagino: Rodolfo le contestó que necesitaba ser una marca, no un escritor; que los escritores sólo buscan la concordancia entre sujeto y verbo, como Piglia, y decir cómo van a escribir un libro.

—Boludo, lo que realmente necesitás son 12 gramos de cocaína y escribís Los Pichiciegos, que es el tema de moda, ya sabés, Las Malvinas. Escribe sobre moda, es el trending topic, ¿acaso no ves internet? —dijo Rodolfo Enrique.

Y además le dijo que se quitara el “Rodolfo Enrique”, coincidentemente se llamaban igual, y se nombrara “Fogwill”, así, a secas, como la Coca Cola o la Ford, una Trademark. Y Fogwill se hizo Fogwill, se olvidó de Rodolfo Enrique, esnifó 12 gramos de cocaína en tres días para escribir Los Pichiciegos, que versó sobre la Guerra de Las Malvinas al mismo tiempo que se desarrollaba esa fatídica guerra. Sólo así Fogwill aceptó ser el publicista de Fogwill.

Odio a los escritores tipo Ricardo Piglia que buscan concordancia entre sujeto y predicado, que antes de empezar un libro están diciendo cómo lo van a escribir. Fogwill.

Fogwill era un dandi, un bohemio, un maldito, un triunfador, un paria, un aristócrata, podría haber sido un pistolero y un alguacil; o un superhéroe como Tony Stark, pero se decantó por la literatura. Fue escritor, un escritor que tuvo que crear un espacio e imponer un nuevo canon para que pudieran caber las sustancias inflamables que presentó a la literatura argentina y a la literatura en lengua española: una escritura vehemente y vertiginosa. Una escritura llena de puñaladas supersónicas: no hay freno en la velocidad de Fogwill, no hay freno para esa algarada de imágenes casi violenta que se recrea en sus frases y oraciones, sus párrafos y textos. Su planteamiento escritural, su forma y estructura, deviene en sintagmas uno sobre otro, como balas escupidas por una AK-47; sintagmas que someten al lector a sonidos, o ruidos, estrepitosos, runrunes estridentes. La escritura de Fogwill es como una recta lanzada desde la loma que el lector sólo advierte cuando ésta ha perforado la manopla del cátcher. (Y ha dejado tras de sí una estela de fuego que acuchilla el aire.)

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Me burlo de los que temen a la página en blanco. Antes que a la página en blanco, yo le temo a la página en negro, a preguntarme: ¿cómo pude haber escrito esta estupidez? Fogwill.

Fogwill nació en Quilmes, Buenos Aires, en 1941. Se hizo sociólogo y dirigió empresas de publicidad y mercadeo. A los 39 años, en 1980, el publicista gana un concurso de cuento patrocinado por, anecdótico, Coca Cola, con el libro de relatos titulado Mis muertos punk. Y según la leyenda, condiciona el premio, éste sólo consistía en la publicación de la obra, no había dinero de por medio. Se presenta con los editores y les dice que está interesado en negociar su libro, que “cuesta tanto”. Fogwill marca registrada ha nacido.

Un año antes, con 38 años, había publicado El efecto de la realidad, su primer libro, un poemario. También en 1980 publica su segundo poemario: Las horas de las citas. Ya ha tomado la decisión de que va a ser escritor y no conforme con eso funda una editorial de nombre Tierra Baldía, que en su roster contará con otro resquebrajador de la literatura conservadora: Osvaldo Lamborghini.

Como Jim Morris, aquel pelotero que interpretó Denis Quaid en The Rockie, y que se estrenó en la gran carpa con los Devil Rays de Tampa Bay a los 35 años ponchando en cuatro lanzamientos a Royce Clayton, Fogwill debutó tardíamente en las ligas mayores de los escritores que publican libros (recordemos que hay escritores que no publican y escritores que ni siquiera escriben su literatura). Y calcando a Morris, le bastó poco para exhibir ante el lector y la crítica su talento. Dice en una entrevista, Fogwill, que le hubiera gustado tardarse más años en publicar, porque quizá se hubiera ahorrado la pérdida de tiempo, paradójico, que le dedicó a los premios, a las becas, a la TV, a la radio; que pudo haber invertido su atención en escribir y revisar más (revisar es la piedra filosofal del oficio del escritor); que pudo, sospechaba, haber entregado un libro cada tres o seis meses al mundo. Aun así, fracasado (la imagen del fracasado vendía y Fogwill publicista lo tenía siempre presente), publicó entre novelas, cuentos y poesía, más de una veintena de libros; que no son pocos si consideramos que tuvo un tiempo activo de 1979 hasta el año de su muerte, ocurrida en el 2010.

Dice Ignacio Echevarría que las novelas de Fogwill “apenas tienen argumentos, quizá porque vienen repletas —consiéntase la paradoja— de argumentos, no en un sentido narrativo, sino en el sentido más netamente crítico, filosófico, incluso ideológico”. Por lo tanto “no vale la pena perder el tiempo” tratando de resumir el argumento de las novelas. Basta con echarle una ojeada a Help a él (he tomado las líneas anteriores de este párrafo de la contraportada de la edición de Editorial Periférica) para comprender a qué se refiere Echevarría. Help a él es un texto que se compone del discurso del protagonista, y nada; salvo que sabemos que se trata de una parodia de “El Aleph”, de un homenaje; que de no saberlo quizás nos sería inescrutable. Fogwill escribe como se debe, dice que sin reprimirse, llegar hasta el final, sin que importe lo que digan el portero, la novia, la vieja, los amigos, el tipo que nos pasa los tomates, sin que importe nada más en el mundo que la escritura; ese es su método, y su consejo.

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El mismo mar nos pierde: nos encuentra

y nos pierde con su pulso marino.

Y con su eterno nunca nos despierta

del siempre breve sueño de un camino.

Pero no hay mar: el mar es solo ausencia

en la sílaba mar: pasa el sonido

y queda el hombre frente a un mar que inventa

y pierde entre los pulsos del sentido.

Pulsos del mar que intermitentes traman

su recomienzo siempre suspendido.

Fondo que es forma, superficie y pausas

de un deseo en rompientes que reclaman

perderse por partir o estar partido

y aquí quedarse en un hacer sin causas.

(Fragmento del poema Versiones sobre el mar, de Fogwill.)      

LOS PICHICIEGOS

Si pudiera volver atrás, ni probaría la cocaína. Pero, quién sabe, no sería tal como soy, así que por las dudas no voy a volver para atrás. Fogwill.

 

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Quien ha leído 2666, debe tener presente que se escribió casi simultáneo a los hechos conocidos como “Las muertas de Juárez”; que de eso se trata la novela de Roberto Bolaño. Con Los Pichiciegos ocurrió exactamente igual: Fogwill la escribió durante La Guerra de Las Malvinas, guerra que enfrentó a Argentina contra Inglaterra por la posesión de las islas Malvinas-Falklanland Islands, tal como dice la leyenda: con 12 gramos de cocaína en tres días; tres días más para revisar, y al séptimo descansó.

Su madre le había dado la noticia: “¡Hundimos un barco!”. A Fogwill le retumbó en la cabeza la idea-frase: “Mi mamá hundió un destructor”, “Hoy mamá hundió un barco”, y la cadena de sonidos y significados dio origen a la novela.

La novela trata sobre un grupo de soldados argentinos que desertan y se ocultan en un refugio subterráneo, pichicera, y la vida que llevan para mantenerse vivos. Es el relato de una sociedad en la literatura, de un fracaso. Nada de heroísmos, sino de sobrevivientes.

La literatura de Fogwill intuye, no demuestra, se anticipa. Dice Sarlo que “la novela no quiere demostrar nada y sus personajes no están en condiciones ideológicas ni discursivas para reflexionar. Los pichis carecen absolutamente de futuro, caminan hacia la muerte (…)”.

MUCHACHA PUNK

Puedo escribir en lugares públicos, como en aeropuertos o el Club Ciudad. Pero mi mejor cuento lo escribí en un barco. Cuando salió la Smith Corona a pila, me compré un transformador, la conecté en la batería del barco y escribí ‘Muchacha punk’ en la noche de Navidad de 1978. Fogwill.

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“Muchacha punk” es un cuento de los mejores de la literatura argentina, junto a algunos de Borges y Cortázar. Narrado en primera persona, el lector podría imaginarse un gesto autobiográfico de Fogwill. La trama cuenta el encuentro de un viajero argentino con una muchacha punk. No hay música, pero podría haberla; no estaría mal que alguien hiciera una selección de los mejores temas punk. Hay punk, hay muecas de punk y escenas punk. Y los personajes punk hacen lo que todo punk: caer en el abismo. A lo mejor la historia podría caber dentro del género de las fabulas, con todo y su moraleja. El encuentro entre un posible agente de ventas o traficante de armas con la candidez de la juventud de la chica punk: el capitalismo contra la rebeldía; y la metáfora que subyace en hacerle el amor a la muchacha, que es como cogerse al punk, joderlo, fuck it: «En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir “hice el amor” es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que “hicimos” ella y yo, no era amor y ni siquiera —me atrevería hoy a demostrarlo— era un amor.» Este relato punk podría seleccionarse para comprender una antología de punk literatura, porque todo es punk: los acordes repetitivos, las letras, la vestimenta, la absurda estética, la redundancia de las descripciones fogwlilianas. La exquisita redundancia, nunca la redundancia fue tan redundantemente bien presentada: “Entre ellos, sobre almohadones, media docena de punks malolientes fumaban haschich (…) Un negro desnudo y esquelético yacía tirado sobre la alfombra purpúrea (…) Imaginé que el negro punk entre sus sueños estaría muriéndose de frío, pero no sería yo quien abrigase a un punk esa noche de perros, estando él, punk, reventado de droga punk entre tantos estúpidos amigos punk.” Insisto, sólo le falta la banda sonora.

El provocador se peleó con mucha gente: con las Madres de Plaza de Mayo, con Ricardo Piglia, con las campañas a favor del aborto, con Beatriz Sarlo, con el divorcio (él, que se separó muchas veces), con los propulsores del matrimonio gay (el matrimonio es “la institución más mierda que produjo la sociedad contemporánea”, argumentó), con Alan Pauls, con la legalización de la droga (que no se privó de consumir). Gabriela Cabezón Cámara.

Roberto Arlt, Lamborghini, Fogwill, por ahí va la cosa corrosiva. El ácido temático y la reformulación del lenguaje del relato y lo relatado. La literatura entendida como dinamita, mecha y mechero. El escritor como kamikaze y no sólo como un hombre que se sienta todas las mañanas frente al escritorio y escriba. El escritor que quiebra la paraliteratura. El escritor que no sólo saca a relucir sus espectros. El escritor también como cazafantasmas. Y Fogwill, el publicista, el que le vendía hielo a los osos polares, sabía mucho de eso: para construir el universo que comprendiera su literatura, no bastaba con dinamitarlo, había primero que anunciarlo.

Creo que buena parte de su tarea de provocación ideológica, estética, literaria pasaba por su deseo de encontrar un lugar visible (…) Recuerdo como un hecho impactante cuando Fogwill decidió convertirse en marca: despojarse de los nombres y aparecer en los libros, públicamente, sólo con el apellido. Era una operación de márketing llevada a la literatura, y para entonces no muchos vieron la carga iconoclasta implicada en el gesto. Sergio Chejfec.

Fogwill se murió el 21 de agosto de 2010 por enfisema pulmonar, dejó numerosos archivos desordenados, que su hija Vera encargó a la historiadora Verónica Rossi. Todavía en el lecho de muerte, me lo imaginó, tuvo un último cuento para antes de dormir para Vera. Su hija contó para Página/12, en un texto que aparece titulado como “Adios el punk” a pedido de Martín Pérez, amigo de ella, que: «Finalmente, luego de haberme explicado toda su vida qué era la muerte, la muerte de las creencias de cualquiera que sea que uno tenga, de cualquier sueño que uno quiera, de cualquier cosa que uno vea, me la mostró. Cuando una semana antes me dieron sus cosas en el hospital, elegí un libro de los que tenía con él. Era una novela de Elvio Gandolfo: Cuando Lidia vivía, se quería morir. La abrí al azar y decía algo así como “el padre se despide de la hija muerta”. La cerré aterrada. Mi papá me estaba avisando que él no se moría ahora, que me moría yo.» Entonces Fogwill: Fog will, fue niebla. Muere. Escribe más adelante, Vera: «Cuando falleció, que es sólo ya un decir, o una obra más suya, subí a mi auto estacionado en la puerta del hospital. Estaba con el amor de mi vida, a quien mi padre adoraba y en la radio empezaba a sonar “No me importa morir”, ¿de quién?, de El Otro Yo. Con Suomi nos miramos. Mi papá me trabó la puerta. Él no lo vio, yo sí. Es que soy yo!, yo!, yo!, como dice aún su contestador. Yo.» Fogwill se había encargado de que Vera, y todos sus lectores, tuvieran una última “experiencia Fogwill”, para luego tener que relatarla.

Discípulos: hace muchos años que tengo un solo alumno. Casi nunca falta, siempre paga y parece ir envejeciendo a la par mía. Soy yo, su manager, mi preceptor, su personal trainer, mi mentor secretísimo. Le enseño y él aprende y olvida a la par. Le digo que mi maestro anterior estableció que escribir es filmar directamente contra la pantalla. Y tratando de que filme directamente contra su pantalla le repito que, de ahora en más, escribir, para él, será conseguir que cualquier cosa que se le vaya ocurriendo pase directamente al texto sin romper su ilusión de continuidad. He tratado por todos lo medios que aprenda a oír a la gente haciéndose escuchar. Creo que ya casi aprendió a poner títulos a sus sonetos y sus letras de rock. No es nada fácil. Fogwill.

Editor Yaconic

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