¿Será válido criticar la inteligencia de los “melómanos”, esos que abarrotan los festivales de música con sus coronas de rosas y sus barbas amish? ¿No es ésa una posición fácil e indefendible? ¿Cuál es la diferencia entre un producto y una obra pura?

Por Christian Mendoza / @clumsych

La cinta Frank (2014), de Lenny Abrahamson, mantiene, en apariencia, la fórmula “joven-artista-alcanza-éxito”. Jon es un joven que aspira a ser compositor; pero no de cualquier tipo. Desea componer y también ser alguien grandioso; un personaje digno de mención. Aunque sus habilidades, no tanto como ejecutante de un instrumento sino de persona con grandes ideas conceptuales para la música, son bastante reducidas. Jon camina por las calles de su pueblo buscando inspiración, y fracasa cada que comienza a esbozar los primeros acordes de un futuro hit.

Una banda de nombre impronunciable llega a la ciudad de Jon. Se trata de The Soronprfbs. En una de sus caminatas artísticas, Jon observa al tecladista del grupo intentando suicidarse en una playa mientras el resto de los integrantes mira con poca efusividad el episodio autodestructivo de su colega. Jon, en cuanto reconoce quiénes son, se propone como sustituto.

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El oportunismo de Jon marca, a un nivel narrativo, la negación que la fórmula hace de sí misma. Cuando Jon asiste a su primer gig como sustituto y hace gestos de estrella pop agradecida con su público, mientras los otros miembros de The Soronprfbs se encuentran ensimismados en sus instrumentos. La música de la escena es disonante, y tras unos minutos de algo que —válgame Dios— podríamos calificar como paisaje sonoro, aparece el vocalista y líder de la banda, un hombre que porta una cabeza de cartón. Es Frank. La banda no termina la pieza.

Comienzan a pelearse cuando uno de ellos se detiene por la explosión de un instrumento. Al día siguiente de su efímero debut, Jon intenta recuperar el cauce de su vida normal, trabajando en una oficina y fracasando como músico. Pero recibe una llamada: The Soronprfbs, a instancias de Frank, lo invita a la grabación de un disco.

Es pertinente recordar que las preocupaciones estéticas de Jon giran en torno a la producción de sencillos, a las giras mundiales y al aumento de seguidores en Twitter. Cuando empieza a trabajar con The Soronprfbs, y a pesar de sus esfuerzos, no encaja del todo. Frank es un músico de procedimientos ambiciosos: inventa notaciones musicales, hace grabaciones de campo, entrena físicamente a sus músicos y hace que éstos repitan pasajes hasta la perfección. Entre los deseos de fama de Jon y la oscuridad críptica de The Soronprfbs surge una tensión.

A Jon no le interesa plantearse por qué la música de aquella banda resulta tan distinta, por estar más azorado por Frank como personaje. Jon confunde la locura —una verdadera enfermedad mental— con la genialidad; cree que Frank encarna al artista atormentado, imagen por demás rentable para sus intenciones de triunfo en la industria del entretenimiento.

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Esta tensión es importante. La película hace una crítica harto despiadada de la manera en la que se aprecia y se consume la música. Situada en nuestra época, en la que supuestamente lo marginal comienza a triunfar sobre el bubblegum prefabricado, Frank plantea preguntas bastante pertinentes.

La música popular obedece a una industria, y dentro de esta industria ¿es verdad que lo marginal es un verdadero reto para quien escucha? ¿Es verdad que el indie, más allá de representar una alternativa mercantil, demande cierta cantidad de esfuerzos para asimilar sus productos finales? Frank, por supuesto, es una clara referencia al músico Frank Sidebottom, que sí existió y que usó una cabeza de cartón idéntica.

Pero el personaje funciona en varios niveles. Se recuerda la esquizofrenia de Daniel Johnston y el anonimato de Jandek. Se recuerdan esos sonidos que provocan una mera curiosidad en “las masas” —esa entidad que siempre está en la mente de Jon—; sonidos cuya rareza no son más que sitios de turismo entre los sombreros fedora y los vestidos de ama de casa; entre las caricaturas del vintage y la utilización, más impresionista que virtuosa, de instrumentos que se han llegado a consideran “antiguos” (¡!), como trompetas, acordeones y contrabajos; entre la confusión que Arcade Fire y The Lumineers puede generar. ¿Son acaso la misma banda?

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En una época en la que lo marginal es la constante, sonidos como el de The Soronprfbs resultan difíciles, y son descalificados por default como “pretenciosos”. Pero la música pretenciosa, propone la película, tal vez sea aquella que hace pensar. Terreno peligroso. ¿Será válido criticar la inteligencia de los “melómanos”, esos que abarrotan los festivales de música con sus coronas de rosas y sus barbas amish? ¿No es ésa una posición fácil e indefendible? ¿Cuál es la diferencia entre un producto y una obra pura? Al final de la película, resulta conmovedora la soledad de The Soronprfbs en una industria que casi los devasta cuando se acercan, de manera momentánea, a la fama que ofrece. Este clímax, a mí parecer logrado, tal vez provoque más dudas sobre lo que la industria vende como marginal.

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Christian Mendoza

Christian Mendoza

Reportero en La Tempestad. Lingüística, filosofía y estudios culturales.

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