CÓMO ENTENDER Y DISFRUTAR LO MEJOR DEL RAP MODERNO ANTES DE QUE EL MAINSTREAM LO HAGA MIERDA

Por Jimena Gómez Alarcón / @jimena_blue

Después de las cadenas de Kanye West, el fracaso de Tidal y el hecho de que Birdman colabora con Paris Hilton, es difícil describir al rap actual como algo “real” —cualidad extremadamente valiosa para una música construida a partir de reputaciones y alianzas tan fuertes que incluso algunos murieron para protegerlas—. El género ha cambiado y con éste el juego que se construyó a su alrededor. Durante décadas (un poco como lo que pasó con el punk) el rap debía juzgarse tanto por su sonido como por su actitud: El flow con el street cred, el resentimiento de saberte olvidado por la sociedad, aunado con la necesidad de apoderarse de ésta, de conquistar al mundo que te odia.

Jay-Z, cuya obra podría básicamente reducirse a The Blueprint, lo logró; Dr. Dre —más gracias a una marca mediocre de audífonos que a cualquier otra cosa— lo logró; y Kanye no sólo se conforma con ser un magnate, ni siquiera con ser un genio, él quiere ser un jodido Dios. Ahora bien, si algo sabemos de teología y tenemos un poco de sentido común, nos queda claro que nadie está más lejos de las calles que Dios.

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La escalera se trepó, pero se olvidó mirar para abajo y ver todo lo que se estaba dejando atrás. Este año Kendrick Lamar hizo un disco de hip hop decente, sí, pero un statement político legendario. Un intento social que, como todo intento social, ignoró la existencia de ciertos grupos marginales, aquellos incapaces de enrolarse en marchas o protestas; la juventud realmente empobrecida y criada en geografías donde las drogas y la violencia no son una decisión sino un empleo (muchas veces el único disponible), y donde el racismo no es un mal de la sociedad… sino la sociedad en sí.

Y ahí, en estos callejones sin salida, en los rincones perdidos de Atlanta, nació el trap.

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Gucci Mane

Se dice que el trap no es un género sino un espacio, y que la música inicialmente denominada bajo ese nombre eran tracks creados desde esos barrios, o que hablaban de todo lo que ahí acontecía. Para aclarar más este punto entendamos el término trap, que en el slang regional refiere a un casa donde se cocina/consume crack o un callejón donde algo muy malo (y drug related) ha de pasar.

En sonido, el trap se sostiene casi siempre por el uso de triplet hi hatsloud kickssnappy snares y bajos duros. El flow es lento y la temática retoma a la calle; las drogas, el crack y la vida dura que Estados Unidos no ha logrado pavimentar de barras y estrellas. Si bien no hay un creador específico, o mejor dicho, uno universalmente reconocido, podemos mencionar sin duda a Shawty Redd como un precursor importante, y como padrino indiscutible a Gucci Mane, rapero cuyo talento sólo es comparable con su rap sheet de delitos, que van desde transgresiones pequeñas a actos violentos. Él, más que crear en un sonido, conjuntó a un grupo de artistas con direcciones similares. Esto eventualmente se convirtió en un movimiento.

Grupos como Migos representan la interpretación más fresca; y sin duda son uno de los actos más emocionantes que la que escribe estas líneas ha topado en mucho tiempo. Su primer big hit, “Hannah Montana” (quizá inconscientemente… pero muy probablemente no) era un grito a la popularidad; era el trap tocando a la puerta de los chicos más populares esperando a que alguien les abriera… y alguien lo hizo. Pronto su sonido comenzó a filtrarse en la música pop, llegando incluso al bastión más plástico y burdo de éste: el single “Dark Horse” de Katy Perry (recordemos que Katy no es pop, es populismo).

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Migos, foto Theonepointeight

Poco tiempo pasó para que los buitres del EDM, el género musical más poderoso y rentable de nuestros tiempos, llegarán a reclamar su parte del pastel. Basta decir que el festival Ultra del 2013 incluyó actos/productores considerados trap como ƱZ y DJ Craze en su lineup. Además, y como el rito de pasaje más grande que puede haber en la escala de lo popular, este movimiento llegó a las manos del K-pop, con intérpretes como G-Dragon incluyendo elementos del trap en sus más recientes canciones.

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DJ Craze

Parafraseando a Drake, empezaron desde abajo y ahora están aquí.

Si bien esto parecería indicar una inevitable decaída y vulgarización de lo que podríamos considerar un fenómeno, orgánico o “real”, afortunadamente en este caso tenemos un rayo de esperanza. Una señal de que Atlanta no se va a dejar consumir y escupir tan rápidamente, me refiero —por supuesto— a Young Thug.

Un joven tan aunado al crew de Gucci Mane que decidió tatuarse en pleno rostro un barquillo y helado, justo como el que Mane porta desde hace años. Young, como muchos otros productores y raperos de Atlanta, espera la salida de prisión de Gucci como los cristianos el regreso de Cristo. Pero no es la devoción a sus orígenes lo que hace de Young Thug la excepcional promesa que es, no, no, no. El pasado no avanza los movimientos; al contrario, la nostalgia suele estancarnos o arrojarnos a patrones musicales repetitivos e inútiles, y lo que Thug hace es pura frescura… más allá de los límites del trap, del rap o de la música en sí.

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Young Thug

Su flow tiene la velocidad de alguien que se acaba de meter tres ambiens; sus beats son interesantes aunque no del todo novedosos; pero su palabras… digamos que Young Thug habla de lo mismo que siempre ha hablado el hip-hop, pero lo hace cómo nadie antes que él: barras de violencia, drogas, sexo que bien podría ser gay, heterosexual o algo en medio, de sobrevivir en las calles inundando de miedo, y un cierto grado de inseguridad propia que muy rara vez vemos en el género donde todos se autoproclaman los más cabrones de lo cabrón. Young quiere ser rico, como todos. Quiere ser Michael Jordan, Jay-Z y Lil Wayne… pero también siempre quiere traer un maldito helado gigante tatuado en el centro de su cara. Quiere el sueño americano, pero cree que jamás olvidará cómo lo consiguió.

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Young Thug, Cam Kirk

Así que mientras esto sucede, y el volado de la fama decide si en 10 años Young continuará manteniéndolo real u optará por hacer exhibiciones de arte conceptual en Sotheby’sy o colaboraciones con Paris Hilton, por ahora prefiero prestarle mis oídos a Young Thug y a su rap indescifrable; tan drogado y crudo.

Aún no hay cadenas. Aún hay oleadas de fans blancos con grillz falsos y gorras de OVO. Todavía hay esperanza. Aún el trap es un lugar en Atlanta. Pero, como todos sabemos, esto durará muy poco.

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