Una fábrica abandonada ubicada detrás del Parque Bicentenario, otrora refinería cardenista, tapizada por doquier de bombas, tags gigantes y demás grafitis en sus varios pisos era el mejor espacio para celebrar el Für Immer un ritual de techno alemán: los djs se sentirían un poco en casa, donde invadir (no rentar) una de estas naves para bailar toda la noche es práctica de cada semana, mientras que los asistentes bailarían con el retumbo de un espacio enorme y vacío. Así la apuesta de The Forgotten, productora que lleva 7 años en la escena.

Al interior de la nave, enseguida de la entrada una escalera en penumbras que conduce a quién sabe dónde y que, ya entrada la madrugada, recibiría a curiosos del LSD, MDMA y demás sustancias de alegría (“responsable”) quienes tal vez celebraban algún tipo de ritual erótico–narcótico metros más arriba. Más adelante una barra improvisada con chela a precio accesible para estos tiempos (¡$40!) y variada, además de otros tragos. Al fondo a la izquierda, un espacio “clausurado” con cintas de seguridad sujetas a las numerosas columnas, horas después fueron violadas por algunas parejas.

Entre las columnas, tapizadas por más y más tags y grafos (algunos declarando el amor al preciado ácido que se percibía por todos lados) estaba Kneel para calentar motores con los pocos que habían llegado. Eran casi la media noche y el espacio estaba casi vacío, algunos incluso tenían miradas de tipo “¿Habrá sido buena idea llegar aquí?”

No pasó más de una hora para que la gente fluyera intensamente, algo de esperarse tomando en cuenta que aquel viernes se llevó a cabo la primera jornada del Resistence, parte de las franquicia del Ultra Music Festival. Pero acá la onda era distinta, puro underground: el lugar y los artistas. Para algunos sería el after hasta las 5:00 horas, justo el tiempo necesario para que el rush, de lo que se hayan comido, se bajara.

Pocas luces y un chingo de hielo seco ambientaban el lugar, en principio muy básico y sin chiste, pero quienes estuvieran cerca de ambos trataban de atrapar el espectro del arcoíris con las manos, consiguiéndolo por un momento hasta que la niebla se disipaba y, quien lo hiciera, terminaba pareciendo un junkie divirtiéndose (y quizás lo era).

Igual de denso resultó el set de Vril: durante dos horas siguió un ritmo frenético, nadie dejaba de moverse y los beats trepaban por las orejas hasta ser más agudos y, literal, sacudir todo al interior del conducto auditivo hasta llegar al cerebro. Después de tremenda intervención craneana, el sonido se volvió denso como la niebla recurrente, un vaivén que de un momento a otro terminó plácidamente.

Casi de inmediato Ø [Phase] retomó el ritmo, cada vez más oscuro y atascado. Olor a marihuana por doquier, pipas de cristal para fumar cristal, perico en llave, mucho alcohol, por allá una chica ebria que buscaba el cobijo de algún samaritano: un desenfreno total, un atascadero de sensaciones en el que las luces y la niebla cegaban por momentos.

Cuando menos se esperaba el reloj marco las 5:00 horas de la madrugada. Aunque muchos se habían ido, algunos encendía sus porros de despedida, mataban sus cervezas y esperaban sus Uber a la entrada de la fábrica que, por lo pronto, ya prometió una segunda noche, más larga, esta vez con house canadiense.

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Mario Castro

Mario Castro

Latinoamericano verborreico. Fotógrafo. Escribidor de debrayes. Corrector de horrores lingüísticos. Editor en veces. No alimentar con tristezas a este sujeto.

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