Hay dos tipos de personas: las que saben cómo empezar y las que cuentan mal la anécdota. La frase no es mía, por supuesto. Se la escuché a un viejo periodista que había peleado mil batallas y estaba por pelear las siguientes mil. ¿Cómo dar inicio a cualquier cosa? Quizá lo más fácil sería hacerlo sin avisar ni ser avisado: como la vida misma, un día no estabas y al siguiente ya tienes un nombre, o dos, o muchos, y las explicaciones más bien sobran, o pueden esperar.

El inicio, lo que se dice el inicio, perturba a los mejores: dónde hacer el corte, a qué dimensión caer de golpe, qué fraseo inolvidable nos va a poner a la altura del ‘Call me Ishmaelde Herman Melville. Incluso a nuestro universo conocido le cuesta la idea de inicio: cómo empezó todo es la pregunta que los astrónomos han luchado por intentar responder al menos de manera parcial, al menos un átomo a la vez.

El futbol, por ejemplo, tiene muchos inicios. Es como nosotros, que solemos dividir nuestra vida en diferentes capítulos, incluso temporadas para los obsesivos de la era Netflix. Está la época antigua, los rudimentos de un juego que se fue construyendo sobre la marcha. Pero también está la época amateur que ya mostraba los síntomas de una enfermedad mayor, de una enfermedad global: era imposible contener en torneos regionales el interés popular y entonces se inventó, de manera arbitraria, como cualquier franja, línea, frontera y época, el profesionalismo.

Chelsea v Manchester United, 1947

En Argentina, por ejemplo, se toma como inicio del profesionalismo el año de 1931. En México fue recién en la temporada 1943-1944. Pero, ¿qué pasó antes? ¿por qué contamos los títulos del profesionalismo pero no los del amateurismo? ¿valen lo mismo? Como todo, también, en la vida, hay una discusión eterna. Sin embargo, más allá del valor excesivo del los títulos y logros deportivos, la vida es una constante pregunta sobre la ponderación de lo conseguido: no puedo vivir sin saber si mi equipo o el clásico rival tienen más copas, si contando todo somos más que ellos.

Nos reconforta encontrar que la suma, efectivamente, da más para nuestro lado que para el contrario: quizá sólo estamos proyectando nuestras propias inseguridades. Queremos ser eternos, como nuestros clubes, y siempre somos hinchas “del más grande” –lo que sea que eso signifique–, incluso los equipos más chicos se suman a la fiebre de rastrear viejos periódicos de principios de 1900 para sumar una copita más al historial, una estrella para poder bordarle al escudo por lo demás solitario en medio de tanta publicidad de casas de apuestas y barras de chocolate.

A veces parecemos la madre de nuestro equipo: mire usted que un día mi hijo sacó la nota más alta, el único del salón, en cuarto grado. Ah, es que usted no sabe, mi hijo no es como los demás: aprendió solito a ir al baño, no se le tuvo que enseñar. Campeones de liga, señora.

Escucho a un amigo pelear con otro: tu equipo ganó un título hace cincuenta años, nadie se acuerda. El tuyo sólo ganó una copa hace un cuarto de siglo, vale menos. Me pregunto con cierto grado de malevolencia si en 30 años van a pensar que su título profesional, el único que ganaron en su carrera, les parecerá ese poco o nada. Si creen que el paso del tiempo puede quitarle sus méritos. Si el olvido basta para despreciar cualquier cosa. En la era de lo cuantificable, el futbol todavía ofrece un terreno antiguo y mítico, una cancha de ficción sin cámaras ni conferencias de prensa ni salarios millonarios que nos permite volver a tiempos más simples.

Siempre sentí curiosidad por el botón de inicio (‘start’) en los controles o mandos de los videojuegos. Porque se usaban –y se usan todavía– no sólo para empezar el juego, sino sobre todo, para pausarlo. Ni los genios programadores saben muy bien de qué se trata el inicio. A veces es un respiro, a veces es un descanso. A veces es el espacio de tiempo que conduce a tomar la decisión de terminar el juego del FIFA en que estás siendo goleado y abandonar la partida. En el inicio, como en las mejores fiestas universitarias, cabemos todos.

Eso sí, los principios no siempre son lo que parecen. A veces basta tomar una tira de papel y unir una de sus caras con la cara opuesta para formar lo que se conoce como una “cinta de moebius”: una superficie que miente a plena vista, que no empieza ni terminar porque cuando está a punto de ocurrir alguno de los dos fenómenos, la trampa queda al descubierto. Los inicios también son así: inventados.

¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Habrá, seguramente, una explicación científica, incluso detallada, que se encontrará a las puertas de Google, pero nunca fue la respuesta lo que nos interesaba de la pregunta. A veces basta con plantear una duda para cambiar nuestra forma de ver el mundo. La respuesta, no lo intente en casa si es estudiante o una persona irritable que necesita romper el hechizo, no siempre es lo más importante.

Y aplica, también, al futbol, al nuestro, no al de los traspasos intergalácticos ni a los programas interminables donde se genera polémica a los gritos –algunos usuarios de twitter ya ilustraron bien ese caso, al que se refieren con sorna como “cuatro gordos hablando de (inserte su favorito)”–, donde entre más incoherente mejor.

Aplica al verdadero deseo de que –acertó– empiece el partido y se pueda disfrutar de algo más que de lo que nos piden que disfrutemos: al final, el fútbol es una historia a la espera de ser contada. El silbato del árbitro es apenas el inicio del próximo relato, escondido en algún detalle que ni siquiera tiene que estar dentro del terreno de juego y, oh sorpresa, ni siquiera tiene que ver con el deporte.

Raúl González/1994

Cuando el –todavía no lo sabíamos– mítico Raúl González Blanco debutó en el Real Madrid como titular en el Santiago Bernabéu en el derby ante el Atlético –dejando en el banquillo nada menos que a Emilio Butragueño, una leyenda blanca– y marcó un gol apenas tocar su primer balón, un reportero de TVE se encontraba al lado de sus padres. El papá lloraba, emocionado de ver a su hijo haciéndole un gol a su querido Atleti, del que era hincha. ¿Lloraba de alegría por su hijo? O, ¿lo hacía porque la felicidad de los suyos le impedía sentir empatía por el equipo de toda su vida, que caía humillado y goleado aquella noche?

El verdadero dilema, entonces, no pasar por el verbo trascendente que pronuncia Hamlet en el, sí, claro, inicio de su soliloquio en el tercer acto. ¿Empezar o no empezar, cómo empezar? O, mejor: ¿saber empezar o contar mal la anécdota? A veces es necesario echar a perder una buena historia si descubrimos que cualquier inicio es lo suficientemente bueno cuando lo que sigue vale la pena.

Que ni los medidores del engagement en redes sociales ni los gurús del mundo digital les impidan ver más allá de un mal inicio. Peor es el canto de sirena que no ofrece ni siquiera el milagro del sacrificio en nombre de lo hermoso. El inicio de Moby Dick que cité en el principio es casi vulgar. Es el siguiente párrafo el que lo vuelve inolvidable.

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Manuel González Vargas

Manuel González Vargas

Estudió periodismo. Corresponsal de deportes en México para la Agencia Alemana de Prensa (dpa). Antes trabajó en ‘El País América’ y en la sección de noticias de Cultura Colectiva. Practica la correspondencia con sus íntimos y a veces, como último recurso y en sus tiempos libres, recurre a la ficción. En su altar, Rodolfo Walsh, Alex Turner y Maradona. Le obsesiona, además de todo lo anterior, la política estadounidense y el fútbol argentino.

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