Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

Foto: Miguel J. Crespo

“Es que ya tengo las contracciones otra vez Güero. Me duele mucho, te lo juro. Por Diosito Santo”, me dice la Claudia por el celular y a lo lejos se escucha la voz de su madre aullando “dile a ese huevón que se regrese; que por una vez se haga responsable de su mujer y deje de hacer pendejadas”. ¡Cómo me caga esa ruca! Un buen día voy a terminar partiéndole el chingado hocico, me cae. “Dile a la vieja esa que cierre la puta boca y mejor te lleve ella al hospital. Ya te había dicho que yo hoy no puedo, carajo”, le suelto y finalizo la llamada pero diez segundos después el teléfono vuelve a sonar y en la pantalla aparece la jeta de la Claudia parando la trompa dizque muy sexy. Voy a tener que cambiar esa foto y poner la de un elefante o un hipopótamo. Puta madre, como ha engordado la Claudia con este asunto del bebé. Si después de que dé a luz no adelgaza se va a tener que ir directito a la chingada. Así, sin escalas, si saben a lo que me refiero.

No quiero seguir escuchando lloriqueos así que apago el aparato y me lo guardo en la bolsa del pantalón luego de darle un mazapanazo en la cabeza al Quico que me ha estado mirando con su cara de pendejo desde que contesté. Me ha costado educar al Quico pero ya se está curtiendo. En la cancha sigue siendo el mismo pendejo de siempre pero ya no se abre para los putazos y el otro día hasta prendió a dos de la Rebel él solo. Esos pinches maricones ya son nuestros clientes, si saben a lo que me refiero.

Es miércoles, son las once de la mañana y estamos en el aeropuerto, junto con la Rana, esperando a la Selección que regresa después de haber perdido en Honduras contra un equipo de simios al que habían prometido derrotar jugando “hasta a medio gas”. Bola de pendejos. Pero hay que apoyarlos que para eso somos mexicanos.

Enfrente de nosotros hay varios putines de La Perra Brava, La Monu y La Sangre Azul, pero nadie lleva puesta la camiseta de sus equipos. Podríamos romper varias cabezas pero aquí todos somos de la Selección. Algunos imbéciles, que a leguas se nota no pertenecen a ninguna barra, hasta traen niños pequeños. De la mano o montados sobre sus hombros. Son los mismos pendejos que llevan chiquillos a los estadios. Van ahí con los cabrones chamacos y luego se quejan si les toca una roca o unos putazos. No es que a mí me caigan mal los críos o algo por el estilo pero cuando se trata de defender los colores es otra cosa. Y todos deberían saberlo. De que lloren en su casa a que lloren en la mía…

“Ya se retrasaron una hora esos pendejos”, le digo al Quico que tiene clavada la mirada en las nalgas de una güera que camina por el pasillo meneando el culo, mirándonos por encima del hombro. Pero el que se me acerca es la Rana para susurrarme con su aliento alcohólico “ahí anda el Caimán, güey, ¿qué pedo, le damos?” El Caimán es uno de los líderes de La Rebel que justo ahora acaba de identificarnos y trata nerviosamente de ocultarse entre unas gordas que llevan pancartas y no dejan de gritar “Chicharito, te amo” y mamadas de esas. Es un marica, el Caimán. Un cobarde que se ha salvado de una reverenda madriza porque justo ahora aparecen los seleccionados y la gente comienza a gritar México, México.

El primero en acercarse es el Chicharito. A este cabrón no lo había visto en persona. Es más alto de lo que pensaba, lleva lentes oscuros y unos audífonos gigantes en los oídos que se quita para escuchar los alaridos de las gordas mientras sonríe y se detiene para firmar autógrafos. Está pasando por una mala racha el Chícharo pero siempre he sostenido que es chingón. No importa que haya salido de las Chivas. Si me dejara darle dos o tres consejos la rompería en cualquier lado, en España incluso, pero estos cabrones nunca escuchan. Aunque estoy seguro que si me hubiera visto el sábado despacharme con esos dos pepinos seguro que lo haría. Sobre todo el segundo. Ese donde tomé el balón por la banda, me llevé por piernas a los defensores, enfrenté al portero, le hice dos bicicletas y después ¡verga!: pase a la red. Un poema.

cuento carlos a ramirez

Cuando pasa a mi lado le palmeo la espalda y le digo “venga, Chícharo”. Pero la Rana se le cuelga del cuello y empieza a tomarse fotos con el celular. Selfis, que les dicen. Sus ojos saltones y sus dientes sarrosos contrastan un chingo con las cejas depiladas y la dentadura perfecta de Javier quien trata de liberarse disimuladamente del abrazo pegajoso de mi compadre. La Rana es un defensa cabrón. Durísimo. Hachero como pocos. Un convencido de la máxima aquella de “pasa el balón o el hombre, pero nunca los dos juntos”. Y a la hora de pelear es temible, si saben a lo que me refiero. Con esa cara tan fea y ese cuerpo sólido como un yunque lo he visto tumbar a mano limpia tipos que le sacan hasta tres cabezas de estatura. Un cabrón bien hecho, La Rana. El Quico ahora mira la escena y sonríe estúpidamente. Me encabrona esa sonrisa así que le meto un buen chingadazo en los riñones que lo hace doblarse. Puto baboso.

Los tres llevamos tatuado en el pecho, del lado del corazón, el escudo de nuestro equipo, nuestro máximo orgullo. En el estadio siempre nos quitamos la camiseta para que todos lo vean y se caguen de envidia. Justo como ahora lo hacemos cuando se acerca Pacomemo, quien al ver el tatuaje no se detiene pero sonríe y nos levanta el pulgar. Este cabrón tiene que ser el titular. No hay más. Detrás de él viene Salcido y luego Guardado y Herrera y enseguida Peralta y Marco Fabián. Pura estrella, chingada madre. ¿Cómo pudieron perder contra esos putos negros? Me cae que si no vamos al mundial alguien va a tener que pagar, si saben a lo que me refiero.

Casi hasta el final viene a quien quería ver: el Giovani Dos Santos. Pinche negrito es una chingonería. Nuestro Messi, puta madre. Haciendo a un lado a los pendejitos con sus cuadernos en la mano, me acerco a él y le tiendo la mano. Desde hace mucho tiempo he querido decirle dos o tres cosas para que mejore su juego. De un jugadorazo a otro jugadorazo. Sinceramente. Pero como dije antes estos cabrones nunca quieren escucharme.

Sin embargo, esta vez, para nuestra sorpresa, es diferente. El Giovani me estrecha la mano y se me queda mirando como esperando que le muestre el papel para firmar pero yo le suelto que debe tomar la pelota antes de la media cancha “para aprovechar su arranque explosivo y su potencia”. Y el negrito me mira, sonríe, pasa su brazo alrededor de mi hombro y me pregunta que qué más. Seguramente ha reconocido, como un sicario puede reconocer a otro sicario con solo mirarlo, que pertenecemos a la misma estirpe: la de los goleadores implacables. “Debes pegarte más a la banda. No hacer tanta labor de sacrificio. Y practicar más tu tiro de larga distancia” le digo y él se lleva la mano a la barbilla, pensativo, y después suelta una carcajada y yo río con él, de felicidad y orgullo. “Lo voy a hacer”, dice y se aleja después de darme un abrazo.

La Claudia no me lo va a creer. Ojalá su pinche madre hubiera visto cómo se me cuadró el Giovani. Cuando el último de los utileros se sube al camión volvemos a ver al Caimán que trata de alejarse sin llamar la atención. El autobús avanza. La selección se aleja. Ya no hay tregua que respetar así que lo perseguimos un buen trecho hasta que lo alcanzamos en las escaleras del metro Aeropuerto y lo puteamos chingonamente. La Rana, albañil de vez en cuando, lo levanta en vilo y lo azota como si fuera un saco de arena. El Quico lo patea en el lomo y yo, que sigo eufórico y feliz, le sorrajo dos patadones en la jeta que lo hacen escupir sangre por el piso. “Somos los mejores, hijo de su puta madre”, le grita La Rana en el oído mientras lo bolsea apoyando la rodilla en su espalda para que deje de retorcerse y gemir como una niña. Después nos largamos cagados de risa, chocando las palmas de las manos.

Con el dinero que le robamos al Caimán entramos a una lonchería donde venden cerveza. Pedimos tres de huevo con salchicha y una caguama por cabeza y bebemos hasta que llega la noche. Cuando salgo de ahí, tambaleante, recuerdo el asunto de la Claudia y el mocoso, así que antes de entrar al metro vuelvo a encender el teléfono y le marco para saber qué pasó, si ya parió o qué chingados.

Me contesta, bien mamona, la bruja de su madre. “Ya nació. Pesó tres doscientos. Es niño”, me dice tratando de mantener la calma pero después explota “huevón de mierda, Claudia estuvo muy grave y tú desaparecido. ¿En dónde andas, hijo de la chingada?” Me cae que un día le voy a romper su pinche madre a esa ruca, si saben a lo que me refiero. Como si tener un puto bebé fuera cosa del otro mundo.

Qué gran día.

Fue niño.

Y lo del Giovani ese.

Giovani.

Sí.

Le voy a poner Giovani.

Editor Yaconic

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