We´ve got to have faith in something bigger,

Faith in something bigger,

Faith in something big inside yourself.

Pete Townshend.

Por Rogelio Garza / @rogeliogarzap

Fotos: Notimex

En la gran conexión musical que mantengo con mi Jefe (qepd), Los Quién era el único grupo de rock que traspasaba sus tímpanos. Tommy fue nuestra isla eléctrica, ahí coincidimos en instantes de netas brillantes para ambos. Por eso la única razón que podía arrastrarme a un concierto al Palacio de los Deportes era The Who.

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Roger Daltrey y Pete Townshend.

EL GRAN MILAGRO ROCANROLERO

De acuerdo: el rock distorsionado, las letras suicidas, la actitud destructora y la facha mod los convirtieron, desde 1964, en el grupo seminal del punk. Peroperopero después del engaño&desengaño que nos aplicaron en 2007, dejándonos plantados con boleto en mano, eran como los ídolos de piedra que se desmoronan igualito que la Marilyn de su peli. Imposible perdonárselos. Cada vez que sonaban era lo primero que venía a la mente, el pinche plantón.Y si se habla en términos religiosos es porque el rock es una religión de neón. In Glow we trust. Hasta Pete Townshend fue predicador de su iglesia en Eyesight.

Hacía falta un milagro para recuperar la fe en ellos. Pero descubrí que en el fondo nunca se las perdí, porque al igual que el rock —desde Neil Young hasta Alex Lora— la fe no morirá jamás. Y ahí está “Faith in something bigger” de Los Quién para corroborarlo. Además, dicen los fanáticos que esas dos letras solitas mueven montañas. Y qué mejor fan que el rockero. La prueba es que alguna fuerza interna inexplicable nos llevó por unos boletos estratosféricos que apenas alcanzamos a pagar y asistimos al lugar con la peor acústica de México en busca de eso, de un milagro musical.

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Y sucedió. Los feligreses abarrotamos el domo y atestiguamos dos milagros en uno: un sonido aceptable y potente a nivel pista, gracias al colmillo del otrora Grupo Más Ruidoso del Planeta (126 decibeles a 32 metros de un escenario al aire libre, según el Libro Guinness de 1976) y al indiscutible miracle man detrás de la consola, quien logró lo que hasta esa noche se creía imposible. Como en el avión, una sobrecargo dio instrucciones de seguridad antes del despegue con Simon Townshend, el hermano incómodo que calentó el aire con calzador. Con o sin carnal, el ambiente alcanzó el punto inflamable al menor chispazo. El rumor en coro “whowhowhowho” flotaba en el aire. “Guarden la calma, aquí viene The Who”, decía un mensaje en la pantalla. “Eviten fumar al frente porque a Roger Daltrey le hace daño. Mejor cómanse uno de sus pastelitos mágicos ;)”. Y de pronto clic!, esa pausa de nueve largos años llegó a su fin con “I can´t explain”. Los Who tocando con huevos. Casi una década esperando este momento en el que toda esa tensión acumulada explotó.

Para los que estábamos ahí, personal variopinto de todos los calibres y rodadas, las cuerdas vibrantes de esa guitarra nos hicieron cosquillas en el sisirisco. Nomás teníamos enfrente al mero pionero de la distorsión, el volumen y el feedback; era el papá de los punkitos, pero también del rock sinfónico. Ese patrón de la corriente más rabiosa del rock hacía el ventilador con el brazo y atizaba su guitarra con total maestría en “The seeker” y luego en la rola de doble morral, “Who are you”. Dicen que aquí Don Roger Daltrey llegó a su punto vocal óptimo. Es posible, la emoción colectiva cubre muy bien las imperfecciones, pero 52 años de cantar en Los Quién debe dejar estragos en la bocina. Y, sin embargo, Roger cantó chingón mientras lanzaba el micrófono como rehilete al aire en “The kids are alright”, “I can see for miles” and miles and miles… y en la canción con la que empezó todo este desmadre: “My generation” (hermana mayor de “Anarchy in the UK”, “Rise above” y “Smells like teen spirit”).

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Simon Townshend.

Una paradoja. Pero la sacudida que nos estaban propinando, sin el prejuicio del kilometraje, nadie nos la quitaría. Las mismas notas de poder, ejecutadas con experiencia (más vale maña que fuerza), técnicamente superiores. Súmenle un grupo que cumplió con creces –el bajista Pino Palladino, el baterista Zak Starkey, el guitarrista Simon Townshend, los tres tecladistas Loren Gold, John CoreyFrank Simes– y un buen hash antes de entrar pitando como convoy del Metro. En seguida tocaron “Behind blue eyes”, “Bargain” y “Join together”. Esta última en la que más se sintió la ausencia de Keith Moon y John Entwistle, los que movían montañas con ritmo.

Llegó la hora estelar del melodrama mod. Nos despacharon cuatro canciones de Quadrophenia con lagrimita de Remi en el ojo azul abismal. El chispear del piano dejó caer la lluvia: “5:15”, “I´m one”, “The rock” y “Love, reign o’er me”. No sé los demás, pero yo quedé en el borde de un precipicio emocional. Entre el abrazo lisérgico de Cosmic Shiva y los pipazos que mi compadre Galleta corría entre rocka y rola, lo único que procedía era dejarse llevar por el cuartito de Tommy que nos compartieron: “Amazing journey”, “Sparks”, “The acid Queen”, “Pinball wizard” y “See me, feel me”.

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Creyente de que la música de aquí se escucha en el más allá, de que mi jefe estaba escuchando esos fragmentos a través de mí, de nuestra conexión musical, y sensible como andaba, empecé a llorar, those crocodille tears are what you cry, puras lágrimas de felicidad. Los Quién fueron capaces de abrir una puerta en el tiempo y el espacio para conectarme con mi papá, reencontrarme con él en medio de un concierto. Bien Años Maravillosos, vi pasar un carrusel de recuerdos con él. Casi me volteo y le digo “¿Te acuerdas cuando puse este disco en la casa y nos quedamos escuchándolo mientras hablamos de rock sinfónico?” Vaya escena: un tipo llorando y hablando con alguien imaginario en un concierto de The Who.

Luego tocaron “You better you bet”, un paréntesis filoso como para darnos un respiro del desgaste emocional. El final empezó con “Baba O´Riley”, la de no necesito fumar para probar que sí la armo, y la enorme canción, la más polite de su repertorio, acabando con discursos políticos a guitarrazos since 1969: “Won´t get fooled again”. Pero el final-final sucedió con “Substitute”, just one riff en cuchara de plástico, la canción que suena tanto en The Great Rock & Roll Swindle de Los Sex Pistols como en Acid Eaters de Los Ramones.

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Zak Starkey.

Mientras todo esto sucedía, justo cuando Los Quién sacudían cuerpos y espíritus, Bob Dylan amacizaba a la Academia como ya antes lo había hecho con Los Beatles. En una clara conquista de la poesía y la marihuana en el bastión más mamila de la alta costura, al Magister le rolaron el porro Nobel de Literatura y con ello le devolvieron a la palabra su esencia musical. Cambiar la música y las letras de tu tiempo desde la cultura popular no es poca cosa. Algo natural, si se considera que el punk ahora se exhibe con pedorraje en el Museo de Londres y en el Pompidou de París. Y nosotros estábamos frente al grupo que empezó eso.

Si mal no recuerdo ya habían encendido las luces y el respetable iniciaba la retirada, pero la ovación y el coro “whowhowhowho” permanecían. Pues los sobrevivientes del primer grupo punk regresaron y nos remataron con “Eminence front”. El gran milagro rocanrolero había sucedido :x

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Editor Yaconic

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