Por Carlos Velázquez / @Charfornication

Fotos: Minivan

La ciudad de Almost Famous: San Diego. Un sector hipster: North Park. Un local: el Observatory, viejo teatro construido en 1929 y acondicionado como sala de conciertos en 2006. Una banda: Savages.

Pasadas las nueve de la noche, amparadas por la semioscuridad y sin aspavientos, salieron al escenario Jehnny Beth, Fay Milton, Gemma Thompson y Ayse Hassan. Vestidas de riguroso negro (la vocalista sin blusa debajo del saco, con el brasier oscuro) hicieron sonar los acordes de “I am here”. No es cualquier cosa esta banda. Con apenas dos discos han conseguido que Adore life, el más reciente, esté nominado para los Mercury Prize como álbum del año, compitiendo nada menos que con Blackstar de David Bowie, A moon shaped pool de Radiohead y otros. Pero lo que más caracteriza a Savages, además de su actitud, es un cierto grado de humildad. Con el Observatory a menos del cincuenta por ciento de su capacidad, mil 200 personas, salieron a darlo todo.

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Para la presente generación atestiguar el surgimiento de Savages es el equivalente de lo que fue el nacimiento de Joy Division para el post-punk. Quizá el Observatory no era el local ideal para la banda. El sonido rebotaba horriblemente. Y la apatía del público no ayudaba. Sin embargo, Savages es una maquina de sonido. Y una vez puesta en marcha no se detiene. “Shut up” y “City’s full”, del primer disco, Silence yourself, le metieron velocidad a la noche. Demostraron la fórmula Savages que nos deslumbró con su debut. Tres chicas virtuosas, bajo, batería y guitarra, y unas letras endemonias cantadas por una voz salida de una novela de Dostoievski.

El cuarteto entró en un trance. Más que ejecutar los instrumentos parecía una sesión de hipnosis. El sonido brutal del bajo viciaba el espacio. Sí, el Observatory le quedaba chico a Ayse. El ingeniero de sonido era un genio. No le importó la mala acústica. Al contrario, la acomodó a su favor. El sonido en el centro del recinto era perfecto; pero en los extremos parecía por ratos un artefacto herido por la mala interferencia. A esta desventaja la banda le sacó provecho. Fay es chaparrita. Su manera de tocar la batería parecía el efecto de un video. Literalmente volaba sobre los tambores. Estiraba los brazos para recorrer la batería de un lado a otro. La guitarra de Gemma es la encargada de crear la pared de sonido en la que se desenvuelven las otras tres. Es la reina de la distorsión. Es adicta al contrapunteo. Lo anterior, con Jehnny en el centro sobre unas zapatillas color lila, es suficiente para robarte el aliento. El poder Savages.

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Fue la preparación del terreno para una de las canciones más perfectas de los últimos años: “Slowing down the world” del Adore life. Lo sabemos, la prueba de fuego para cualquier banda es su segundo álbum. La explicación de que después del imponente madrazo de Silence yourself Savages haya conseguido un mejor disco se encuentra en los terrenos de la ciencia ficción. En medio de “Slowing down the world” la banda se detuvo unos segundos, como para agarrar aire, concentración, coraje o algo, y en medio del vacío Jehnny soltó un alarido inconmensurable, que fue acompañado por un estallido de acordes. “Sad person” continuó la lista de las rolas de Adore life. Un rocanrol de puño en alto como la portada del disco mismo. Pero a pesar del viajezote del bajo el público se comportaba frío. Enseguida Johnny dijo que tocarían una canción de amor al estilo de Savages. “When in love”, una balada violentísima, enardeció a varias chicas entre la concurrencia.

Jehnny se tomó unos instantes para anunciar que en esta gira por Estados Unidos estaban encantadas de estar en San Diego. Porque a Savages le encantan las fronteras. Y más que turistas tomaron aquello como un experimento social. No solo el concierto, su estancia en una ciudad fronteriza. Y que además colinda con México. Dejo entrever que no le desagradaban los latinos. E hizo uso del oportunismo simplista de cagarse encima de Donald Trump para ganar simpatía.

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Entonces comenzó el show Jenhhy. En “Husbands” la cantante se retrepó en la valla que separaba a la gente del escenario. Y la audiencia, que había estado discreta, se proyectó imantada hacia la vocalista. No existe público al que Jehnny no pueda conquistar. A partir de tal punto el concierto cobró otra dimensión. Volvió al escenario para interpretar “Surrender”. Pero en “I need something new” regresó a su coqueteo con el público que duró más cuatro canciones. “The answer”, “Hit me” y “No face”. En las que una Jehnny descalza y demente se arrojaba de espaldas sobre el público. Quienes devotos la sostenían y formaban una alfombra humana para que la vocalista se deslizara, caminara o se recostara. Mientras en el escenario las otras tres daban lo mejor de sí. Como si fuera el concierto más importante de sus vidas. Como si estuvieran ante una multitud.

“T.I.W.Y.G.” sirvió para bajarle el estrógeno a la presentación. Y abrió paso a uno de los momentos más emotivos de la noche. Savages interpretaron “Dream baby dream” en honor al vocalista de Suicide. Una canción que comercializaron en un vinil de 12” grabada en vivo en Londres en 2013. Que esta gira es una pieza obligada por la reciente muerte de Alan Vega. “Adore” continuó con la atmósfera apacible. Esta canción tiene la habilidad de sumir al escucha en una especie de sopor. Le ocurrió a Savages cuando la presentaron en The Ellen Show. Ante una audiencia compuesta por gringas copetonas y amas de casa promedio. Terminada la canción Ellen profirió un “records for everyone”. Pinches señoras copetonas, de cuántos privilegios gozan.

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El gran cierre se dio con una versión abrevada de “Fuckers”. No de diez minutos como la que grabaron en Londres, pero sí portentosa. Para imprimirle más noise al asunto subieron al escenario a dos guitarristas de la banda telonera, Head Wound City. Y durante aproximadamente seis minutos las tres guitarras, el bajo y la batería se desgañitaron tratando de buscar el noise último, coreografiado por el bailecito de Jehnny descalza sobre el escenario, como si estuviera en medio de una ceremonia india. En este punto el público estaba totalmente entregado. Y metidísimo en lo que ocurría. Poca gente, demasiado poca, grababa el concierto con su celular. Lo que reforzó el sentimiento de proximidad y de intimidad que promueve el atestiguar a una banda en un recinto pequeño, pese a los problemas de acústica.

En medio de una ovación inesperada, por lo austero del público, Savages se retiró para no regresar. No hubo encore. Una filosofía que muchos grupos están adoptando en la actualidad. Lo entregan todo en una sola exhibición. La cultura del encore está acabando con la magia de los conciertos. Que sea una obligación que la banda regrese o que planee su espectáculo con base a un encore se antoja una fórmula. Y Savages la rompió. No existió una sola alma que no se fuera satisfecha. Savages desgarró la norma, como los oídos de la concurrencia.

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Editor Yaconic

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