Por Antonio Frias / @jafrias26

Todo lo que sea terrible necesita de nuestro amor. Rilke

Aunque Hagen y Yo, de Kornél Mundruczó, cojea bastante del guión (una historia sencilla, predecible y con personajes planos) las imágenes que presenta, así como la atmósfera que crean  más de 100 perros en escena, hacen que se entienda porque la cinta ganó Un certain regard (sección paralela a la Palma de Oro) en el Festival de Cannes de 2014.

La historia nos ubica en una ciudad desierta, desolada —apocalíptica quizá—. De pronto, escuchamos ladridos de perros. Tantos que parece ser otra cosa. Al fin brinca a cuadro una jauría salvaje, corriendo entre coches abandonados. Al frente va Hagen, el can protagonista, persiguiendo a una niña en bicicleta, Lili (Zsófia Psotta), su única amiga/dueña.

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La emociónate escena es apenas el inicio de la aventura.

Titulada originalmente Fehér Isten (Dios Blanco), Hagen y Yo narra la fábula de Lili, una joven con padres divorciados. Su madre la deja unos días con su antipático padre, quien trabaja en un rastro, así que la compañía canina no le hace mucha gracia.

Aparte de esta hostilidad, nos enteramos que el gobierno ha decretado un gravamen y empadronamiento de perros (aún más si no son de raza.) Con el nuevo impuesto, prácticamente, todos los perros callejeros desaparecen y terminan en albergues.

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El choque de actitudes entre la Lili y su padre llega a su punto máximo cuando éste decide abandonar Hagen en la calle. Acción que provoca que el animal y su dueña atraviesen una serie de hazañas paralelas hasta su eventual reencuentro.

A simple vista, la historia nos remite a películas infantiles, como Lassie; pero los escenarios opresivos que diseñó el director húngaro, junto al logro técnico de la entrenadora canina Teresa Miller, hacen que la película se ubique en el género del horror, cercana a los zombies o a Ben, la rata a la que le cantaba Michael Jackson en los ochenta.

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La separación entre Lili Y Hagen hace que los humanos se conviertan en animales. Las personas son las que cazan a los perros, los encierran, los venden, los convierten en máquinas de ataque. Todo esto se voltea cuando Hagen comanda la rebelión perruna; levantamiento en el que Lili se verá involucrada.

Exagerada, salvaje, violenta, polémica, Hagen y Yo no deja a nadie inmune. Ya sea que se analice como una metáfora sobre los underdogs de la sociedad, una historia de maduración adolescente o como un relato de amor animal pro veganismo, lo cierto es que las persecuciones, las tomas subjetivas y los escenarios dejan un buen sabor de boca.

Editor Yaconic

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