La culpa es el único sentimiento, la única afección humana que es imposible actuar. Su función es recordarnos que no somos lo que aparentamos. Jorge Volpi

Bernardo Barrientos Domínguez / @_trafico_

Desnudo parece una fotografía de guerra; tiembla como flan, como gallina desplumada. Igual que un ave repuesta de una caída, Leo está demasiado acelerado para detenerse y, buen hijo, buen hermano, buen sujeto, o no, nada ni nadie puede detenerlo…

Al momento de definir una enfermedad, uno se encuentra ante dos posibles juicios. El primero, común a las personas no instruidas, considera al síntoma como la enfermedad, y en consecuencia, a la supresión del síntoma como el fin de la enfermedad. El segundo, cercano al quehacer médico, considera que lo aprehensible (el síntoma) no es la enfermedad y que ésta, al suprimir el síntoma, es cognoscible sólo en su posibilidad de generar más síntomas. En las enfermedades psíquicas el síntoma se encuentra ante algo distinto; su formación es un acuerdo entre dos partes, una de compromiso que se expresa en las fijaciones propias del sujeto, ya que la enfermedad se sustrae a sus vivencias prehistóricas, en las que encontraba satisfacción. Y la otra: si la libido se satisface en el síntoma de una manera extraordinariamente restringida, sin conocimiento del yo. Esta unión de contrarios en el síntoma es la razón por la que éste tiene tanta fuerza.

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Freud menciona que no hay ninguna diferencia entre psicología del uno y de las masas, debido a la cualidad inherente que es la identificación con el otro. Ésta funciona como un motor en el que el uno para ser, necesita ser del otro. Esto se da a través de los ideales (camino hacia el otro); sin embargo, cuando el ideal fracasa y no queda sino el síntoma (revés del ideal que también necesita de identificaciones), se apuntala a la negación de lo social, blá blá blá blá blá.

BLÁ

Pedazos de realidad y escenarios de pesadillas componen esta fábula de Investigation Discovery. (Ja ja…, ji ji…, cómo creen). Hay un lobo que se come al Sol todos los inviernos es otra chingonería del maestro Gibrán R. Portela, dirigida por Abigail Araoz, que nos muestra los preludios al desastre de una familia y la tragedia misma; el futuro en estado de descomposición.

Con una oquedad de responso fúnebre, la obra nos recuerda (entre un titipuchal de cosas) que perder a un familiar, a un cómonocompadre, a una mamacita chula o amante, es como perder una pierna, un brazo, o la cabeza; algo definitivamente no está bien, no funciona de la manera correcta.

Al principio los personajes no tienen rostro, pues adquieren nombre e historia conforme la historia ―Bella Durmiente, pero sin Príncipe― va desarrollándose, cual película de horror en la que es menester convivir con el miedo, la oscuridad y los retorcidos lazos familiares como protagonistas de lo cotidiano.

“No me dejes, por favor”.

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Testigos de cómo se va fraguando el frijol e inficiona en cada uno de los personajes principales, la obra nos envuelve en una pesadilla imposible de esfumar. No hay respuestas, no se seca la sangre, no hay C.S.I. ¿Quién soy? ¿Por qué lo hago? ¿Decido o todo está dicho? Son preguntas que no sólo los filósofos se dan a la tarea de responder. Leo, Ham, Elba y Dago, también se atormentan con estas dudas bajo el frío blanco del corazón de las tinieblas.

Las nalgas no se relajan, no se acomodan al tiro ni se extienden como masa de hot cakes al sartén, pues la trama, los chavos echándole toda la carne al asador (porque la construcción de los personajes a partir de sus diálogos y sus habilidades: ufffff) y las sensaciones que remueven, jalan chingón al cuerpecito; la vista fija en el escenario, la mente puesta en el escenario. Porque Hay un lobo que se come el Sol todos los inviernos es una chulada, uno de los mejores vehículos pa’ viajar. Por eso no sean culeros y tiren paro; aprovechen esta joya, ganadora del Emilio Carballido (¡Ay cabrón!) que sólo le quedan dos funciones. Próximos domingos 17 y 24 a las 18:00 horas en Sunland (Cozumel no. 31, Roma Norte). Deacómo: sugerido “un ciego” (100 varitos).

Por si las moscas, las uvas, las flais, échenle un mensajito (o como dirían los chavos: un inbox) a: Abigail Araoz: Nacida en la ciudad de México en 1989, egresada de “La Casa del Teatro”. Durante su formación participó en los montajes: Marat-Sade de Peter Weiss, y el montaje de máscaras de la obra Lágrimas de agua dulce de Jaime Chabaud, dirigidas por Mauricio Pimentel; Escenas de un matrimonio de Ingmar Bergman, dirigida por Rocío Belmont; Raspando la Cruz de Rafael Spregelburd, dirigida por Mariana García Franco. Además cursó el Taller de Dramaturgia con Bárbara Colio; actuó en las obras La Malquerida de  Jacinto Benavente; Subversivo de Josué Almanza; y El Gato Macho bajo la dirección de Rodrigo del Rio. Abigail forma parte de la compañía Los Bocanegra Teatro, en la que actuó en la obra Tiburón de Gibrán Portela, Aurelio Vargas y Marusia Estrada, dirigida por Ricardo Rodríguez. Presentó bajo su dirección y dramaturgia la obra Ecos. Dos personas en el exilio.

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O con el elenco:

Carmen Zavaleta, Llever Aíza, Cut López, Carlos Eduardo Verduzco Ríos, Lucía Leyba, Daryl Guadarrama, Misael Garrido Mendoza, Javier Cruz Morales…

O de plano con:

Gibrán Ramírez Portela, superhéroe, galán de películas, que estudió guion cinematográfico en el CCC y cursó el diplomado de la SOGEM. En el 2006, Comida China, guion que escribió con Francisco Santos, obtuvo el apoyo de IMCINE. Dirigió con Everardo Felipe, Sicópatas en la Tierra (cortometraje) y Rudy, una lección de vida (documental). Fue becario de dramaturgia en la FLM (2007-2008 y 2008-2009) y FONCA (jóvenes creadores 2011-2012). Obtuvo la  Residencia FONCA/ LARK (2010), la Residencia FONCA/BANF (2013) y el Premio Nacional de Teatro Joven Mancebo del Castillo 2008 por Alaska, obra también montada en un chingo de lugares y por un chingo de maestros. Otras de sus obras son: Satélite 2012 (coescrita con Alonso Ruizpalacios), Gavilán o paloma, Lejos, Volar, Shanghái, El Emperador y pare usted de contar… Bueno, va, un poquito más… Este guapetón también es guionista de las películas, El último desafío, La Jaula de oro y Güeros y otras más que shhh, shhhh.

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Ah, sí, tiene un resto de premios más… Está cabrón.

Hay un lobo que se come el sol todos los inviernos es una de tantas producciones de la compañía teatral Los Bocanegra, la cual dio sus primeros pininos en 2009. Han montado C.A.O.S. M.E.N.T.A.L., Goldfish, Tiburón, DHL, El Emperador y están por sacar otras maravillas. Este cotarro de genios (dramaturgos, actrices, actores, escenógrafos, iluminadores y una científica) trabaja con la idea de generar un teatro sin tanta feria (y sin adornarse), con textos que reflejen y generen un discurso personal y coherente, que agarre el pedo y no lo deje ir, pasar, volar; que los alipuces, el desmóder y la madre memoria de las musas deje su impronta en el rollo creativo.

El goce no lo dominamos, causa angustia, y eso mismo nos permite mantenerle aparte. Necesitamos otro que existe negativamente, porque no funciona, resulta etéreo; no es sino la noción de conflicto, la cual no se renuncia, y en social, es causa directa de la inexistencia de una fuerza que movilice convincentemente el cuerpo social hacia lo ideal. El síntoma se hace colectivo, identifica, en esta la época del declive de lo ideal, el tiempo donde uno es el arquitecto del otro, del otro que sufre, del otro que escucha, del otro que ama. El obsesivo se encuentra así, con el otro molesto. En la histeria, el otro que debe de existir a toda costa. En la psicosis, el otro perjudica, el persecutorio. Y en la neurosis fóbica, el otro vagamente amenazador, blá blá blá blá blá

BLÁ 

Vayan, caigan, dense el rol, conozcan, pásensela chido.

BIBLIOGRAFÍA:

VOLPI, Jorge. 2004. El temperamento melancólico. México: Seix Barral.


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