Por Carlos Velázquez / @Charfornication

Ilustración: Salvador Verano

En Escritos de un viejo indecente (1969) Bukowski narra un encuentro ficticio que sostuvo con Henry Miller. En la anécdota, Charles visita a un octogenario Miller en su mansión de California. Tras emborracharse a sus costillas, Charles sustrae la cartera de su anfitrión cuando este se queda dormido. Pero antes de que consiga escapar y salirse con la suya es doblegado con una llave de karate por el mayordomo mandarín. El incidente describe a la perfección la fascinación tardía que experimentó Norteamérica por el autor de Trópico de Cáncer (1934).

En vida, Bukowski siempre presumió a John Fante como su maestro. Sin embargo, por los rasgos de su personalidad, su tren de vida y el carácter de su obra, Miller no se sitúa más cerca de ningún escritor como lo está de Bukowski. Ambos fueron tipos que aullaron pobreza. La mayor parte de su vida transcurrió en la calle, literalmente, y terminaron en la opulencia. Charles conducía un Acura Legend y Henry era un autor acaudalado. Miller fue precursor del realismo sucio que consagró a Bukowski. Además, ambos se llamaban Henry.

Henry Miller (1891-1980).

El homenaje que Bukowski le dedica a Miller es una paródica reinterpretación del Sueño Americano. Tras mendigar en Europa como integrante de la Generación Perdida, Miller había regresado a Norteamérica a triunfar. A formar parte de la cultura gringa. Porque en los treinta y cuarenta, es decir, en su mejor etapa, en Estados Unidos, más que un escritor, era considerado un pornógrafo. La prohibición de sus libros por obscenidad estigmatizó su figura por dos décadas. Bukowski ridiculizó a Miller como un gesto de admiración. No existe otro mentor de Bukowski que Miller. Era su manera de aceptar que todo había comenzado con él.

No es tan inexplicable que Henry Miller haya sido (y sea) el héroe de las generaciones que lo sucedieron. Un resumen del final de sus días arroja un matrimonio con Hiroko Tokuda y un intensísimo romance con la modelo Brenda Venus, cuya correspondencia se publicó con el nombre de Dear, dear Brenda (1986). ¿Cuántos hombres que atraviesen por su octava década de vida son capaces de tales proezas? ¿Cómo consiguió todo esto Miller? Con la escritura.

LA PRIMERA TRILOGÍA

“Vivo en la Villa Borghese. No hay ni pizca de suciedad en ningún sitio, ni una silla fuera de su lugar. Aquí estamos todos solos y estamos muertos.

Anoche Boris descubrió que tenía piojos. Tuve que afeitarle los sobacos, y ni siquiera así se le pasó el picor. ¿Cómo puede uno coger piojos en un lugar tan bello como este? Pero no importa. Puede que no hubiéramos llegado nunca a conocernos tan íntimamente Boris y yo, si no hubiese sido por los piojos.

Boris acaba de ofrecerme un resumen de sus opiniones. Es un profeta del tiempo. Habrá más calamidades, más muertes, más desesperación. Ni el menor indicio de cambio por ningún lado. El cáncer del tiempo nos está devorando. Nuestros héroes se han matado o están matándose. Así que el héroe no es el Tiempo, sino la Intemporalidad. Debemos marcar el paso, en filas cerradas, hacia la prisión de la muerte. No hay escapatoria. El tiempo no va a cambiar.”

Así comienza Trópico de cáncer. Se trata no solo de uno de los mejores arranques de la literatura universal, sino de uno de los mejores debuts que un escritor aspire a conseguir. Esta introducción predice también la non-fiction. La obra más significativa de Miller es autobiográfica. Es una síntesis del temor que desata la existencia y al mismo tiempo una predicción para el futuro que se extiende hasta nuestros días. Una consecuencia del mundo es pudrirse irremediablemente.

Miller nació en Brooklyn en 1891. Su absoluta devoción por sus raíces está retratada a lo largo de su obra, en Nueva York. Ida y vuelta (1978) y en Trópico de Capricornio (1939), que junto al otro trópico y a Primavera negra (1936) conforman la primera de las dos trilogías que Miller pergeñara. Debido a su recalcitrante norteamericanidad, en Estados Unidos no obtuvo la libertad creativa que le era imperiosa. Tras divorciarse y casarse con June, una de las musas más tormentosas que haya existido jamás, en 1930 Miller emigró a París, al encuentro con su destino. Para convertirse en el monstruo de las letras que lucharía en contra de uno de los grandes enemigos del arte: la censura.

Uno de los más acérrimos defensores y entusiastas de Miller fue Norman Mailer. Quien a la categoría de pornógrafo le sumo las de genio y loco. Lo comparó y lo encumbró por encima de lo mejor de su época, Hemingway, Fitzgerald y Faulkner incluidos. En 1960 la lectura de Miller en Estados Unidos todavía era minoritaria. La dominante impronta erótica en sus libros impedía que sus otros talentos fueran apreciados. Era un filósofo notable y un estadista del estado cosmológico del hombre. Pero sobre todo era un maestro de la cadencia. Y esta quizá sea su herencia más grande. Miller no era un mero relator de escenas sexuales, su estilo era avasallador y al mismo tiempo una autoridad en materia de escritura. Para advertir esto último es necesario leerlo en su idioma original. Quizá el único autor que ahondó más que Miller en el monólogo interior fue Joyce.

El flujo de conciencia es el pilar en el que Miller sustenta su primera trilogía, la cumbre de su producción. Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio fungieron como una bomba moral para la época. Heredero de Whitman y admirador de Emerson, Miller se dedica a explorar las pasiones humanas de manera inédita, lo que le acarrea todo tipo de problemas. Para el establishment literario gringo fue inaceptable. Los pilares naturalistas norteamericanos no debían fungir como sustentos de la autodestrucción, los excesos y la exploración del sexo. Mientras que en Europa, Miller era casi un semidiós.

ANAÏS NIN Y EL THREESOME COMO INCENTIVO LITERARIO

Henry Miller siempre se consideró a sí mismo un marginal. Creía que el mundo lo miraba de tal forma, excepto por unos cuantos amigos y un par de mujeres: June y la escritora Anaïs Nin. Como todo espécimen de la clase baja, orbitó siempre que tuvo oportunidad alrededor de la burguesía. Sus primeros años de formación estuvo ávido de un mecenas. Era un escritor receloso de su tiempo. Si no escribía un día se enervaba. No dejaba de lamentarse por las horas perdidas. Era un atleta de la escritura. Trópico de Cáncer fue escrito varias ocasiones. Por la futilidad que le provocaba a su autor no encontrar la voz y la estructura que estaba buscando. No era un diario ni confesiones, era una novela. Y la exigencia que le demandaba era la misma escribiera sobre él mismo o no.

Entonces apareció Anaïs, quien tuvo en Miller a un conejillo de indias sexual. Mientras servía como el experimento emocional que la también escritora estadunidense necesitaba para conformar su obra, Henry recibía dinero para su supervivencia. Sustento que le permitía dedicarse a escribir sin preocuparse por su manutención. Pero Miller se enamoró. La situación era complicada porque Anaïs era casada. Y al enredo se sumó June, la esposa de Miller, que lo visitó en París arrastrada por los celos y la sospecha de que Henry tenía una amante. Este triángulo inauguró el poliamor. Porque June se enamoró de Anaïs y esta de June. La situación enfureció a Miller. Los conflictos matrimoniales eran un ingrediente más en la lista de sus distracciones y sus sufrimientos.

Consciente de su grandeza, Miller luchaba por escribir la mejor literatura de su tiempo.

LA SEGUNDA TRILOGÍA

Miller jamás pudo escapar de June, quien lo manipulaba y humillaba con el objeto de que se esforzara más y más en convertirse en el Dostoievski gringo. Se divorciaron, pero Miller la inmortalizó en la Trilogía Rosada, conformada por Sexus (1949), Plexus (1953) y Nexus (1959). La escritura de estas obras fue inspirada por la irrupción de June en la vida de Henry. Antes de convertirse en escritor, trabajó en Telégrafos (otra similitud con Bukowski, que fue cartero) y la conoció en una sala de baile, fichando. Se enamoró y no descansó hasta convertirla en su esposa.

La Trilogía Rosada tiene lo mejor y lo peor de la escritura de Miller. Posee la enjundia de Trópico de Cáncer pero también su proclividad a salmodiar. Existen tramos narrativos en los que se dedica a reflexionar con desgarbo. Lo que lo distrae de la trama. El Miller ensayista se desenvuelve a sus anchas pero en detrimento de la cadencia. La consecución de pasajes dedicados a darle rienda suelta a sus pensamientos hace pensar que la trilogía está dilatada innecesariamente. Este efecto estaba ya presente en la primera trilogía, pero de una manera contenida. Con todo, Sexus, Plexus y Nexus son magnificas, irrepetibles e imperdibles novelas.

El final de Sexus es estremecedor: June se le escapaba a Henry, pero no con un hombre, sino con una mujer. Y el dolor que supone para un don Juan como Miller es insoportable. La novela concluye con un Miller aullando y llorando en un sótano por June. Desenlace demasiado escandaloso para la sociedad de la primera mitad del siglo XX. Todo esto es anterior al exilio de Miller en Francia. Y como vemos en Trópico de Cáncer, la enfermiza relación de Henry y June continuó. Sin June como apoyo moral y económico y como motor diabólico, Miller no se hubiera convertido en el escritor que ahora conocemos.

BIG SUR, CALIFORNIA

En 1940 Miller renunció a Europa y se estableció en California. Se dedicó a viajar por el noroeste, a escribir y a pintar. Con Nexus cerraría tres décadas dedicadas celosamente a la literatura. Publicó más de veinte libros. Lo que lo reveló al final como un escritor prolífico, pese a haber deambulado con el manuscrito de Trópico de Cáncer varios años antes de su publicación.

Su aura de escritor maldito lo erigiría como padre espiritual de la generación beat. Fue uno de los primeros escritores en abrazar el budismo.

Finalmente, en 1964 ganó el juicio y Trópico de Cáncer y su obra en general dejó de estar prohibida en Estados Unidos. Murió como vivió, siempre en una relación con una mujer pero como un eterno solitario.

Editor Yaconic

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