Por Adrián Román / @adrianegro

Fotos: Annick Donkers /www.annickdonkers.com / Salón los Ángeles

Estamos parados sobre un puente de paso. Por aquí pasa ganado ovino y vacuno, caballos que cargan litros y litros de pulque, y ancianos que pedalean su bicicleta con parsimonia. A lo lejos la ciudad se resume en unas cuantas luces amarillas. Fumamos mota, reímos, nos besamos. Es domingo y mañana debo entregar esta crónica sobre el baile. No tengo una línea escrita. Al menos hace un mes quedé de entregarla. Las sombras de los árboles me parecen siluetas de monstruos que nos acechan en el camino. Los tráileres y camiones rugen al pasar debajo de nosotros. La lluvia es tenue, delicada, como su cuerpo. Me abraza y seguimos caminando.

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Hay algo importante que debo decir antes de empezar: yo no sé bailar. Nací en un barrio popular. A mi madre le encantaba bailar. Si algún recuerdo tengo de ella feliz, es cuando bailaba. Mi padre también baila, y sus hermanos y sobrinos. La música que recuerdo a mí alrededor es guapachosa. Pero soy un impedido de moverme al ritmo de la música y hacer florituras con el cuerpo mío y de la pareja. A mí me gusta ver a las parejas bailar. Soy un voyerista del baile.

¿Al California Dancing Club a qué más puedo venir que no sea a mirar? El sonido de los metales es un perro que sale a recibirte de forma cálida. El sonido estremece mis tripas; me emociona. Aquí no hay venta de alcohol. Eso lo sabe hasta el más ñoño de todos los cronistas chilangos, que hoy son más que los habitantes de la vieja ciudad de hierro.

Ningún lugar convoca tanta extravagancia. Ninguno sin alcohol. Hay muchos pachucos encanecidos que no han perdido la cadencia necesaria para moverse sobre la pista. Pachucos de trajes azules, verdes o morados, con sombrero y zapatos bicolores que saben sacarle filo al piso. Hay tipos más jóvenes de camisas de seda floreadas, pantalón caqui, el pelo embadurnado de gel, algún adorno de oro y un chingo de loción. Tipos que, en apariencia, se ven con suficientes argumentos para rifarse un buen tirante. ¿Y las mujeres? Cuando veo cómo se mueven esos cuerpos enfundados en vestidos floreados o lisos, pero con pliegues, se me antoja ser más viejo. Hay mujeres que me despiertan las ganas de ser otro hombre. No importa que me lleven más de veinte años, algo en su piel despierta mis ganas de tocarlas y husmear en su escote, en sus carnes generosas y maduras. ¿Será que llevo mucho tiempo solo?

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S. y yo buscamos pulque. En estos pueblos texcocanos es fácil encontrar buena sangre de maguey. Buenos y baratos. El espacio entre dos pirúes nos avisa que la ñora que vende ya se fue. Son las seis de la tarde. Caminamos más por estas calles sin pavimento. Esquivamos charcos, nos cuidamos de no resbalar con el lodo. Una jauría de perros se ve entretenida a lo lejos, seguro han matado un ave o algo así. Un letrero rascuache nos indica dónde nos saciarán la sed. Un zaguán blanco, cuyas rejas están cubiertas por una cortina púrpura. Tocamos. ¡Pasen!, grita alguien desde dentro y jalamos un hilo para que la puerta abra.

El patio es grande, con el pasto recortado. Piedras, tabiques, maderas, sillas de plástico sirven para que los clientes se encuentren más a gusto para beber. Un pedazo gigante de unicel —gigante de verdad—, una especie de iceberg de unicel, sirve de mesa para jugar conquián. Reímos. ¿Por qué con Aura ya no sucede esto? ¿Por qué siempre me acuerdo de ella aunque me la esté pasando bien? Comienzo a respirar por la nariz y recuerdo lo que dicen los budistas. El momento, vive el momento, nada es más grande que esto que tienes. Escucho a los hombres que juegan, a la señora preguntando si alguien quiere algo más. Nos trae un plato con cacahuates y pepitas. La lona que cubre la taza del baño en medio del patio se levanta por la fuerza del viento. Bronco canta, desde las entrañas de un estéreo noventero con doble casetera: “Desvísteme, y en la humedad que guardas por ahí, mójame y dame de beber, que estoy por esta sed, a punto de morir.” La tristeza no es bailable. ¿Podré terminar mañana la pinche crónica?

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Mi amiga Acetónica siempre me ha dicho: ¡Pinche Grandote, aprende a bailar, así vas a ligar un chingo! Y no sólo eso: ha intentado enseñarme a mover los pies, y la cadera. Cabrón, mueve la cadera y los hombros. Y le echo ganas, pero no. El baile y yo somos inalienables. Mientras más trato de atraparlo, más me dice no.

Acetónica me dice: primero este pie hacia adelante, y luego al revés. Los pasos de baile, me recuerdan los ejercicios de coordinación durante los entrenamientos de basquetbol. Siente la música, lleva el ritmo. ¿Pero cuál ritmo? ¿El de los metales, el del bajo, el de los tambores, todos? El Centro de Convenciones Tlatelolco está a reventar. Mira, pinche Grandote, si te quieres sacar a esa vieja de la cabeza, es bien fácil, hay un chingo de mujeres solas en esta ciudad, pero tienes que aprender a bailar. Mientras habla veo a lo lejos a un mujer alta, de pelo lacio y piel morena. De unas curvas que son para usar las manos con firmeza y ternura. Casi siempre, la primera posición en la que imagino a una mujer es de a perrito. Y sólo de imaginarla así, se me para. La veo, me ve, sonreímos, pero me hago pendejo, porque sé que ella espera que yo sepa bailar. Y cobardemente, prefiero no decepcionarla. Como si a lo largo de mi vida no hubiera decepcionado a otras mujeres, sin necesidad de haber involucrado al baile.

Sí, si se quiere ligar, y se sabe bailar, hay que ir al Centro de Convenciones Tlatelolco. Es un gran salón de fiestas. Las chelas no son muy caras y afuera hay tacos, hamburguesas, comida con cualidades para acariciar el estómago de los nocturnos bailadores. Acetónica tiene razón: debo buscar un curso para aprender a bailar.

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Ya sé que un güey que no sabe bailar tiene puntos menos; que hay mujeres que creen que si no bailas bien, eso delata que no eres muy bueno en la cama. Pero hay mujeres que exageran. Despreciarte, hacerte a un lado porque no sabes mover los pies, ignorarte toda la puta fiesta, obligarme a meterme cocaína de manera desesperada, y beber sin moderación, porque la veo de brazos en brazos, alegre, sonriente, como cuando comenzábamos a salir y todo eran risas, como si camináramos en un prado sin nubes, bajo un sol que no quema ni acalora, que sólo es testigo de la felicidad que ocurre en nosotros al ir caminando entre el pasto verde y flores de colores.

¿Qué culpa tenemos de no saber movernos en la pista? ¿El entusiasmo no cuenta? Si esos güeyes cogen como bailan, entonces dudo que sepan improvisar, todo parece maquinado, previamente aprendido e inalterable, no creo que eso sea el baile.

Nel: los que no sabemos bailar no merecemos ser tan discriminados. Pinche Salón Los Ángeles. Sólo me queda el buen recuerdo de haber sacado mi papel de perico frente a todos los putos Godínez de mi oficina y darme un pase para espantarlos. No sabré bailar, pero me drogo mejor que todos ellos.

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Miro bien. No pierdo detalle. Pero hay cosas en  las que no sé qué hizo. ¿Esa vuelta cómo la dio? ¿Cómo fue que cruzó las manos, hizo girar a la mujer para luego terminar frente a ella de nuevo? Qué desesperante es sentirse atraído por algo y no atreverse a conseguirlo. Me bebo lo que resta de cerveza de un solo trago. Las Sirenas era un antro en la colonia Doctores en donde yo podía bailar libremente, siempre y cuando les pagara a las damas la fabulosa cantidad de 20 pesos. Por pinches veinte pesos ellas no me despreciaban, no me hacían caras; daban vueltas cuando mi pobre intuición decía que lo tenían que hacer. Las autoridades perredistas de esta ciudad parecen confabular en mi contra para que yo no disfrute el baile. Lo bueno es que hay más bares, como el Búho, el Paola, el Veracruz. Un día voy a bailar con la cadencia del viento al arrastrar las hojas que caen de los árboles, y leerán la crónica de un hombre que va ligando mujeres bailadoras.

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Editor Yaconic

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