El siguiente texto es un fragmento de la novela Quisiera ser John Fante (Editorial Moho, 2015) del escritor Daniel Herrera (Torreón, Coahuila, 1978). Agradecemos a Moho y a Daniel la autorización para su reproducción.

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Por Daniel Herrera / @puratolvanera

Hoy recordé a mi madre porque no tengo ningún deseo de ir a trabajar. Ella siempre emigraba rumbo a la oficina mientras mi padre bebía de su botella de brandy Don Pedro y parloteaba acerca de la revolución. Invariablemente concluía que la familia era lo peor que le había sucedido y que debería marcharse al sur, a comenzar la revolución. Entonces bebía más y afirmaba encendido que la revolución era inminente. Una vez más bebía de su vaso seboso y añadía que el gobierno actual no sospechaba que la revolución se le venía encima. Finalmente, acababa su vaso de Don Pedro con Coca y se recostaba sobre la mesa balbuceando algunas consignas incomprensibles.

Así crecí: testigo del rutinario trabajo de mi madre y escuchando a mi padre borracho hablar de la revolución. A esa edad, creía que la revolución era no hacer nada. Después me di cuenta de que significaba algo peor. Es por eso que decidí hacerme escritor, porque no entendía bien qué era la revolución y me enteré que los escritores no hacían nada y que además —iluso de mí— movían masas.

Oh, ah, ah, ahora sé que los escritores se sientan frente a la máquina de escribir tediosamente y sólo mueven las nalgas para ir a servirse un poco más de alcohol.

Aunque el anterior fue un pensamiento demasiado pretencioso, tengo que decir que los escritores hacemos, porque yo soy un escritor, tengo mi cuento publicado “Pateando botes en la alameda”, magnífico y sublime y el que estoy escribien-do que me llevará a nuevas alturas… Perdí el hilo, pero me refería a que los escritores nos sentamos frente a la máquina para ver si alguna de nuestras obras nos lleva a una cama mullida y caliente, con alguna admiradora que sepa preparar deliciosos desayunos.

El caso es que no tengo ganas de trabajar, pero la renta de este miserable cuartito me golpea y humilla frente al casero y su mujer. Él, hace unos días, estuvo tocando por más de media hora, comenzó como cualquiera ante una puerta: toc, toc, toc. Pero al ver que no abría comenzó a golpear rítmica y monótonamente por diez minutos hasta que se le cansaron los nudillos. Entonces, tuve un poco de paz y silencio, pero no tardó mucho en regresar con un palo a machacar por otros veinte.

Ese palo me recordó a mi madre y la forma en que corrió a mi padre de la casa. Tomó una escoba y se plantó frente a él, quien, en ese momento, discutía con un demonio o una alucinación sobre cómo revolucionarían el mundo. Lo recuer-do porque él afirmaba que iría a una maquiladora a gritar muy fuerte: ¡Trotski! Y entonces comenzaría la revolución, porque los obreros le pondrían atención y les hablaría de la lucha de clases y el materialismo histórico. Después contactaría a otros revolucionarios y la guerra se extendería por todo el país. Pero le pidió al diablo, a su alucinación, que antes le permitiera acabar con esa bonita botella de Don Pedro que todavía estaba medio llena.

Fue entonces que mi madre tomó la escoba y le dio tres golpes en la espalda. Después le dijo que tenía un minuto para salir de la casa si no quería recibir una dosis igual en la cabeza. Mi padre, adolorido, tomó a Don Pedro y se fue. En realidad se cayó en la puerta al salir, pero luego se levantó y desapareció por la esquina.

Es por eso que me parece de pésimo gusto que mi casero haya venido a tocar a mi puerta armado de un palo. Estuvo hostigándome por más de media hora, pero mi tolerancia finalmente venció y lo ignoré. Además, estaba vigilando el movimiento de las cucarachas en las grietas. Tenía en mi mano un veneno en aerosol y me sentía decidido a usarlo. Por otro lado, tendría que hacerlo forzosamente pues lo tomé de la cocina del casero y no quería que me llamaran ladrón, únicamente salpicaría un poco de veneno por aquí y por allá, y después lo devolvería.

Con los golpes en la puerta como música de fondo, observé a una cucaracha asomarse poco a poco. Era una de las grandes, de esas que tienen el tamaño de una tarántula. Digo, todos hemos visto una así alguna vez en la vida. Entonces me paralicé. El aerosol no funcionaría. Nada más necesitaba alzar mi pie y dejarlo caer con rapidez para de ese modo terminar con ella. No me convencía por completo la maniobra. Recordaba la forma en que se ensucia el piso cuando se aplasta a una cucaracha. La verdad no me interesaba limpiar los restos de ese insecto inmundo.

Estaba deliberando y los golpes no paraban de sonar. Pensé que Fante debería estar atrás de mí burlándose. “Hey, chico, eres un imbécil, un retrasado. Deberías estar escribiendo y no preocupado por una cuca toc, toc, toc, toc, racha. Qué no crees que es un toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, problema poco serio, ni siquiera te toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, dejará ninguna experiencia, te falta vivir la vida, chico, ir con una toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, mujer que te trate bien y sentir un poco de calor y toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc…”

El sonido me volvía loco, ni siquiera me dejaba escu-char a Fante, así que decidí levantarme, abrir la puerta y apuntar con aquella lata a la cara del casero y decirle: “Hey, pedazo de mierda, no te metas con Daniel, Daniel Hernández, el más grande autor de mi generación. La próxima revelación de la literatura contemporánea. Si no te comportas tendré que pa-tearte el fundillo, cabrón.” Pero lo único que hice fue aventar la lata a la cucaracha que ya se iba. No le atiné, mierda.

Me quedé con los brazos en jarras pensando qué hacer y de fondo el monótono toc, toc, toc. Entonces, me senté frente a la máquina de escribir y comencé a darle. Seguía el ritmo de los golpes contra la puerta. Me concentraba: una letra por golpe, un golpe de tecla por un golpe de puerta. Así, las pa-labras comenzaron a fluir y las ideas también. Poco a poco un texto, probablemente la continuación del cuento “En To-rreón se puede encontrar casi cualquier cosa”, iba apareciendo. Escribí varias cuartillas, cerca de 20. Hasta que el sonido cesó y ahí terminó todo. Dejé de teclear en ese momento. Entonces fui a acostarme y me quedé dormido. Mi último pensamiento fue dedicado a la enorme cucaracha.

Daniel HerreraDANIEL HERRERA

Nació en Torreón, Coahuila, en 1978. Comenzó a escribir a los 15 años, unos días después de su primera borrachera. Ha publicado en distintas revistas nacionales. Tiene tres libros: Con las piernas ligeramente separadas (Colección La Fragua, Instituto Coahuilense de Cultura, 2005); Polvo rojo (Ficticia, 2009); y Melamina (Tierra Adentro, 2012).

 

 

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