Por Ruy Martínez / @MrRuy77

Fotos: Manuel Castillo / @MrCastleManu

Estoy dentro del Salón Azaros en pleno Tlalnepantla. No tengo boleto; me metí con el portazo. “Esto sí es punk”, pienso. El lugar es feo. Huele a mota y activo. “Así es como deben oler estas tocadas”, me dice mi acompañante. Sobre el escenario una banda cuyo nombre no recordaré después toca música rápida y poderosa. Adornada con consignas contra el sistema, el gobierno y todo tipo de autoridad. El salón, que más bien parece una bodega, se encuentra semivacío. El reloj me dice que son las cinco de la tarde. Falta un rato para que esa leyenda viviente del punk español, Pako Eskorbuto, suba a hacer lo suyo, 36 años después de iniciada la revuelta.

Prendo un cigarro. En el Azaros sí se puede fumar; no importa que sea un lugar cerrado. Es más, adentro venden cajetillas y cigarros sueltos, algo que jamás pasaría en un foro de la Ciudad de México. Veo a mi alrededor. Hace mucho no asistía a una tocada punk en el barrio. Y no ha cambiado mucho. En el público hay caras conocidas, viejos compañeros de borrachera que no veía hace más de 10 años, cuando era un adolescente perdido en busca de identidad. Ellos sí se tomaron en serio el movimiento y su escena. Yo no, yo la abandoné.

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Nada ha cambiado. Es cierto. La gente parece ser la misma, con los mismos parches de las mismas bandas que idolatran. La misma ropa, la misma chamarra, el mismo aguante para el descontrol. Las consignas también son las mismas y, aunque las redes sociales se han vuelto una de las vías preferidas de los “activistas” para quejarse de todo, estos personajes prefieren gritarlas a través de la música. Y no digo que no usen Facebook o que jamás pongan en él frases contestatarias; pero saben que la acción no está ahí, sino en la calle. Y, sobre todo, en la música.

Ya con el foro más lleno sube Vómito Nuclear. Si de leyendas hablamos, el Vómito merece una mención aparte. Siempre había querido verlos y no me animaba. Pero no me perdía de nada. Quizá hace 15 años habría sido distinto. Los años han lastimado a esta banda. Si suena poderosa es por los integrantes jóvenes. Pero lo que se perdió con el tiempo no fue el poder musical, sino la fuerza de su discurso. Una lástima, llegué muy tarde. Espero no pase lo mismo con Pako.

Acaba Vómito. Se escuchan botellas estrellándose contra la puerta de lámina. ¡Crag! ¡Crag! ¡Crag! ¡Crag! ¡Crag! ¡Crag! Algunas pasan la puerta y llegan adentro. No siento miedo. Quizá por la adrenalina. Acostumbrado a las comodidades de los foros modernos de la ciudad y al comportamiento apático de los “rockeros”, un segundo portazo es una bocanada de aire fresco.

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La calma regresa. Compro una cerveza y voy  a ver a Garrobos. La segunda ocasión en el reciente mes. Siguen sin gustarme. Su combinación metal-hardcore-punk no me pasa. Pero eso no importa: el resto no comparte mi visión. Les vale madres. Apenas empieza el show y el slam —que hasta entonces estaba reservado para unos cuantos— se hace regla general. Todos corren en círculos. Una tormenta de sudor, gritos, cuerpos y alientos agrios arrasa el Azaros con la fuerza y el dolor de una patada en los güevos. (Quien diga que son “círculos de paz” no ha visto a Garrobos en vivo). Hombres, mujeres, bestias y hasta niños escupen odio y frustración. No soy fan. Decido alejarme de ese orgasmo de adrenalina. Voy por una torta de 20 pesos. Aquí se puede comer con muy poco.

Muchos no quisieron ver a las bandas teloneras. Llegaron solo para ver al ex baterista de Eskorbuto. La masa que estaba esparcida se junta para ver al vasco. Se busca el mejor lugar para ver al ídolo que con sus tambores de guerra dio sentido a muchas vidas perdidas del punk.

Sale Pako. La edad se le nota; los años han hecho lo suyo. Pero está emocionado. Parece que por un momento los buenos tiempos han regresado a esta noche del Azaros. Pako no se dirige a su set. Toma el micrófono y saluda. Detrás de él están Alik Kalaña (bajo y voz) y Naty Penadas (guitarra y coros), los nuevos integrantes que dieron vida al Eskorbuto después de muchos años de ausencia por la muerte de Juanma y Losu, los originales del poderoso trío. Las drogas se los llevaron, es cierto, y Pako está decidido a hacerles el homenaje que nunca tuvieron.

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Con todos en sus puestos, y cientos de punks desesperados (aunque decir esto parece pleonasmo), se escucha la frase esperada, la leyenda:

“Ya no quedan más cojones, Eskorbuto a las elecciones”.

Eskorbuto iniciaba así sus tocadas hace más de 20 años. Así lo hace ahora. El slam regresa. Estoy enfrente. Los empujones son bárbaros pero no importa. “¡Este maldito país!” grito con furia. “¡El presente es un fracaso!”, sale del fondo de mi alma. Y no creo que nada pueda arruinar el momento hasta que caigo y media docena de punks danzan encima de mí. No es una mala forma de morir. Será una buena anécdota de la nota roja y la prensa musical: “Murió viendo a Eskorbuto”.

Una vez de pie escucho “Historia triste”. El dolor no me impide regresar al frente. Mi garganta se desgarra con “Ooooooo, historia histórica, Ooooooo, historia histórica”. Qué buena pinche frase. La tocada sigue: “Cuidado”, “No quiero cambiar”, “Os engañan”, “Adiós reina mía” y “Mucha policía, poca diversión”. Todas mis compañeras especiales de antaño; quiero llorar.

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No puedo más. Las piernas no me responden. Salgo de la masa sudorosa y observo el resto del concierto desde atrás. Terminan con “Anti todo”, himno que refleja muy bien la actitud del punk: “no hay amigos, ni enemigos, lucha necia, todos contra todos”.

Estoy en medio de la nada. Lejos de mi casa. No importa si muero esta noche, he visto a Pako Eskorbuto y todo ha valido la pena.

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Editor Yaconic

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