Por J. M. Servín

En la era del crimen global, a nadie debería de extrañarle que mucha de la mejor ficción y periodismo esté concentrada en desentrañar los vínculos entre el poder político y financiero, la delincuencia y un entramado social atrapado en sus miedos, paranoias y atavismos. Quizá desde la posguerra la democracia comenzó a cuestionarse su desarrollo ligado a sus vínculos con el crimen organizado. Es desde la literatura y el periodismo de investigación donde podemos confirmar que el crimen es una transnacional. Su capacidad de adaptación a los tiempos, su especialización en el tráfico de sustancias ilícitas, personas y armas, construyen la historia del continente americano, de algunas de sus ciudades más importantes, de sus habitantes.

Dos libros publicados este 2015 resultan buenos ejemplos de la mejor novela inmersa en el crimen contemporáneo, y la investigación periodística que utiliza el testimonio personal como herramienta literaria. Novela y periodismo como híbridos de tendencias narrativas actuales en las que la realidad y la ficción funcionan como elementos inquietantes para entender la gran era del crimen.

los 43 de iguala sergio gonzalez rodriguez

LOS 43 DE IGUALA

Quizá el libro más polémico en torno a la masacre de Ayotzinapa. En los 43 de Iguala (Anagrama, 2015) Sergio González Rodríguez se aleja de los arquetipos de buenos y malos, y mediante una rigurosa documentación entreverada con testimonios y reflexiones personales, traza un mapa para entender los sucesos acaecidos entre la noche del 26 y el 27 de septiembre de 2014, en Iguala, Guerrero. Decenas de estudiantes fueron atacados por elementos policiales y criminales ligados con narcotraficantes de la región. Después sucedió una de las barbaries más estremecedoras de los últimos tiempos. Según el gobierno mexicano, los jóvenes fueron secuestrados y sufrieron golpes y torturas antes de ser asesinados; sus cuerpos fueron incinerados por los criminales. Las familias de las víctimas se negaron a aceptar lo sucedido bajo el reclamo: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”, e incriminaron al Estado. La indignación que suscitaron esas atrocidades dividió a las personas en dos bandos: quienes apoyan a ultranza la causa de los estudiantes y quienes aceptan la “verdad histórica” del gobierno. El gobierno federal, a través de la Procuraduría General de la República, desarrolló una investigación incompleta y parcial que en su momento quiso imponer como “verdad histórica” mediante el procurador Murillo Karam. Hoy sabemos que no es así, que quedan muchos cabos sueltos, que la barbarie ha sentado sus reales en el país y que millones de mexicanos se han polarizado entre quienes defienden resueltamente a los estudiantes de la normal Isidro Burgos, y quienes cuestionan los nobles fines de la escuela y la completa inocencia de los estudiantes. Para Sergio González Rodríguez el caso Ayotzinapa representa un episodio límite de la sociedad mexicana. Implica una crisis integral de nuestras instituciones y hace evidente la compleja relación entre la sociedad y el gobierno, que no ha sabido responder a las inquietudes sociales. Por eso, lo de Ayotzinapa no puede ser visto como un episodio criminal, tal y como lo ha manejado la versión oficial, más bien representa la degradación de un sistema.

Los 43 de Iguala. México: verdad y reto de los estudiante desaparecidos propone una lectura que rompe la división artificiosa entre buenos y malos, insurrectos y gobiernistas, para comprender una crueldad que remite a la normalidad de lo atroz, al exterminio de personas entre los resquicios de las reglas universales, al orden constituido, a las relaciones entre México y la mayor potencia del planeta: Estados Unidos. “Debo hablar —afirma González Rodríguez— de lo que nadie quiere ya hablar. Contra el silencio, contra la hipocresía, contra las mentiras, habré de decirlo. Y lo hago porque sé que otros como yo, en cualquier parte del mundo, comparten esta certeza: el influjo de lo perverso ha devorado la civilización, el orden institucional, el bien común.”

perfidia ellroy

PERFIDIA

Según James Ellroy “la historia de Estados Unidos en el siglo XX es la historia de los crímenes cometidos por malvados hombres blancos.” Sus novelas son pesadillas de ultraje y desenfreno racistas. El mórbido placer de husmear en el pasado es omnipresente. Sus personajes son a la vez ficticios e históricos, fantoches y héroes, jueces y verdugos. Ficticios por la subjetividad para situarlos en su escenario, históricos porque son auténticos protagonistas de la Historia norteamericana de los últimos cincuenta años. Política y crimen en mórbida simbiosis. Su fascinación por el mal le permite utilizar una técnica de intensificación hiperrealista.

Su última novela, Perfidia (Random House Mondadori, 2015) título tomado de una popular canción mexicana compuesta en 1939 por el chiapaneco Alberto Domínguez, es la primera de un cuarteto dedicado a recrear la historia de Los Ángeles de la década de 1940. Perfidia es un mastodonte delirante de más de 700 páginas y alrededor de cien personajes, algunos de los cuales ya habían aparecido en obras anteriores. La paranoia militar, el racismo, el espionaje y el control social conforman un retablo de época durante diciembre de 1941, cuando los japoneses bombardean Pearl Harbor. Y nadie está a salvo, ni los animales en el zoológico. La locura de la guerra y la xenofobia se apoderan del ánimo de la ciudad.  El crimen de una familia japonesa abre la puerta al infierno de la violencia machista liderada por la policía.

Perfidia no sólo fue un bolero con decenas de versiones que llegó a convertirse en una especie de “himno” de una época (los años en que se llevó a cabo la Segunda Guerra) en Estados Unidos y México, remite además en su significado literal a una forma de engaño en la que una parte se compromete a actuar de buena fe (por ejemplo, izando una bandera de rendición) con la intención de romper esa promesa una vez que el enemigo se haya expuesto ante ellos (por ejemplo, esperando que salgan al descubierto con el fin de captar a las fuerzas que se rinden).

El delirio conspirativo de Ellroy corresponde a la ciudad que lo vio nacer, un monstruo de mil cabezas donde la historia y los escándalos van de la mano.

Ellroy exhuma una tradición que comprende la índole esencialmente trágica de los conflictos entre un universo de cánones morales inamovibles y los deseos e instintos naturales del hombre. Ellroy vive perturbado por saber hasta dónde y de qué manera cada uno de los incontables individuos que figuran en sus libros es capaz de forjar su propio destino y hasta dónde lo condiciona su medio ambiente. La Dalia Negra sería un buen paso para iniciarse en la obra de este autor estadunidense imprescindible.

 

Editor Yaconic

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