Por Alejandro Flores Valencia / @freilax
Ilustración: Salvador Verano Calderón / @chaviuxverano

En uno de los primeros episodios de House of Cards —teleserie producida por Netflix— su protagonista Francis (Frank) Underwood dice: “El dinero es la mansión que se viene abajo en 10 años, el poder es la vieja casa de piedra que atraviesa los siglos; no puedo respetar a alguien que no note la diferencia”. Frank Underwood no sólo es la representación del poder, sino la puesta en movimiento del cuerpo de éste; aquel que note la diferencia se pondrá al corriente con esta teleserie.

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Es innegable que Underwood es uno de los personajes más completos que nos ha otorgada esta nueva oleada teleserial que comenzó, quizá, con Los Soprano, y que ha llegado a su cenit con la primera temporada de True Detective. Frank es la suma de todas las calamidades; es el gerente de relatos por excelencia; es la síntesis absoluta de los deseos del mundo moderno; es Hannibal y Ricardo III en una misma persona.

Pero vayamos por partes. Para quienes no lo saben, House of Cards narra los entretelones de los políticos en el círculo más cercano a la presidencia de Estados Unidos, el centro de poder por excelencia todavía en nuestra era. En la serie vamos de la mano del jefe de la bancada del Partido Demócrata, Francis Underwood (Kevin Spacey), y su esposa Claire Underwood (Robin Wright), quien da vida a una versión moderna de Lady Macbeth. Los dos son calculadores, ambiciosos, moralmente ambiguos, asesinos y por lo mismo nos ponen en sintonía con la tragedia shakesperiana del siniestro rey escocés asesino, otrora atormentado por la culpa, trasunta en la teleserie en un criminal cínico dando pauta a un realismo ídem.

La serie es una suma de pasadizos secretos por los cuales Francis transita con plena seguridad y conocimiento. Como esos pasillos de la Casa Blanca que él domina mucho mejor que el propio presidente. Frank es un mortal que conoce a la perfección la lógica del aparte (esa intervención del personaje en la que se separa de escena para dirigirse al espectador, mientras que los otros personajes “fingen” no escuchar); un sujeto con una moralidad flexible como el mercado, algo nada distinto del orden en que funciona el juego político. La manía de Francis es el control. La manía del verdadero poderoso, del hombre que está a cargo de las situaciones.

HOUSE OF CARDS 1

TELESHAKESPEARE O LA REAPROPIACIÓN DEL APARTE

En su libro de ensayos Teleshakespeare (Errata Naturae, 2011), el escritor español Jordi Carrión sostiene que las teleseries norteamericanas son aquellas que hoy en día, como en el pasado lo fue el Globo de Shakespeare, son las únicas capaces de reproducir de un modo complejo nuestro tiempo y contexto histórico particular. No me parece casualidad que Kevin Spacey interprete a esta nueva versión de Macbeth, pues poco tiempo antes interpretó en teatro a Ricardo III, algo que es fundamental porque toda la estructura shakespeareana brinda soporte a la serie. Y si quizá parte de lo que queremos dilucidar en House of Cards es el cuerpo del poder, pensar en Shakespeare puede funcionar como un espejo de representación de éste.

Una primera forma de ver a Frank —la suma de las calamidades, decíamos—  es pensar en él como la conjunción entre Ricardo II y Lady Macbeth. Uno diría que Ricardo está aburrido y se propone “mover el tapete” para que empiece a pasar algo. Y eso le sucede a Frank: cuando no le cumplen la promesa de ser Secretario de Estado, arma la de dios y explota en un goce que le provoca la adrenalina de bordear los límites del poder; o más allá, de mover los hilos de una enorme maquinaria.

House of Cards es una serie de procedimientos cognitivos que sólo puede alcanzar su contundencia con el uso de los apartes a la usanza chejoviana. La serie posibilita que nosotros estemos en la cabeza de Underwood. Hay muy poco afuera, y si ocurre lo sabemos a través de él mismo. No hay polifonía. Es una sola voz y eso es lo que le da fuerza; pero también es su debilidad porque en realidad la política no es así. Como Frank, presenciamos toda una batería de ocultamientos: la relación entre poder y dinero, y la relación que ésta también oculta y que no aparece en la teleserie: la de pueblo-poder.

FRANK GIF

Algo muy interesante en la serie —creada por Beau Willimon— es que nos muestra hasta dónde su mecanismo ideológico funciona, como ya dijimos, con el shakespeareanísimo uso del aparte. Tenemos frente a nosotros a un cínico —Frank— y cuando llegamos a ese grado de cinismo estamos cerca de algo que nos incumbe tanto como la impunidad. Todo es tan “no hay salida” que Frank se puede regodear. Entre Shakespeare y Beckett hay algo por demás curioso, porque con este último ya nadie cree en las palabras. Y hacer que éstas vuelvan a renacer —junto con las imágenes— como mecanismos no sólo de ideologización, sino también de una dialéctica de creación vital, es otro gran logro de la serie. Este atino, asimismo, es síntoma de lo que define a las grandes obras telefictivas del presente, en las que —no me cansaré de decirlo— el punto más álgido hasta el momento es True Detective, la más literaria de ellas.

PODER Y ASPIRACIÓN, UN FINAL ADELANTADO

Ahora bien, en cuanto a lo relacionado con el cuerpo del poder en House of Cards, acudimos al filósofo francés Michel Foucault y su noción de biopoder: La proyección de nuestros cuerpos es unificarlos como si todos fuéramos burgueses; la manipulación del deseo en la población; llegar a lo más íntimo de nosotros, y eso se logra a través de la publicidad que se constituye por los valores hegemónicos. Lo interesante de la segunda temporada es que justamente lo que hace tambalear a Underwood es el cuerpo de su esposa. Llegamos al límite del cuerpo de Claire, pues ella es atravesada por la idea de si aún será posible tener un hijo. En el juego de estratagemas es expuesta al escrutinio público porque abortó siendo joven. Vectores que se funden en el cuerpo y que potenciados por una determinada ideología pueden influir en la opinión de esos otros cuerpos manipulados que sólo cuentan como masa en el escenario del poder.

HOUSE OF CARDS CLAIRE

Así como hay un ocultamiento, que es el de la modernidad (el poder es el político y él oculta el poder del capital), la teleserie no se da cuenta de la geometría del poder ni del potencial social emancipatorio; a saber, cuando desde vertientes críticas se entiende que capital y Estado son las dos caras de la dominación moderna. En el feudalismo, el mismo que te dominaba era el Estado —el mismo que se llevaba tu tributo—, entonces reconocías en un mismo ente al amo y al señor feudal; en cambio, en la modernidad lo que tenemos es esta especie de desdoblamiento y despliegue. En la modernidad capitalista creemos ver un asalto a mano armada de dos personas: el que te pone la espada y el que te despoja: una escisión entre lo político y lo económico; sin embargo, se trata de las dos caras de una misma moneda.

Por eso, hasta la segunda temporada, Douglas “Doug” Stamper, el secretario personal de Frank, era central desde una lectura del poder. En él sí hay una lucha de clases. Complejiza lo que de forma evidente es la historia de la clase dominante. Doug es muy discreto y siempre está al borde de un límite afectivo porque aparentemente es el perro del dueño; pero no se calla nada más así, sino que también subyuga a una prostituta y se enamora de ella. Sólo puede ejercer su afecto a partir de la dominación. Ese abismo en el que está situado quizá es todavía más real que el realismo cínico de Underwood, porque de alguna manera allí estamos todos. De ahí tal vez su trágico sino.

HOUSE OF CARDS GIF

Si uno piensa en la filosofía política de la modernidad: Maquiavelo, Aristóteles, Hobbes, se da cuenta que estos autores hicieron teoría política de las élites; es decir, no se trata de la política desde la totalidad del proceso de disputa, de lucha de clases y de procesos emancipatorios, sino de los caminos de lo que hay que hacer. El realismo político habla de una lógica amigo-enemigo, y entonces las relaciones de poder constituyen la política. Frank Underwood cancela cualquier vía ética. De ahí que resulte todavía más interesante. Se coloca en un realismo cínico, un extremo del realismo en el que todo puede ser mostrado y dicho. Underwood es también Maquiavelo porque es la búsqueda del poder por todos los medios posibles. Maquiavelo le recrimina al Príncipe que no se trata sólo de fuerza, sino que poder es, esencialmente, encantamiento, relación. Y eso es lo que da forma al poder de Frank.

Cuando Michel Foucault dice que las relaciones de poder son invisibles, se refiere a que quien puede dominar es quien puede manejar el dispositivo hacia donde quiere. Y eso es muy interesante en la segunda temporada de House of Cards porque Frank se la pasa manipulando la “democracia”. Se la pasa manipulando al presidente de EU hasta que él mismo se sitúa en el centro de poder. Por eso, finalizada la segunda temporada parece cancelado cualquier deseo aspiracional. Se instala la duda de qué más puede querer Underwood si ya tiene el centro hegemónico. La pregunta “¿Qué sigue?” nos asalta en el final de la segunda temporada; nos lleva a querer descubrir el destino de Underwood y de esta teleserie que parece haber tenido en el último capítulo transmitido hasta ahora un final adelantado.

TRAILER HOUSE OF CARDS

Alejandro Flores

Alejandro Flores

Escritor, periodista, crítico y gestor cultural. Fue reportero y crítico en el periódico El Economista y ha colaborado con las revistas Día Siete, Dónde, Chilango y Time Out. Impartió clases de Literatura y Sociedad en la UNAM. Se especializa en literatura y arte escénico contemporáneo.
En 2011 fundó Telecápita. Y también es sampleador de paranoias y escapista cognitario.

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