Por Jesús Pacheco*

A pesar de su edad y de su enfermedad, Hubert Selby Jr., autor de Última salida para Brooklyn y Réquiem por un sueño, continuaba escribiendo guiones y dando clases en la Universidad del Sur de California hasta su hospitalización, en abril del 2004. Dedicaba al menos cinco horas diarias a escribir y, también todos los días, dejaba una frase inconclusa para retomarla al día siguiente. Esa rutina se interrumpió aquel abril, y el 28 de ese mes murió como consecuencia de una afección pulmonar. Tenía 75 años. De su obra, The New York Times había escrito en cierta ocasión que entenderla era comprender la angustia estadunidense.

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Selby nació en Nueva York en 1928. A los 15 años se enroló en la Marina y tres años más tarde contrajo una tuberculosis que le costaría un pulmón y largas temporadas en el hospital. Esa experiencia no sólo lo obligó a volver a casa: cambió su percepción de la vida de manera radical. Incluso, él mismo llegó a decir que ese suceso había creado una tensión sigilosa y permanente cuya influencia podía percibirse en Última salida para Brooklyn, su obra maestra. Así, las letras norteamericanas —y todos los que nos hemos dejado conmover por sus historias habitadas por gente real, tan real y honesta como la muerte— tendrían mucho que agradecer a la tuberculosis de Selby.

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En Última salida para Brooklyn, cuya gestación comenzó en 1959 y fue publicado en 1964, Selby plasmó su conocimiento de los barrios bajos neoyorquinos de los años 50, habitados por prostitutas, pandillas y travestis que, a través de seis historias, se desenvuelven entre la oscuridad y la depresión. Todos los personajes parecen atrapados, inevitablemente, en la sordidez de su propia existencia. Misma que tiene una peculiar manera de manifestarse: la violencia.

“Es un aspecto de la vida urbana que nos vemos obligados a ver sin parpadear, pero en ninguna parte de las descripciones pormenorizadas existe la menor huella de esa elaboración gratuita que delata un recreo fascinado y que inspira al lector”, dice Anthony Burgess, autor de Naranja mecánica, otro libro violento, al referirse al universo contenido en Última salida para Brooklyn. Y qué mejor ejemplo que la historia de “Tralala”, cuyo final resume el mal inherente no sólo a los habitantes del Brooklyn cincuentero, sino a los de cualquier urbe en cualquier época. A la humanidad entera. La violación multitudinaria que tiene lugar encima de un colchón roído es la terrible fusión de sexualidad con violencia que, como bien señala Burgess, es la norma de las civilizaciones enfermas (¿habrá realmente un grupo humano que pueda jactarse de ser una “civilización” y ser “sano” al mismo tiempo?).

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Sin embargo, esa concentración en el lado violento y degenerado del hombre le valió a Selby su destierro del mundo de las congratulaciones y los reconocimientos que suelen convertir un libro en “lectura indispensable”. Semejante visión, tan obstinada como pesimista, lo hicieron, desde el principio, un autor incómodo. Y por lo tanto, fundamental —in-dis-pen-sa-ble— para quienes buscamos en los libros sinceros, contundentes y vitales, extractos de vida en plena precipitación hacia su final.

El amante de Lady Chatterley y Ulises son obras más importantes que Última salida… porque son menos cinéticas: descargan sus emociones dentro del libro mismo, produciendo así la catarsis del arte; no dejan al lector en un estado de inquietud que sólo puede aliviarse mediante la acción. (…) Última salida… presenta al hombre (…) como imposible de regenerar”, sostiene Burgess en el prólogo a la edición de Edasa.

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Los siguientes libros de Hubert contenían los ingredientes necesarios para hacerlos igual de perturbadores. Tanto The Room (1971) como The Demon (1976) tenían como protagonistas a personajes poseídos por la lujuria y la violencia, pero bien podríamos hablar de fracaso editorial al referirnos a ellos. Aunque escritores como Bret Easton Ellis lo tenían entre sus lecturas de cabecera —y American Psycho parece haber sido escrita tras una concienzuda lectura a The Demon—, el nombre de Hubert sólo volvería a figurar, aunque de manera muy discreta, gracias a Réquiem por un sueño, la película estrenada en el 2000 que pone imágenes a su libro homónimo (escrito en 1978) y narra algunas maneras que tienen los personajes para escapar por unos instantes del sueño americano.

No obstante que sus libros hablan con mucha frecuencia de estupefacientes, él no bebía ni se drogaba desde 1969. Pero sí llegó a referirse a la guerra contra las drogas en Estados Unidos como una gran mentira. Y si leemos con sagacidad, veremos en sus historias de personajes marginales, sucursales terrenales del infierno y autodestrucción una crónica que pone en evidencia la macabra ingeniería social que parece ir dictando los destinos aciagos de obreros, travestis, prostitutas, marineros, hombres de negocios o semi-familias en búsqueda de la felicidad.

“En este país degenerado, millones de personas son adictas a drogas legales”, llegó a decir. Quizá por todo lo anterior, Selby aún no tiene el lugar que debería tener en la literatura universal. ¿O ya se usará como lectura básica en alguna preparatoria avanzadísima en algún lugar del planeta? El año en que fue publicada Última salida…, Allen Ginsberg vaticinó que un día caería como una bomba infernal sobre Estados Unidos y que su autor sería leído con ansia aun después de un siglo. Han transcurrido 50 de esos 100 años. Quienes lo han descubierto no pueden parar de leerlo (y sufrirlo, sufrir con él). Y nadie que lo haya leído ha vuelto a ver con los mismos ojos a sus semejantes. ¿Será que podemos hablar de una profecía cumplida?

*Este artículo es parte del más reciente número de la revista Generación, que lleva por tema a los escritores malditos (y malitos). Lo reproducimos con el permiso de los editores. Muchas gracias. ¡Postre o muerte!

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