FLOYD MAYWEATHER JR. VS. MANNY PACQUIAO

Por Jorge Betanzos

“La pelea del siglo” (de este año) generó pocas expectativas: la afición sabía de antemano que Floyd Mayweather Jr. ganaría por puntos; pero que esta vez apoyaría a Manny Pacquiao. En la adopción intervinieron muchos factores; por ejemplo, el que Manny haya sido noqueado por un connacional lo diluyó de enemigo a un igual en tierra de los vencidos. También pudo deberse a su perfil místico en Facebook, donde siempre manda bendiciones al mundo. El hecho es que “El devorador de mexicanos” fue respaldado por los que alguna vez quisieron escupir sobre su tumba. Todos recuerdan el boxeo aguerrido del Pacman, su resistencia monográfica y su potencia, que es básica para causar daño. Caso contrario, el mundo descubrió que Moni es un fraude de los grandes. Se mueve a velocidad luz y es increíble que apenas puedan tocarlo, pero juega una pantomima autogestionada que no puede llamarse boxeo; de facto, podemos decir que cualquier niño en 1980 eludía los coscorrones con esa misma soltura y temor, pero ninguno era “boxeador” —aunque aplicara bending— ni recibiría la suma pornográfica de 3 mil millones de pesos por evadir cinturonazos.

FREDERIC J. BROWN, AFP, GETTY IMAGES

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En estricto sentido, el boxeo es un equilibrio entre evitar y repartir daño; media en ello el sazón, la gramática con la que cada quien hace de su pelea un discurso. Mayweather se ha caracterizado no por su boxeo, sino por un uso indiscriminado de los codos, del golpe de conejo y los amarres, que no son legales, pero aseguran bolsas y prenden (negativamente) a los aficionados. Moni ha generado una fórmula aburrida que hoy exige pasteurización: si las autoridades boxísticas quisieran enriquecer la entrada “Mayweather” en la enciclopedia, deberían marcarle caducidad a sus títulos; le deberían ser retirados por tiempo para devolverle la sed de pelear y no permanecer en el confort del mantenimiento y la evasión al castigo.

HARRY HOW, GETTY IMAGES

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El otro caso, el del filipino, también es debatible pero por otras razones. El Pacquiao de combustible, el que perdía el control y azuzaba a sus contrincantes se perdió con el knockout de Juan Manuel Márquez: aquel compás incómodo que lo hacía dañino se volvió recato; el mejor Pacman se fue. La distancia que mantuvo de su contrincante deterioró mucho sus posibilidades de ganar porque le cantó su estrategia a la cobra y, de hecho, hubo varios tropiezos. Algo igual o más nocivo para el Manny fue conformarse sólo con dar un toque, no más; se veía limitado para aprovechar las grietas donde pudo aplicar combinaciones más contundentes. Pero como todo en este deporte, ésa es sólo una apreciación de televidente. Quizá, desde el inicio, fue éste el proyecto para la pelea.

ISAAC BREKKEN, AP

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Al final, es necesario reconocer que Moni respetó mucho a Pacquiao y nunca le aplicó los codos. Es más, podría decirse que éste fue el encuentro más limpio de Mayweather, así fue que Manny pudo sobrellevarlo. De que ganó Mayweather, claro que ganó; ésas son sus reglas y ésas son Las Vegas, no hay nada que discutir: causó más daño del que recibió, aunque sólo pueda verse al microscopio. Es difícil entender un estilo de boxeo que no es boxeo, pero lo que los jueces valoran en Las Vegas no es igual en ningún otro sitio, por eso nunca sale de ahí.

JOHN LOCHER, AP

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A manera de conclusión puede decirse que Moni vende humo en donde debe haber concreto; está más interesado en la receta de las apuestas que en la gente. Ni hoy ni nunca importaron las estadísticas, porque un currículo perfecto no te hace héroe, ni deportista. Mayweather podría pasar a la historia como el gran campeón que nunca golpeó, el que estaba más preocupado en defender que en ganar: una especie de embudo por el que nunca pudo pasar ningún líquido. Moni ha ganado todo lo que es posible, pero le falta demostrar que lo merece.

STEVE MARCUS, REUTERS

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