Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

La vi desde el primer día que llegué a ese grotesco mazacote rectangular de varilla, concreto y tabla roca al que llamamos edificio. Noté, también, que con sospechosa frecuencia un grupo de adolescentes revoloteaba en torno a ella como un puñado de moscas alrededor de un mojón de mierda. No tardé mucho en descubrir porqué.

Era una mujer de unos 30 años con parálisis cerebral que vivía en algún piso superior del edificio. No sabía exactamente en cuál. No me interesaba conocer los nombres ni los números de los departamentos de mis vecinos. Eso significaba iniciar una relación y yo no quería nada de eso. No quería que vinieran a mi casa a pedirme una taza de azúcar o a tomar un café y charlar de cuestiones como el aseo inadecuado de los pasillos.

Ya conocía demasiadas personas en el mundo y entablar cualquier tipo de relación con otra me parecía obsceno y absolutamente innecesario. Además necesitaba de bastante soledad y silencio. Por eso prefería ahuyentarlos con actitudes soeces y descortesías. De cualquier forma, a Mayela, “La Idiota” —así había oído que la llamaban—, aquello no parecía importarle demasiado. Cuando me veía siempre se levantaba la falda. Se bajaba los calzones y se acariciaba torpemente el chocho mientras, con su otra mano, temblorosa, me hacía señas de que me acercara.

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Era repugnante. Pero, como dije en un principio, a los adolescentes que vivían en ese edificio y los aledaños les resultaba exactamente lo contrario. A todas horas venían a buscarla. La llamaban a gritos o le silbaban y se la llevaban con rumbo desconocido. Desde una ventana de mi departamento la veía alejarse con su andar torcido y penoso rodeada de su alborozada corte de acneicos jovencitos. No era difícil imaginar que la conducirían a un terreno baldío o la meterían en un auto para hacerle todas las marranadas posibles. Era normal. Cuando se es adolescente cualquier cosa es preferible a matarse a pajas. Pero a mí sus insinuaciones me tenían sin cuidado. Incluso poco a poco me fui acostumbrando y terminé divirtiéndome y bromeando con ella.

¿Dónde aprendiste eso, Mayela? —le decía cuando me mostraba las nalgas o me hacía gestos supuestamente excitantes—. Ella me respondía tartamudeando y soltando un hilo de baba por la comisura derecha de su boca: “l-l-l-o-o v-v-i-i e-n-n u-n-n-a p-p-p-e-e-l-l-í-í-c-c-u-u-l-l-a-a”.

No quería imaginarme quién o con qué objeto le ponía películas porno a una enferma como ella. Sobre todo después de enterarme que un siniestro anciano con peste a vagabundo, que carraspeaba todo el tiempo y maldecía en voz alta, era su padre. De ella y de otro hombre aproximadamente de su edad que padecía un grado de idiotismo más avanzado que el suyo.

Y así pasó el tiempo. Los chicos cogiéndosela casi a diario; ella enseñándome la abundante mata rizada de su pepa y yo riéndome y evadiéndola.

Hasta esa jodida noche.

Yo había bebido desde el mediodía y a esas alturas serían las tres o cuatro de la mañana. Entré tambaleándome en el edificio e incapaz de atinar con la llave a la cerradura de mi departamento decidí dormir sentado en las escaleras. Pero entonces, como una visión del infierno, la vi entrar en mi campo visual, turbio y desenfocado. Se acercó a mí esbozando algo parecido a una sonrisa. Arrastraba los pies chuecos, las manos le temblaban más que de costumbre y una espesa cuerda de baba blanca le colgaba de los labios. “¿q-q-u-u-i-i-e-e-r-r-e-e-s-s q-q-u-u-e-e t-t-e-e l-l-a-a c-c-h-h-u-u-p-p-e-e?”, me preguntó con su voz tartamuda. Pude decirle que no pero en vez de eso me saqué la verga, me la sacudí un poco para despertarla y se la ofrecí gorda y rozagante.

En menos de un segundo La Idiota, ansiosa y voraz, se lanzó sobre ella. Estaba completamente borracho, sí, pero eso no significaba ninguna excusa. A la gente le gusta eximirse de responsabilidades culpando al alcohol cuando se liberan sus demonios. Yo he aprendido que en mi interior vive un diablo perverso y malicioso al que es difícil mantener a raya durante mucho tiempo. Y le gusta salir cuando hay drogas o alcohol de por medio. Pero los dos somos uno y el mismo. Así que la tomé de la nuca y empujé su cabeza contra mi cadera.

Tristemente, La Idiota era una pésima mamadora. Obvio. Su sistema motriz era una desgracia. No tenía coordinación, ni habilidades, y era incapaz de tratar a mi pito como se merecía. Pero era demasiado tarde ya para simplemente dejarlo así. Había encendido los motores y era necesario despegar si quería de nuevo aterrizar sin problemas. En automático recordé que tenía agujeros y para desahogarme podía usarlos sin que hiciera falta que se moviera en absoluto.

Me levanté, la puse de espaldas contra la pared y la embestí grotescamente sin ningún tipo de consideración. Así estuve durante unos diez minutos. Duro y dale. Duro y dale. Hasta que eyaculé abundantemente en su interior. Después me dejé caer en el escalón, con los pantalones en las rodillas y me di cuenta de la estupidez que había cometido al cogérmela sin condón y —para acabarla de chingar— venirme dentro de ella. Quizá había quedado embarazada y yo con una gonorrea de puta madre. De ser así habría que actuar de inmediato. De lo contrario se me caería el pito y ella traería al mundo otro idiota. Como su padre. Como su madre. Eso seguro. Mayela, no mames —le dije—, mañana vienes a despertarme temprano para darte una pastilla contraceptiva.

Pensé que no iba a entender de qué le estaba hablando, pero me respondió con esa horrible expresión de su cara: “s-s-o-o-y-y e-e-s-s-t-t-é-e-r-r-i-i-l. N-n-o-o t-t-e-e p-p-r-r-e-e-o-o-c-c-u-u-p-p-e-e-e-s-s p-p-o-o-r-r e-e-s-s-o-o”. Descansé. No era tan ruin como para engendrar otro imbécil más. Ya somos demasiados. Solo quedaba por resolver lo de alguna posible enfermedad venérea.

Pero eso, en comparación, era lo de menos.

Editor Yaconic

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