Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

En un principio nadie, salvo los afectados directamente, le dio importancia a la noticia: un número un poco más elevado de lo común de enfermos de influenza no era para asustar a nadie. Esa misma tarde le tuve que detener a una vecina del tercer piso la puerta de entrada al edificio pues llevaba en brazos a su hija, una niña como de 10 años. Me pareció ridículo. Aquella chiquilla era demasiado grande para transportarla cargando pero no dije nada. Por mí que la arrastrara o la jalara de los cabellos. De cualquier forma noté, a pesar de que intenté evadir su mirada, un gesto de desesperación en su rostro. Nunca habíamos cruzado palabra. De hecho ella y su familia me desagradaban profundamente. Aún así la mujer me dijo: “Joven, es que tiene más de 39 de fiebre y no se le baja con nada”. No supe qué contestar más que un lacónico “llévela al medico”. Y seguí mi camino.

A la mañana siguiente, las noticias comenzaron a hablar de la posibilidad de una epidemia. Un contagio que amenazaba con volverse masivo de una influenza nueva, a la que llamaban porcina. Una enfermedad provocada por un virus que había mutado en el organismo de los cerdos para de ahí transmitirse a sus depredadores, los seres humanos. Tenía sentido: lo que han hecho los hombres con esos animales es una infamia. Bastaba encontrarse en la carretera con un camión de puercos para horrorizarse con su virulencia, sus chillidos lastimosos y esa peste maligna que los acompaña a donde van. Supongo que de alguna manera estaban intentando defenderse. De cualquier forma me importó un carajo. Las noticias son algo que ocurre únicamente en la televisión y los diarios. Sucesos, datos y cifras sin contacto con la realidad. Una variante, entre otras, de entretenimiento para la masa.

En el trabajo, no obstante, la gente comenzaba a sentirse demasiado inquieta. Sobre todo después de que se dio a conocer un reporte oficial —empezaron a transmitirlos cada hora desde las siete de la mañana— en el cual se anunciaba la inminencia de la epidemia y se daban algunas recomendaciones, más bien pedestres, para evitar el contagio. De cualquier forma, al final del día, casi todos estaban irracionalmente aterrados. Evitaban a toda costa el contacto físico y miraban con reproche a quien se atreviera a estornudar. Ni siquiera me sorprendió: una de las verdades fundamentales de la vida es que siempre hay un peldaño más que descender en la escalera de la estupidez. Solo tomé mis cosas, me escabullí sin despedirme de nadie, llegué a mi casa y me dormí de inmediato para olvidarme por unas horas del infierno de aquella oficina.

Por fortuna tuve un sueño reparador y desperté contento y optimista. Sin embargo, tales estados desaparecieron ante la vista de una despensa y un refrigerador vacíos. Faltaban todavía tres días para la quincena y mi dinero casi se había acabado. Tenía que conseguir prestado o serían días difíciles. Por lo pronto decidí, con el poco efectivo que me quedaba, pasar al supermercado para procurarme un desayuno decente. Pero en cuanto puse un pie en la calle me encontré con un espectáculo bastante singular, por llamarlo de alguna manera. Cientos de personas con tapabocas mirando desconfiadas a todas partes. ¿De verdad pensaban que ese ridículo pedazo de tela iba a protegerlos de un virus microscópico en caso de que este estuviera flotando en el aire?

En el supermercado las cosas no solo no eran diferentes sino que llegaban a niveles absurdos. Decenas de personas esperando ansiosamente frente a las cajas con sus carritos desbordándose de artículos que iban desde leche y cereal hasta focos y tornillos varios; además de desinfectantes de todos tipos y analgésicos baratos. Compras de pánico.

Nunca había visto nada semejante. Si compraba algo tardaría horas en salir, así que me dirigí al área de salchichonería con la esperanza de encontrar algunos bocadillos que me mataran un poco el hambre. Y tuve suerte. A pesar del tumulto que pedía a gritos kilos de esto y lo otro, encontré una charola llena de rollitos de jamón insólitamente intacta. Nadie los había tocado. Claro. El jamón era de cerdo.

Me puse a devorarlos con parsimonia mientras observaba a esa extraña gente que me devolvía las miradas como si fuera un demente porque comía puerco y no llevaba tapabocas. Por un instante fantaseé con llevar un rifle de asalto y disparar contra esa manada de cretinos. Entonces un anciano barrigón, de unos 75 años, que llevaba tiempo mirándome, se me acercó y me espetó agresivamente con su vieja y cascada voz: “No seas inconsciente cabrón, tápate el hocico, aquí nadie quiere que le contagies tus virus”.

No podía creer lo que acababa de decir aquel saco de mierda. Le gruñí como hacen los perros cuando alguien los molesta mientras se alimentan y el vejete, convencido de que en realidad estaba loco, se alejó lentamente bamboleándose y arrastrando los pies. Era patético. ¿Por qué no simplemente se quitaba el tapabocas y se moría de una vez?

Me resultaba difícil comprender que a su edad tuviera tanto miedo de morir. ¿Acaso no estaba cansado de tanta mierda? Yo, francamente, espero tener la decencia de no vivir más de 55 años. Aunque nunca se sabe, claro. Terminé con el último bocadito de jamón y partí rumbo al trabajo. El metro presentaba un panorama idéntico. Incluso había sujetos que llevaban máscaras antigases que les cubrían desde el mentón hasta la coronilla. Puta madre.

Esa jornada trabajé sin interrupciones. Nadie se acercó a preguntar nada ni a comentar sobre las nalgas o las tetas de las recepcionistas, lo cual me complació sobremanera. De cuando en cuando alguien comentaba alarmado que la OMS había subido la alerta sanitaria a una fase superior y unos minutos después otro afirmaba que la habían bajado. Y así transcurrió el día. Por la noche, cuando estaba a punto de irme, uno de los jefes vino a mi cubículo y me pidió un trabajo en calidad de urgente: había que inventar una docena de frases para la campaña publicitaria de un desodorante juvenil. Esa puta costumbre tenían los jefes. Pedirte las cosas cuando estabas a punto de largarte de la oficina. Me tomaría dos o tres horas más pero no había salida. Sin mirarlo, le dije, señalando mi escritorio, “deja ahí la info. Enseguida lo hago”.

Aventó el folder y se alejó pisando con fuerza exagerada. A ninguno de mis superiores les simpatizaba. No lamía sus botas ni les mostraba sumisión pero resolvía problemas. Funcionaba bien para ambas partes así que por lo general me dejaban tranquilo. Dos horas y media después había escrito las frases que se repetirían hasta la náusea en radio, televisión y medios escritos. Todas tenían que ver con ser cool y tener la actitud correcta para que las mujeres se rindieran a tus pies. Aunque hubiera preferido escribir algo así como “los sobacos te apestan porque eres un animal. No lo olvides. Aunque te perfumes hasta el culo seguirás siendo un animal. El peor de todos”.

Ahora necesitaba un trago y me fui directamente a un pub de esos con ínfulas de irlandés que pululaban en la ciudad. Para mi sorpresa el lugar estaba casi vacío. Unas tres o cuatro personas nada más. Me decepcionaron los borrachos habituales. No temían reventarse el hígado bebiendo litros de cerveza a diario pero ahora se encerraban como ratas en sus madrigueras por un pequeño virus. Pero eso no era lo peor. Los meseros, los cantineros y hasta los guarros de seguridad llevaban cubrebocas y guantes de látex. Así no se podía vivir. Pedí un whisky en las rocas y me lo bebí de dos tragos. Pagué y dejé atrás a esos maricas.

influenza porcina

Subí al autobús que me llevaría hasta mi casa en los suburbios y esta vez lo que vi sí que no me lo podía creer. El chofer y su ayudante, dignos representantes de su gremio de estúpidos, ejemplo rotundo de la involución de las especies, llevaban también tapabocas cubriéndoles sus apestosos hocicos. Imbéciles. Vivían peor que cerdos: se sacaban los mocos con los dedos, escupían en la calle, tiraban basura, meaban en botellas de plástico para luego lanzarlas a las avenidas y ahora se hacían los muy asépticos tratando de preservar sus lamentables vidas como si valieran un carajo.

Pero eso no era todo. Unos kilómetros más adelante, a la altura de Satélite, vi a las cuatro o cinco putas exuberantes que se prostituían a un lado del Periférico. Estaban ahí, al pie del cañón, con sus microfaldas y sus tops ajustadísimos, riendo y provocando a los pocos automovilistas que circulaban a esa hora. Como de costumbre, se levantaban las falditas para enseñar las nalgas o se agachaban al tiempo que se apretujaban las tetas con los brazos. Me caían bien aquellas mujeres. Eran simpáticas y lo bastante vulgares como para hacerme pensar en más de una ocasión en contratar sus servicios. Pero algo no andaba del todo bien: tenían puesto un tapabocas. Sí. Ellas que se jugaban la vida todos los días abriendo las piernas para quién sabe qué asquerosos patanes. Ellas que se hablaban de tú con la ruleta rusa, habían sucumbido también a ese pánico irracional generado desde un estudio de televisión. ¿Acaso ahora en vez de pedirle a los clientes que usaran condón les pedirían que llevaran tapabocas?, ¿cómo pensaban mamar?, ¿cómo gritar cochinadas? Más que descabellada, aquella idea me pareció tristísima y me fui a dormir molesto y apesadumbrado.

El siguiente día fue peor. La gente parecía haber enloquecido por completo. Apenas notaban que alguien tenía un poco enrojecidos los ojos y ya querían ponerlo en cuarentena. No se diga si les dolía la cabeza o presentaban molestias comúnmente asociadas a la fiebre. El gobierno de la ciudad decretó el cierre de restaurantes, bares, cines y centros comerciales y canceló todo tipo de espectáculos masivos. Incluso había noticias ya de que algunos gobiernos de otros países habían cancelado vuelos y navegaciones con destino a México.

A medio día citaron a todo el personal de la agencia a junta para avisarnos que se suspendían las labores hasta nuevo aviso; lo cual podría ser en cinco días o quién sabe cuándo carajos. Todo dependía, según ellos, de cómo evolucionara la epidemia. Mis compañeros se precipitaron hacia la salida. Tenían prisa por llegar a sus agujeros y esconder la cabeza junto con toda su familia hasta que hubiera desaparecido el malvado virus. Yo me lo tomé con calma. Ni tenía miedo ni me esperaba nadie, así que aproveché para resolver algunos pendientes que reclamaban atención desde hacía tiempo y de paso averiguar qué decía la gente en internet acerca de lo que estaba pasando. Encontré varias explicaciones y cuestionamientos en su mayoría diametralmente opuestos a las versiones “oficiales”. Unos afirmaban que se trataba de una cortina de humo del gobierno tendida para esconder acciones perversas y otros aventuraban que se trataba de un complot instrumentado por una poderosa y ancestral organización llamada los Illuminati con el fin de dominar el mundo. O algo así. Nada nuevo. Había escuchado cosas parecidas, con apenas algunas variantes, durante toda mi vida.

Después me puse a ver pornografía y videos de futbol. Me gustaba hacer eso. Hacerles creer a mis jefes que trabajaba arduamente cuando en realidad no estaba haciendo nada productivo. Podía hacerlo durante días e incluso durante una semana entera. Mi récord eran siete días completos. Pero planeaba intentar romperlo muy pronto.

Así entre culos, tetas, mamadas, cogidas y los mejores goles de Hugo Sánchez, me dieron las 11 de la noche. En Reforma y Campos Eliseos me bajé del taxi, que debí esperar más de 40 minutos, para hacer el enroque con el autobús que me llevaría hasta mi departamento. La ciudad parecía desierta. Un inmenso mamut de acero y concreto que se hubiera sacudido con violencia para deshacerse de sus millones de pulgas. Ningún auto circulaba por la vieja avenida. Los bares, vacíos y a oscuras, daban la impresión de ser burdeles en ruinas. Solo tres trabajadores metidos en unos trajes blancos que los cubrían de pies a cabeza, con un pequeño visor a la altura de los ojos, deambulaban por ahí moviéndose lentamente, como fantasmas, en la oscuridad.

No podría decir exactamente qué estaban haciendo pero a intervalos lanzaban un líquido de unas mangueras conectadas a las mochilas que llevaban a cuestas, hacia el camellón y las calles aledañas. Tal vez estaban desinfectando. O una mierda similar. Los observé con atención durante los 20 minutos más que me vi obligado a esperar antes de que apareciera el camión. Era una visión ciertamente extraña y pensé que al mundo le caería muy bien que desaparecieran unos cuantos millones de seres humanos. Antes de llegar a mi casa pasé a un minimercado que abría de manera permanente y me gasté el dinero que había pedido prestado la tarde anterior en whisky y cervezas. Si no iba a poder salir demasiado lo mejor sería estar bien acompañado.

No recuerdo con exactitud qué ocurrió en los días subsecuentes. Acaso ciertas visitas femeninas, mucha cocaína, unos cuantos orgasmos y una despedida poco amable. El caso es que una semana después, así como llegó, la epidemia desapareció. La televisión decretó el fin de la contingencia sanitaria y las cosas volvieron a su normalidad. Para casi todos. Porque el día que regresé al trabajo, al salir del departamento, me topé con el cortejo fúnebre de mi vecinita del tercer piso. Todos los dolientes llevaban tapabocas y aunque juro que intenté evitarlo alcancé a escuchar los comentarios de un trío de adolescentes que pasaron a mi lado y entre risitas ahogadas se decían uno al otro: “Chale, entonces lo de la influencia no era mamada, güey, ¿verdad?”.

Editor Yaconic

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