Por Mario Castro / @LaloCura__

Durante diez años, Rubem Fonseca (1925) fue un policía que pasó de revisar el papeleo de oficina a la investigación de campo; que conoció el sistema judicial brasileño de fondo, la porquería que hundía en cárceles a los negros y mestizos mientras la sociedad blanca, la misma que negociaba las maderas del Amazonas, celebraba churrascos en jardines de Petrópolis, Brasilia, Sao Paulo o en las playas de Rio de Janeiro. Luego, cuando tenía 38 años, Fonseca decidió ser escritor.

En 1963 publicó Los prisioneros, su primer libro de relatos, y desde aquel año ha escrito casi una treintena de obras, entre novelas, cuentos, crónicas y sus memorias. El 11 de mayo de 2015 Fonseca cumplió 90 años de vida y es bien sabido que disfruta el anonimato; reniega la presencia pública y conceder entrevistas. Fonseca: uno de los escritores más importantes de América Latina.

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Un día me topé con un cuento llamado El cobrador, igual que una película que hacía poco había salido y que me pasó sin pena ni gloria. En el cuento hay un negro harto de no tener asistencia médica, ni panochas, ni comida que disfrutar; su única amiga es una magnum con la que se aventura por las calles de Río para tomar todo aquello que le fue negado por la sociedad, machete en mano y cabezas rodando. Certero el tío. Certeras las palabras que se llevan de calle a la película… Por mucho.

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Por Zeca Fonseca, 2009

Este cuento apareció a finales de los setenta en un libro homónimo que reúne las historias de otros personajes viscerales: un abogado con gustos gastronómicos-etílicos y cancerígenos extravagantes; dos asesinos a sueldo que se persiguen en el Amazonas; un hombre casi anciano que decide cambiar a las mujeres maduras por cuerpos jóvenes dispuestos a explorar cada pliegue de carne… Se trata de un libro que causó revuelo dentro de una sociedad brasileña bajo el mando militar, pero no más que su antecesor Feliz año nuevo cuya censura se prolongó durante diez años ¿Quién se atrevió a mostrar desde la literatura a una sociedad tan grotesca y ruin?

REESCRIBIR LA NOVELA NEGRA

No pocas de las historias de Fonseca comienzan con un asesinato, el hallazgo de un cuerpo, una persecución o un abogado que resuelve un caso. Aunque la línea no varía mucho a la de la novela negra (detective-agente, asesino-sospechoso, misterio-asesinato) aquí no se busca sólo esclarecer lo sucedido e incluso puede ser predecible quién es el criminal. El trabajo de Fonseca es crear una atmósfera caótica en todos sentidos: en la sociedad que nos muestra no hay un orden antes ni después de los crímenes, los personajes son violentos no por asesinar sino por la relación que establecen con el otro.

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Los policías son hedonistas, como casi todos sus personajes; saben que por más que resuelvan casos el mundo no será un lugar mejor: “El crimen de la chica de la barra. ¿Cuál es la pista?/ ¿Qué chica? ¿La que estrangularon, la que atropellaron, a la que le dispararon en la cabeza, la que…?” Nada cambiará, no hay un mensaje de esperanza o algo que reconforte tras estas historias: los pobres seguirán muriendo de hambre o venganzas, los ricos morirán por traiciones amorosas o financieras. Por supuesto, no hay moral, ni siquiera los religiosos respetan esto: “Gumercindo estaba tirado en la sala, su camisa empapada en sangre. A su lado, la imagen de Exu hecha pedazos […] Estoy en paz con mi conciencia. Estoy en paz con Dios. Tengo el amor de Jesús en el corazón.”

DE AMORES FLUIDOS

Hay quienes dicen que Fonseca es un misógino por la forma en que sus personajes tratan a las mujeres: un cuerpo que puede intercambiarse libremente. En un pasaje de su novelita Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro uno de los personajes, el escritor Gustavo Flavio, explica que no es el poder de un género sobre otro sino la animalidad del humano lo que guía al sexo; para él ponerle los cuernos a alguien no tiene que ver con romper moralidades sino que es mera naturaleza: no hay monogamia, la carne es carne y se come de donde caiga, mejor aún cuando se busca salir de la rutina pues no es necesario un semental con quien hacerlo ya que en estos casos “un burro es suficiente”.

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Ilustración Abia Dina Díaz

Fonseca muestra en sus narraciones cómo el amor puede nacer del subconsciente literario (gracias Nabokov, Sade, Dostoievski, Kierkegaard); del acto de matar en pareja como muestra El cobrador, salir del mood mirrey para volverse amantes y planear a quién asesinar para continuar con el amor en el que el sexo es prácticamente perfecto (Carpe diem). ¿Qué es el amor? No importa si podemos apreciar distintas formas de amar, tal como el brasileño lo hace.

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Además frecuenta una visión del placer bastante peculiar: sus personajes tragan cuanta comida exótica les ofrezcan. Algunos se apenan por cagar en la habitación contigua a la de su esposa, mientras otros charlan plácidamente con su pareja, 40 años más joven, mientras ésta mea en el excusado. Su literatura se puebla de vaginas de todos colores y vergas venosas. Un placer desmedido que transgrede con descripciones vivas de fluidos, genitales u orales, presentados en escenarios sexuales, gastronómicos o cagando, pues esto “puede ser educativo e intelectualmente excitante”.

Podríamos nómbrala como una estética de los fluidos, pero eso corresponde a los cánones literarios ¿Al lector qué?

LA EXCRECIÓN DE IDEAS

Quizá la mayor obsesión de Fonseca es la que gira en torno al acto de crear literatura. El cobrador hace poesía mientras dispara a sus víctimas: el crimen y la poesía son aquello que lo tranquiliza, las formas de reconocerse frente al mundo, como si retomara el término aristotélico de poiesis como producción. Cobrador es una especie de redentor, de creador, de Dios cuyo trabajo no reordena al mundo, se transforma aunque no se sabe si para bien o mal.

Gustavo Flavio, el alter ego de Fonseca, se pregunta constantemente qué hace, cuál es su papel en el mundo. Y se responde que es aquel que hace al lector ver lo que el escritor ya vio en una realidad no convencional: el recurso importante es la imaginación; sin ella, y sin valor, no hay motivo para escribir. Sin embargo, no resulta sencillo cumplir este requisito.

Bufo & Spallanzani es quizá una de las obras maestras fonsequianas. Inicia con un crimen, pero se trata de un juego literario que va más allá de la novela negra: el lector observa de cerca el proceso de creación del escritor. Una novela que empieza a escribirse dentro de la novela. Gustavo Flavio se frustra pues no sabe hacía donde se dirigen sus letras, suda frío, se preocupa por el asesinato de su amante (del cual es sospechoso), de vez en cuando deja entrever fragmentos de su trabajo. Al final no publica nada.

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No es sencillo ser escritor. Un observador que se tiene a la mano y que la mayoría de las veces se ignora. Una persona más. Más que un genio, el escritor visto por Fonseca sabe explorar su sensibilidad: indaga lo que tiene en frente, une detalles, engaña a todos. Sólo le hace falta valor para fracasar y para decir lo que está prohibido, valor para no merecer un premio.

La escritura de Fonseca, sus obsesiones, la frustración de sus escritores podría resumirse en una frase de Flavio: “el peor de todos los premios es la consagración en vida”. Dicho sea de paso, el personaje Mandrake (su alter ego policiaco), que aparece en distintas narraciones, llegó a la pantalla chica de la mano de HBO con la ayuda de Fonseca. ¿Qué consagración más depravada, para la literatura, que llegar a televisión? Eso importa si se es académico. ¿Al público qué?

 

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