Por Miguel Ángel Morales / @mickeymetal
Fotos: Jaime Fernández /@jaimefphoto

Vestido de negro, Mario Bellatin abre la puerta de su casa de estilo porfiriano. Al entrar, lo primero que uno mira es su amplio estudio, pero él prefiere charlar en su pequeño comedor, donde hay un librero con obras de Kant, Schopenhauer, el I Ching y la Biblia. Su casa, de techos altos y piso de madera, ve a sus galgos deambular. Ponzoñita, la más joven de las tres bestias, se sienta cerca de su amo. Amablemente, Mario pone una charola de pan sobre la mesa. Tomo una rosca glaseada. Él va por la segunda pieza. Detrás de nosotros se hallan algunos ejemplares de sus Cien mil libros.

Mario Bellatin

Portada_Jacobo_Reloaded

La prosa, austera y sombríamente irónica de Bellatin es un llamado a la dispersión. Como ejemplo está su más reciente novela, Jacobo reloaded (Sexto Piso, 2014), reescritura de Jacobo el mutante. En esa obra germinal de 2002, un narrador en tercera persona comenta un texto —La frontera— que el escritor austriaco Joseph Roth supuestamente nunca publicó. Lo destacado aquí es que algunos de los catalogados como errores en una narración tradicional son atribuidos por ese narrador privilegiado que habría tenido acceso al texto a circunstancias externas: la ebriedad del autor mientras escribía, la larga duración del período de creación, el carácter preparatorio del texto, que no sería más que un borrador para otras obras, o a la pérdida de determinados fragmentos. El mismo Bellatin ha afirmado en más de una ocasión que el material dejado por Joseph Roth es falso. La escritura como artefacto. Ahora, tenemos este nuevo dispositivo, reelaborado, en el que el lector suspende de nuevo el pacto ficcional y se adentra en el abismo que implica su escritura.

Jacobo reloaded es una obra abierta que cede camino a la pluralidad, a lo irreductible, a la travesía de sentidos. Mario Bellatin intenta hacer algo coherente con esos fragmentos. Ha escrito un libro continuo durante décadas y que tiene múltiples ramificaciones. Su escritura salta de un lado y otro, desconfigurando las parcelas del mapa conceptual con el que enmarcamos lo que a veces llamamos ficción, biografía o ensayo.

¿Por qué te interesó el tema religioso?

Una cosa que he hecho siempre es tratar de disfrazar o de darle forma a un tiempo y un espacio para el lector —que está presente en cada uno de mis libros— con distintas tradiciones literarias. He hecho cosas japonesas, árabes, judías, etc. Por otro lado, mi escritura tenía un creciente interés sobre las preguntas que se plantean desde el punto de vista místico. Cuando se hizo el libro se registró el ataque a Palestina por parte de Israel. Era uno de los instantes de exacerbación de esta (aparente) guerra ideológica que no tiene salida y que si nos retrotraemos de alguna manera tiene que ver con la Guerra Santa de los siglos IX y X, y con su reactivación en los años 2000, con las Torres Gemelas, etc.

Traté de explicarme dónde está el truco. Todo son cuestiones políticas disfrazadas de temas religiosos o de creencias, de ideas, que a fin de cuentas son las mismas. Yo creo que las tres religiones monoteístas (el catolicismo, el judaísmo y el Islam) son parte de lo mismo. En este texto trato, de alguna manera, buscar cuál es el punto en común que tienen estas tres religiones y lo encuentro en lo jasídico, que es tomado como una especie de judaísmo primitivo. Yo creo que en ese primitivismo judaíco es donde convergen las tres religiones mencionadas. Llego al punto de darme cuenta que todas ellas nacen de una ficción, porque uno se acerca a libros sagrados como el Corán, la Torá o el Nuevo Testamento, y ve que no existe ningún elemento que esté presente en las guerras. Son guerras creadas, interpretaciones patriarcales. (…) Es que muchas veces las religiones han servido como colchón, como estrategia, para llevar a cabo las acciones más horrendas.

En Jacobo reloaded también está presente un elemento particular contemporáneo que es la violencia nacional, la cual parte de un elemento en común que es el narcotráfico. Ahí nadie repara que es un invento. No es un delito. Lo inventaron. Todo lo que conlleva hacer del narcotráfico un delito (muerte, asesinato, corrupción) es una mentira.

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El dilema, entonces, tiene que ver con el problema de la ficción. ¿Qué papel encuentras en la ficción que no tiene lo “real”?

Justamente la ficción está llamada a señalar estos huecos que la realidad no puede explicar. Si yo hiciera una novela socialista sería una copia del periódico o de otros medios de comunicación mucho más efectivos. Si, por ejemplo, hiciera una novela sobre el caso Iguala y me demoro cuatro años en hacerla, no sé qué sentido tendría. La realidad es mucho más rápida. Si me interesara captarla, mejor hago una cuenta de Twitter. Agarro una pistola o salgo a la calle, no sé, algo más efectivo. Sin embargo, y pese a esto, la ficción es más importante que antes porque en esos espacios copados por los medios de comunicación o por un imaginario colectivo inmediato o por una violencia inmediata que exige una solución inmediata, ésta es un espacio de reflexión para poder ver más allá, ver algo más grande. No digo que mi libro lo logre pero es un intento de hacer eso. Esta ahí, dentro de tanta construcción, y busca hablar de muchas cosas: de la locura, del absurdo, de los elementos que tiene la literatura, de la carnavalización, de la mentira, de la verdad, de la ficcionalización, de las metáforas, de la metaliteratura. Todos los elementos que tiene este libro los pongo en juego para entender esos fenómenos, no tanto para hacer construcciones retóricas.

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En México no es usual que se aborden narrativas que jueguen con la figura del autor o que busquen su borramiento. Hay mucha solemnidad. Las escrituras mutantes causan, a veces, desconcierto.

Claro. Los autores en México no viven nunca en un juego. Son dueños de sus textos y punto. Hay una propiedad privada, una privatización que se extiende en toda Latinoamérica. También las editoriales forman parte de esta privatización en todo el mundo. Hay una lucha por monopolizar la obra. Nadie se atreve a reinterpretar las obras de otros autores, como yo lo interpreto aquí en este libro, con la idea de que las tres religiones son la misma. Esto que planteo es una hipótesis y puedes refutarla después de haber leído el libro, porque en realidad es más bien una pregunta, no es un tratado para demostrar que todas las religiones son iguales, sino una pregunta que me hago como podría hacérsela cualquier otro individuo, pero sí es cierto lo que dices.

También me pregunto en qué momento muchas editoriales dejaron de lado su rol —utópicamente, no estoy seguro— de ayudar a que la información circule, a que un texto de un autor llegue a un lector, a que haya dos instancias que se unan. Las editoriales abandonaron eso para convertirse en privatizadoras de la información. La idea es: “Este autor es mío, este texto es mío”.  Hay contratos, hay clausulas, hay cosas que no tienen que ver absolutamente ni con el autor, ni con el lector, ni con la literatura ni con el texto. Y los que salen más perjudicados son ambos extremos de la línea, el autor y el lector. El lector no lee lo que quiere leer y el autor no encuentra quién lea lo que puede crear.

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¿Escribes más de lo que lees?

Ya no leo nada. Leo comienzos. Soy especialista en comienzos y finales. Ahí me doy cuenta de qué va a pasar en una obra. No es que lo considere una virtud o un defecto, sólo es un hecho. Yo antes leía más. Cada vez lo hago menos. Hay algo raro, que no lo estoy reivindicando ni mucho menos pero me parece que el tiempo que dedico a leer es el tiempo que le quito a escribir. Al mismo tiempo es absurdo porque no pienso que mi literatura sea importante. Nunca diría: “Ay es tan importante mi escritura que siento que estoy perdiendo el tiempo cuando leo”. Hay algo ahí que no tiene lógica pero que me ocurre.

Leer demasiado es algo que pasa en la academia. Muchos de los que pertenecen a ese círculo buscan exponer cuán eruditos son…

¿Ves eso en mi literatura? No. Pero está llena de autores. Cuando regresé a México después de muchos años, veía en las conferencias de mucha gente que estaban llenos de citas. Y yo decía: “¡Pobres, no tienen ni una idea propia!”. Se la pasan diciendo: “Ah, como dijo Foucault, como dijo Derrida, como dijo Chuchito”.

A mí me costó un tiempo de reacomodo social darme cuenta que estas personas hacían eso para mostrarlo como una virtud. Eso que yo pensé que era un defecto de los pobres, de decir “uno tiene una sola idea, pobrecitos” no era así. Más bien, hay personas que tienen que recurrir a otras 40 mil y se acaban convirtiendo en portavoces. No tienen una idea propia. Es como un almacén de ideas y no una forma de razonar. Yo creo que la cultura es eso: razonar más que almacenar ideas ajenas. Volviendo a la pregunta que haces: Sí. Escribo más de lo que leo, pero no creo que sea más importante lo que escribo que lo que no leo.

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Dejemos la lectura y la escritura un rato. ¿Qué es lo que te gusta hacer como hobby?

Cazar liebres. Pero eso suena como el rey de España que caza elefantes (risas). No sé, irme con los perros a cazar liebres. Nunca cazan nada pero hacen como que cazan, persiguen a las liebres. Lo que hago siempre es estar atento sin estar atento. Esto es saber qué pasa sin saber qué pasa. Por ejemplo, ir a las librerías pero no comprar un solo libro. Llego y veo todo lo que hay y veo todas las reseñas. Canibalizo toda la librería pero no me voy con un libro. Ya tengo mis libros de siempre. Ahí hay todo lo que tengo que saber. Prefiero volver a esos libros que traer muchos libros. Siento que los libros no tienen que ser “exclusivizados”. Entonces, libro que llega a mi casa, libro que se va. Me gusta compartir la experiencia de lectura, no hacer algo acumulativo. Ya casi no tengo libros.

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