Por Bibiana Camacho

De la columna Dalias Negras

Hollywood suele ser despiadado cuando los actores envejecen, sobre todo si se trata de mujeres. Son en realidad muy pocas las estrellas que han logrado permanecer en la gran industria. Pero si esto es difícil por una cuestión de edad, cuando el cine silente desapareció para dar lugar al sonido fue todavía más duro. Muchos actores y actrices no lograron pasar la prueba; algunos porque tenían una voz poco atractiva, otros porque no lograron adaptar sus actuaciones a las nuevas exigencias del público.

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Lucille Fay Le Sueur, mejor conocida como Joan Crawford, pasó con éxito del cine mudo al sonoro de forma natural. Joan era considerada una de las grandes estrellas de Hollywood por su puntualidad, profesionalismo, su acatamiento a las normas más estrictas y absurdas de la industria, y por su obediencia a directores y productores. Su bisexualidad y promiscuidad ayudaron a solidificar el mito; además, era considerada una mujer generosa: colaboró con varias asociaciones benéficas.

El hecho de haber sido una obsesiva de la limpieza no le restó puntos en absoluto, y nadie imaginó que quizá esa manía podría traer consigo otro tipo de traumas más profundos, por supuesto menos visibles. Joan solía lavarse las manos cada diez minutos y cambiar el WC de su casa cada que se divorciaba; es decir, cinco veces. Cuando se hospedaba en un hotel lo primero que hacía al llegar era limpiar ella misma el baño. Evitaba a toda costa el contacto físico.

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Resultaba normal e incluso atractivo que esta femme fatal tuviera tantas excentricidades, después de todo una estrella de Hollywood se puede permitir eso y más. Por si fuera poco, durante cincuenta años protagonizó películas al lado de Clark Gable, como Amor en venta. También co protagonizó con Bette Davis la mítica película ¿Qué pasó con Baby Jane? Por cierto, la cinta pareciera una predestinación, pues el papel que interpreta Joan es muy parecido a lo que se convertiría años después, cuando se encontraba sólo acompañada de sus demonios.

Joan Crawford ganó un Oscar en 1946 por su papel en Mildred Pierce y al puro estilo que Angelina Jolie tomara después, adoptó cuatro niños: Christina, Christopher y las gemelas Catherine y Cynthia, acto que no pasó desapercibido para la prensa y sus fans, que la llenaron de elogios.

Crawford escribió dos libros autobiográficos A portrait of Joan, en 1962, y My way of life, en 1971. Su vida parecía perfecta; pero poco antes de morir víctima de cáncer a los 73 años, se enteró de que su hija mayor, Christina, estaba por publicar un libro en el que narraría su infancia al lado de su madre. Joan declaró que seguramente Christina lo hacía para lastimarla y sacar dinero, y le dio carpetazo al asunto. No tuvo oportunidad de enterarse que el libro Mamita querida no sólo se convirtió en un éxito de ventas en 1978, sino que se rodó una película en 1981 basada en el libro y que tuvo como protagonista a Faye Dunaway.

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Mamita querida es una autobiografía feroz que retrata a Joan como una perfeccionista sádica, una alcohólica incontrolable que castigaba a Christina con un rigor desproporcionado por las faltas más insignificantes. La autora narra una infancia marcada por los malos tratos físicos y psicológicos. Sin duda el libró causó morbo, a tal grado que permaneció en el primer puesto de la lista de los más vendidos del New York Times durante cuarenta y dos semanas.

La reputación de “La Dama de Hollywood”, como se le conocía por su refinado gusto para vestir, quedó por los suelos, tanto en lo profesional como en lo personal. De nada le valió haber dejado en su testamento fuertes cantidades a las asociaciones de caridad: U.S.O. of New York, Motion Picture Home, American Cancer Society, Muscular Dystrophy Association, American Heart Association y Wyltwick School for Boys. Su bondad, sin embargo, no se repartió de igual modo con sus hijos: sólo les dejó herencia a las gemelas; mientras que Christina y Christopher quedaron fuera del testamento.

La mayoría de las reacciones de los amigos y conocidos de Joan fueron de franco rechazo Mamita querida. Las gemelas siempre afirmaron que su madre las trataba amorosamente y que lo que Christina escribió era producto de su mente fantasiosa. Se sintieron tan molestas que incluso dejaron de hablarle y evitaron entrevistas, pues no quisieron darle más publicidad al libro. Incluso Bette Davis, quien tenía una abierta rivalidad con Joan, dijo que no sólo respetaba a la actriz por su talento y bondad, sino que definitivamente no se merecía un libro de esta naturaleza.

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Seguramente nunca se sabrá qué tanto de realidad y de mentira hay en el libro. Después de todo Joan siempre renegó tanto de Christina como de Christopher, a quienes tachaba de ingratos e indisciplinados. Varias veces cuestionada, Christina reconoció que era una niña testaruda y difícil, lo cual no concordaba con las expectativas de la madre, quien, en palabras de Christina, quería admiradores incondicionales y perritos falderos, no seres humanos.

Por otro lado, Hollywood se ha encargado de defender a la actriz a toda costa. Y cómo no hacerlo, después de todo fue una de sus creaciones más exitosas y taquilleras de su época. Además, la biografía de Crawford refleja a la cultura gringa: una mujer self-made que se sobrepuso a la miseria para convertirse en una estrella.

Joan nació en San Antonio Texas y creció en un hogar desintegrado, con privaciones y miseria. A los 11 años combinaba el estudio con el trabajo y el baile, y a los 19 ganó un concurso de charleston que le permitió viajar a Hollywood para integrarse como corista y bailarina de la Metro Golden Meyer. A partir de ese momento cortó las relaciones con su familia y se reinventó a sí misma. Su fuerte carácter y determinación se reflejan en sus pómulos marcados y su mirada retadora. Pero para nadie en Hollywood era un secreto su mal carácter y alcoholismo; incluso tímidas voces se alzaron en su momento para externar preocupaciones por los hijos adoptados. Christina narra cómo una vez su propia madre trató de estrangularla y de no haber sido porque la secretaria las separó, quizá la hubiera matado. Un funcionario de protección de menores las visitó, pero afirmó que no podía hacer nada más que llevar a Christina a un orfanato. Fue entonces cuando la niña entendió que la víctima sería castigada y no la cruel madre. A partir de ese momento adoptó una actitud cínica y retadora, lo que hizo que Joan enfureciera todavía con más frecuencia.

La escena más famosa, tanto del libro como de la película, es aquella cuando Joan enfurecida y alcoholizada castiga despiadadamente a su hija por usar ganchos de alambre para colgar los carísimos vestidos de su guardarropa: “¡Nada de ganchos de alambre!”, grita mientras golpea a la niña con uno de esos artefactos. Esa frase se ha incorporado en el lenguaje coloquial gringo —“No wire hangers”— para expresar la inestabilidad de una madre neurótica, de una mamita querida.

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