(Lee la primera entrega: John Zorn: Retrospectiva I. El contexto)

(Lee la segunda entrega: John Zorn: Retrospectiva II. La era extrema)

Por Eduardo Medina / @lalitro211

So, después del nacimiento de Tzadik, la escena completa de improvisadores, vanguardistas y downtowns encontró su foro más grande; el movimiento de la Radical Jeweish Culture fue en general una explosión, y la obra del propio Zorn también. En la cronología podemos advertirlo pronto: después de 1994 los discos editados bajo el nombre John Zorn se disparan a tres o más por año. A partir de este punto Zorn se vuelve una máquina y encuentra una nueva poética, un nuevo motiv musical: la producción en serie. Culpo a Masada, pero, en realidad, el motivo seriado en Zorn se encuentra desde el principio: recordemos los dos primeros volúmenes de la Classic Guide y todos sus Filmworks, serie que inicia en 1986 y se ve ininterrumpida hasta 2013. Serie que es, lo admito, una de las grandes ausencias de estos textos. Para el iniciado recomiendo la Filmworks Anthology, de 2005, que recoge material de todos los 15 Filmworks anteriores a él, y un track previously unreleased.

Así que, para nuestros propósitos, habremos de englobar la obra del neoyorkino en unos cuantos ejes rectores. Advertencia: grandes ausencias encontrará aquí el erudito; misterios insondables no se mencionan aquí para el iniciado, pero hagan ambos su propia búsqueda, no renuncie ninguno a su curiosidad, único elemento necesario para disfrutar la obra de nuestro compositor.

LA PARTE MALDITA

Como comentábamos en textos anteriores, después de Spy vs Spy, Zorn se propuso escandalizar, provocar, en cierto sentido descomponer. Descomponer la hipocresía y el confort de la música popular, contemporánea, del jazz, del punk, del metal, de la música clásica, y que de esa descomposición naciera algo nuevo, una cosa diferente. Naked City y Painkiller son bandas del caos, de la muerte; pero también de la iluminación. Pero la parte maldita de Zorn no se queda ahí, es una poética que mantiene hasta hoy día. Veamos.

En 2002 Zorn forma Hemophiliac, trío compuesto por él mismo en el saxo, Ikue Mori en las baterias y Mike Patton en los vocales y electrónicos. Este año sale a la luz su homónimo: un disco portentoso, demencial y maligno, pero a la vez divertido. Se trata de un álbum doble del que se publicaron sólo dos mil 500 copias autografiadas por los tres, en Tzadik. Completamente improvisado, es un álbum que a su modo revisa  momentos de la carrera de Zorn pero convive perfecto con las almas de los otros dos músicos. Es un disco asesino, pero frío. No llega a las explosiones de Naked City, pero tampoco a la pasividad y minimalismo de Redbird. Hay algo en él que nos hace temerle. El track “Edema” es uno de mis favoritos, sus 15 minutos de duración son un amplio paisaje de pesadilla y un viaje a través de tres voces poderosas. “Malabsortion” es el más nocturno y malévolo. Sólo otro álbum editaría este trío: el volumen seis de las celebraciones por los 50 años de Zorn.

También con Patton en los vocales, Trevor Dunn en el bajo y Joey Baron en la batería, Zorn formaría otro de sus tríos malditos: Moonchild. La formación intocada del trío daría dos álbumes en 2006: Songs Without Words y Astronome. Aunque en estos materiales Zorn no toca ningún instrumento, su mano en la conducción y la producción es evidente. La estética del black metal inunda por entero a Songs Without Words. Incluso su portada, a dos colores, semeja mucho a la del clásico del black De Mysteriis Dom Sathanas (1994) de Mayhem. Es un disco nocturno, brujeril, depresivo: una pesadilla en el bosque. Hacen falta agallas, lo digo en serio, para atravesar de la primera a la última pieza; en lo personal nunca lo he logrado, desisto, termino con náuseas. Pese a todo es un disco bello e impecablemente producido.

Astronome, por otro lado, es una exploración más heavy. Creo que tiene una influencia muy chingona de Judas Priest. Igual de potente que el primero, Astronome es de más largo aliento. Dividido en tres piezas, tres actos, el álbum es la pesadilla del profeta, el libro de las revelaciones, la locura de Kepler, de Nostradamus. Hay un drama que se mueve dentro de él, como una serpiente que va a romper el huevo. La obra entera crea una tensión difícil de soportar. En él, lo más importante no es la música en sí, sino lo que está más allá: el silencio. Astronome es una música del aplastamiento. Los personajes musicales que tiene dentro están en constante contacto con el miedo, la psicosis. Es un álbum impresionante. Tzadik lo editó hermosamente en vinil y en CD en una caja con un arte desplegable que ilustra constelaciones y otros motivos estelares.

Después, el trío Moonchild tendría sus añadidos. Para su tercer material, Six Litanies for Heliogabalus (2007), serían el propio Zorn en el saxo, Jamie Saft en el órgano, Ikue Mori en los electrónicos y un coro de tres voces. Como su nombre lo indica, seis tracks que son seis letanías dedicadas al emperador romano Heliogábalo, que son seis ríos por donde corre la sangre, pero es una sangre dual. La estética del disco tiene dos polos: el primero es la locura y el vicio, a cargo del trío y de Zorn; y el segundo es una iluminación rosada, a cargo de Mori, Saft y el coro de voces. Da la impresión de que, en las seis piezas, ambos polos están en combate, pero en realidad están en equilibrio. La portada del disco está inspirada en la pintura Las rosas de Heliogábalo de Lawrence Alma-Tadema.

Para los dos siguientes materiales, The Crucible (2008) e Ipsissimus (2010), la formación sería: el trío Moonchild junto a Zorn en el saxo y Marc Ribot en la guitarra. En el primero de ellos destaca Zorn de una manera evidente. Improvisando sobre sus escalas demenciales, duckcalls, pero también sobre escalas al estilo Masada, Zorn despliega su repertorio saxofonístico entero. A veces hasta dibuja tipos Coltrane, tipos Pharoah Sanders. Patton, como siempre, un monstruo. El tema central de The Crucible: la hechicería, la posesión del cuerpo por los espíritus malévolos, el baile del chamán oscuro. “Almadel” e “Incubi” son mis tracks preferidos. Ipsissimus, por otro lado, es una mitología, una monstruosidad arcana. Lleno de motivos mitológicos, alquímicos, a mí me parece más bien un álbum sobre la anatomía de los monstruos. Es un álbum con pliegues y texturas, como examinar el cuerpo de Alien. Ribot, no obstante, equilibra los motivos musicales y le da por momentos brillos de serenidad. Escalas que de pronto nos hacen sentir en terreno conocido pueblan el álbum entero, pero se esfuman pronto. Funky a su modo.

A los dos últimos materiales del Moonchild se uniría John Medeski en el órgano. Cerrarían el Templars: In Sacred Blood (2012) y el The Last Judgement (2014). Son álbumes preciosos y los más maduros y complejos de Moonchild. Medeski lleva al trío a una dimensión completamente diferente. Con motivos medievales, templarios, el díptico es también guerrero, asesino. El trabajo de Trevor Dunn en el Templars es apoteósico. El track, sin embargo, que más me cautiva de este material es “Secret Ceremony”. The Last Judgement es un material que no tiene madre. Creo que es uno de los mejores de toda la carrera de Zorn, y por ello no hablaré nada de él y dejaré que el lector y el escucha saquen sus propias conclusiones.

Escuchando estos álbumes llego a la conclusión de que fue precisamente Moonchild el proyecto responsable de otro que permanece sin nombre, pero que ya ha tirado tres potentísimos materiales con su formación cerrada. Se trata de un trío metalero liderado por John Medeski (órgano) y soportado por Kenny Grohowski (batería) y Matt Hollenberg (guitarra), responsable de tres de los más impresionantes álbumes que Zorn nos legara en este nuestro año 2015. Hablo de Simulacrum (marzo), The True Discoveries of Witches and Demons (agosto) e Inferno (octubre). Estos tres álbumes son los mejores que Zorn ha tirado en mucho tiempo (¿ha dado alguna vez uno malo?). El primero de ellos es el que más disfruto. “Marmarath” me produce constantes alucinaciones; “Paradigm shift”, también. Simulacrum me hace imaginar a Bach tocando metal, o a Napalm Death tocando algo de Bach. Estos dos universos conviven en armonía en este disco. The True Discoveries, por otro lado, más atonal, más libre, me recuerda a los mejores momentos de Meshuggah; incluso me hizo repasar el Sol Niger Within (1997) de Fredrik Thordendal, y encontré felices coincidencias. En este material la alineación está ligeramente cambiada; además de los mencionados tenemos a Trevor Dunn en el bajo y a Marc Ribot colaborando en las guitarras. Inferno, por otro lado, inspirado en Strindberg, me parece un disco más airado. No encuentro una relación muy obvia entre el título y su música, Inferno no me parece muy infernal, pero es un material exacto. Una relojería extrema que da, en ciertos momentos, intensas iluminaciones, como un esputo de fuego. “Pariah” es un track que prefiero.

Como vemos, pues, la parte maldita de Zorn sigue tan viva como al principio. Las piedras angulares fueron Naked City y Painkiller, pero el árbol ha dado ramas inmensas y frutos de sangre… y seguirá dando.

LA PARTE GENTIL

En los albores del nuevo milenio, la obra de Zorn encontró su núcleo, su semilla. Me refiero a la serie de tres álbumes The Romance Series, compuesta por Music for Children (1998), Taboo and Exile (1999) y The Gift (2001). Nunca como en estos materiales Zorn pretendió mostrar su poética, su lógica, de una manera más directa y más sincera. Si hay alguno que, por más, no logra penetrar en el Univerzorn, estos tres discos serían la puerta de entrada. Music For Children es un álbum que compila todas las inquietudes de Zorn, pero de una manera amable. No nos dejemos engañar, pese a la “amabilidad” del material, Music for Children esconde tracks agresivos y potentes, pero en su potencia hay algo de revelador. “Fils des etoiles” y “Sooki’s Lullaby”, primera y última piezas respectivamente, son de una bellísima serenidad y son las que dotan al material de esa lógica pueril que advierte el título; pero “Bikini Atoll” y “Bone crusher” pertenecen al universo maldito. La pieza que yo prefiero de este disco es “Dreamer of Dreams”, de suave surf nocturno. A lo largo de todos los tracks advertimos el uso de una caja de música (que Zorn seguiría usando en álbumes posteriores) a cargo de Anthony Coleman. Taboo and Exile por otro lado es un material ecléctico, muy funky, que construye geografías y paisajes de muy variada coloración. Cyro Baptista es colaborador de Zorn desde The Big Gundown, pero en Taboo destaca tremendamente. Otro de los tesoros del Taboo es la presencia de Bill Laswell y Dave Lombardo. Este trío Zorn-Laswell-Lombardo se le conocería como Bladerunner, y aunque no tienen ningún disco oficial (sólo un bootleg en vivo desde Londres, en el 2000) podemos escucharlos juntos aquí en los tracks “Sacrifist”, “Thaalapalassi” y “The Possessed”. Taboo and Exile es una delicia de la percusión. Joey Baron y Roberto Rodríguez también están presentes (tracks 4 y 9). Por último The Gift. Este disco es el más amable y el más accesible de toda la carrera del neoyorkino. Y es el que daría la pauta para otra de las series más hermosas: The Dreamers. The Gift fue “un regalo sólo para amantes” que les hizo John Zorn. Nunca como en este material su música está tan cargada de calor humano, de calidez y de pasión. Una música para enamorarse. El peso de Baptista aquí como en The Dreamers es total; el sabor latinoamericano cobra una nueva dimensión en el universo musical del compositor. Si quedaba alguna duda de la importancia de la música surf para Zorn, en The Gift podemos resolverla. Escuchemos “The Quiet Surf” o los paisajes selvático-budistas de “Train to Thiensan”. “La flor del barrio” es casi un poema para dedicarlo a quien arranque nuestros suspiros. Una belleza.

Así llegamos a The Dreamers, el proyecto más accesible del compositor, que ya nos ha dado cinco hermosos materiales: el homónimo del 2008, O’o (2009), Ipos, volumen 14 del Book Of Angels (2010), A Dreamers Christmas (2011), y Pellucidar: a Dreamers Fantabula (2015). La alineación de los soñadores es bastante peculiar, pero Baptista es el líder indiscutible: Saft en el órgano, Ribot en guitarra, Dunn en bajo, Baron en baterías, Kenny Wollesen en el vibráfono y Baptista en percusiones. Cinco materiales hermosos, cálidos y divertidos. La portada del homónimo del 2008 basta. Parece la pijama de un bebé o un fondo de pantalla del whatsapp; en realidad, esconde un sentido profundo: The Dreamers es un ensamble que mezcla dos realidades y dimensiones: la fauna de la naturaleza y la fauna del sueño. Selva y surrealismo, pongámoslo así. De esta forma con The Dreamers atravesamos estos dos paisajes desde una respiración infantil e inmediata. De todos yo prefiero dos: el O’o, y el Fantabula.

Quizá el lector o el aficionado se pregunten cómo es que este material puede salir bajo el nombre de Zorn si el hombre acá no toca ningún instrumento. Creo que es una pregunta difícil y fácil de responder. Difícil porque el mismo Zorn es un espécimen inaccesible: entra y sale de los cánones del “saxofonista”, “líder de banda”, “productor”, “compositor” o “conductor”, con una flexibilidad insoportable para la ortodoxia. He de añadir acá que Zorn se ganó muchos enemigos en su momento. La ortodoxia lo tachaba de ser poco más que un degenerado que sólo jugueteaba con la música clásica, pero que nunca penetraría en ella. Probó que todos estaban equivocados, no sólo la penetró sino que le dio una nueva significación y un sentido que permanecerá vivo muchas décadas de nuestro presente siglo. Entonces, ¿cómo definimos a Zorn? Desde siempre ha sido un compositor en el más amplio sentido de la palabra, y como tal, reúne a sus músicos, les da direcciones, ideas musicales, les da un camino y los deja a ellos caminar; él, desde la silla, pero también desde el lomo del caballo y frente a la línea de fuego, los dirige. En las presentaciones en vivo podemos verlo intervenir con señas y maniobras para decir: “¡ahora tú!” y así el señalado entra en el espacio musical. Pese a que Zorn tiene piezas completamente escritas, su música no ha perdido del todo su principio de improvisación. Entonces, pese a que The Dreamers y muchos otros ensambles no cuentan con Zorn como músico, son ideas de él, son construcciones de él y en última instancia producciones suyas, de ahí que salgan firmadas bajo su nombre. El Fantabula, pues, es otra de las magnificencias que nos dejara el de Queens en este nuestro año. Salió a la luz en junio y es una belleza. “Magic Carpet Ride” es una samba soñada y luminosa que ¡sí nos podría poner a bailar! Marc Ribot es un poderoso de la guitarra: escuchen “Gormenghast” y topen. En general, el Fantabula es uno de los materiales más maduros (después del Ipos) que hayan entregado los soñadores. Ahora que nos acercamos a la navidad, todos pongamos, a una hora sincronizada, el Dreamers Christmas para escuchar “Santa Claus is Coming To Town” al estilo Zorn.

LA PARTE CLÁSICA

En 1992, en plena era maldita, Zorn compuso un álbum muy interesante. Elegy, firmado para Eva Records. Se trata de cuatro piezas “Azul”, “Amarillo”, “Rosa” y “Negro”, dedicadas a Jean Genet. Pese a que en ellas la técnica del cut-up y la noise music, que habían firmado casi todos los trabajos de Zorn anteriores, tiene un peso tremendo, aquí por primera vez se abre la puerta para un ensamble de música clásica. Es un término vago música clásica, por él entendemos toda la música que está escrita, compuesta y pensada por una o varias personas, pero que sigue los paradigmas de la música formal, es decir de la que se enseña en academias, la que pertenece a la tradición universal; la música que es interpretada por una orquesta, o un ensamble, con una instrumentación particular (casi siempre acústicos) y una formación particular (dividida en tipos: vientos, cuerdas, metales, etc). Más o menos todo lo que tiene estas características nos pasa por música clásica. No pasa, desde luego, de ser una etiqueta. Para entender, para organizar, y para divulgar la música la dividimos en géneros: rock, pop, jazz, folk, blues, clásica, contemporánea, pero no dejan de ser meras etiquetas, estampas que se encuentran sólo en la superficie del fenómeno, pero no explican el fenómeno en sí. John Zorn estaba convencido de que en el fondo de estos fenómenos aparentemente separados había una conexión. Toda su discografía lo reconoce y lo representa, en toda podemos leer este concepto. Pero Elegy fue, me parece, el primer paso para establecer esa conexión entre estos dos mundos: el cut-up, el noise, la música performance de la que Zorn era hijo, y la tradición atonal, clásica. Pero Zorn tenía composiciones escritas desde el principio, con Naked City ya había escrito piezas clásicas. Pero en términos estrictos de la discografía Elegy es el primero. Así que, reconociendo que la parte clásica de Zorn es otra etiqueta más, y que en sí esta exploración musical no inicia necesariamente en Elegy, pero que lo indicamos así por necesidades lógicas, y hasta logísticas, digamos que aquí inicia la era clásica de Zorn, en cuatro composiciones a Jean Genet que están compuestas con su técnica “file card”. Elegy es un álbum tenebrista. Toda su estética es de oscuridad, corrupción y belleza descarnada, como un poema de Baudelaire. Mezcla dentro de sí innumerables tradiciones y tipos de composición. Así, en un solo track podemos escuchar un arreglo de cuerdas en estilo atonal, música tradicional budista, sus mantras y gongs, y una tornamesa mezclando atmósferas y eventos. Elegy es una pieza tremenda, difícil y tenebrosa: una rosa negra que se abre.

En 1995 sale otra pieza portentosa: Redbird. Se trata de dos composiciones impresionantes dedicadas a Agnes Martin. En ellas Zorn se acerca a una estética minimalista, a una música del silencio, de la abstracción. Es una música del humo y un tributo con todas sus letras a la pintora norteamericana. En este sentido John Zorn se ha consolidado ya como un artista del tributo. Muchas, casi todas, de sus piezas guardan alguna clase de inspiración, de paga a otro artista. Si podemos repetir acá la famosa frase de Newton: John Zorn es un genio porque cabalga a hombros de gigantes. En Redbird, compone y conduce una pieza para percusión, “Dark River”, y otra, de largo aliento, para cello, viola y arpa, “Redbird”. Meditativo, simétrico, angustiantemente vacío y colmado, Redbird es una curiosidad y una delicia.

Duras: Duchamp (1997) en cierto sentido guarda parte del alma de Redbird. En este álbum tributo a Marguerite Duras y a Marcel Duchamp, el aura minimalista y el aparente vacío de sonido permanecen, pero ampliados ambos espectros a una dimensión distinta. La inclusión de John Medeski en el órgano le da otro aliento al material. El resto de la formación para Duras: Duchamp es esta: Christine Bard y Jim Pugliese en la percusión, Anthony Coleman en el piano, Cenovia Cummins y Mark Feldman en el violín, Erik Friedlander en el cello, y Zorn como conductor. Además de los arreglos para esta instrumentación, Zorn incluye otros ruidos, sonidos fuera de contexto, pero que dotan a la pieza de carácter, a través de los cuales escuchamos su pulso interno; ese pulso interno, pese a la ecuanimidad exterior de las piezas, es un pulso violento y duro. Cuchillos que se afilan, cables electrificados, una cuchara dentro de un tarro de vidrio, arena que cae, etc. Este material, lo puede advertir el escucha desde el principio, ya es de madurez, de completo dominio del lenguaje. Prácticamente después de Duras: Duchamp Zorn entrega piezas maestras, la nueva casi mejor que la anterior.

Angelus Novus (1998) es la prueba de que Zorn componía de manera clásica desde el principio. Las dos partes de “Christabel”, tracks dos y tres, fueron compuestas en 1972, y “For Your Eyes Only”, track uno, en 1983. Estas tres piezas inaugurales demuestran el peso de la tradición atonal en la música del neoyorkino y la profunda influencia de Carl Stalling. Los pasajes musicales cambian de pronto, como bloques, formando con estos cambios una especie de cinematografía, de caricaturización. “For Your Eyes Only” es una pieza furiosa e importante. Tiene una respiración parecida al Ragtime de Stravinsky. Para el melómano atento Angelus Novus puede ser un material de estudio, que lo llevará a re-escuchar otras piezas tempranas del músico, y le ayudará a entender mejor su universo, y a comprobar que, como decía Sergio Pitol, todo está en todo. Este álbum es un álbum de altura, que nos obliga, para desgranarlo, a revisar trabajos de otros compositores universales. El personal de este material es el Callithumpian Consort of the New England Conservatory, y Stephen Drury como director artístico, Zorn es el compositor de todas las piezas.

Este hombre, Drury, se lució en el siguiente material Aporias: requia for piano and orquestra (1998). Este es quizá el material de música clásica más famoso de Zorn. Fue con este disco con el que calló las bocas de la ortodoxia (que no apostaban ni dos pesos por el de Queens) y con el que se consagró… por tercera o cuarta vez. Además de Drury están la American Composers Orchestra conducida Dennis Russell Davies, y el Hungarian Radio Children’s Choir. Un álbum tremendo, beyond words. Su belleza y su carácter son muy difíciles de definir, siquiera comentar, por el que esto escribe. Pero contaré una historia: Cierto día Alvin Singleton y John Zorn se encontraron en los pasillos de un teatro. Después de los saludos de rigor Singleton, como deferencia, le dijo a Zorn: “Hey, Johnny, estoy enseñando a mis estudiantes de improvisación tu concierto para piano”, “¿Improvisación? ¿Estudiantes? ¿Aporias? No entiendo, Alvin…”, Zorn estaba perplejo, “Hombre”, repuso Singleton, “Tu concierto improvisado para piano, ¡lo estoy enseñando!”, “Pero, querido, Aporias está todo escrito, no es nada improvisado”… Singleton no podía creerlo. Y con él muchos otros. Melómanos, críticos e incluso amigos de Zorn creían que Aporias era un material improvisado: resulta que no, todo está escrito.

Otro asunto similar se desprende de su álbum Rimbaud (2012), dedicado al poeta francés. En este álbum, en el track “Illuminations”, Zorn pone a improvisar al bajo y a la batería, sobre un piano escrito. Trevor Dunn al bajo, Kenny Wollesen en la batería y Steven Gosling en el piano. El resultado es impresionante. Nadie de los reseñistas y los críticos que en su momento comentaron este material supuso que el piano sería una composición escrita y la sección rítmica una improvisación. En realidad no es muy evidente, pero este falseo del oído demuestra la facilidad con la que el compositor mezcla dos universos aparentemente irreconciliables; como con los géneros, Zorn hace comunicar a estilos diferentes de crear música, construyendo en su obra una clase de cerebro dual. El cerebro improv y el cerebro clásico. Ambos, en estos materiales, se encuentran, se inquieren y se rechazan, pero también se hermanan. Zorn, al respecto, deja muy clara su posición en entrevistas y documentales: su tarea como compositor es ofrecer a los músicos un material que los emocione, que los haga sentir, también que los rete y los obligue a llevar el performance a un estado de catarsis, pero también de crisis. Para Zorn, el compositor es un catalizador que facilita a los otros músicos hacer lo que hacen mejor. Por otro lado, su tarea como improvisador consiste en conectar con la gente, conocerla, y formar así una comunidad. Music is about poeple, repite Zorn. En realidad, una de las habilidades maestras de Zorn es la de saberse comunicar con variadas comunidades, hablar en su propio lenguaje, y así ser un líder. A este respecto Zorn comenta que es un lector asiduo del General George Smith Patton, y sus libros sobre estrategias y dinámicas de dirección militar. El liderazgo para él va muy en serio. Se dice que durante los tours, o previo a eventos especiales, Zorn deja de alimentarse y permanece trabajando hasta 15 horas corridas. ¿Por qué? Porque sus compañeros músicos muchas veces tampoco prueban comida ni descanso, y hay que predicar con el ejemplo.

Esta parte, la parte clásica, es la más rica de Zorn, la más extensa, la más compleja. He de detenerme aquí para no convertir este texto en una simple lista de álbumes y sus comentarios. Pero sendos misterios, retos y cumbres le esperan al melómano. Dignos de mención son casi todos, pero los que yo más disfruto y nunca abandono son: sus String Quartets (1999) que incluyen la potente “Kol Nidre” (repetida en su Fragmentations, Prayers and Interjections, del 2014), Chimeras del 2003, tributo a Pierrot Lunaire de Schoenberg; su Magick del 2004, Femina, del 2009; The Gnostic Preludes, su música de las esferas, del 2012; su increíble Satyr’s Play (2011) y los tres álbumes de su Órgano Hermético: The Hermetic Organ vol 1 (2012), Vol 2, en vivo en la Capilla de San Pablo de Nueva York (2014), y su Vol 3, quizá el más satánico, del 2015.

De esta forma, con estas claves poéticas que he resumido desordenadamente en estos textos, Zorn se consagra, a sus 62 años, como uno de los compositores, músicos, performanceros, estetas musicales, más importantes del siglo XXI. Su música ha tocado casi todas las músicas, ha viajado a todos los continentes y ha pagado tributo a una fauna de artistas universales. Zorn es un compositor de lo universal, de la conexión que hay en todo. Su obra es como una neurona que conecta con lo otro, que crea una red, una sinapsis; es un compositor de la inteligencia, pero también del hermetismo; de la luz, de la oscuridad, de lo femenino y lo masculino. Zorn, como su compatriota Henry Miller, habita dos polos, dos hemisferios, dos sexos: no ha servido, ni ha sido servido, ha encontrado el fin en sí mismo.

ZORN EN MÉXICO

Este diciembre visita nuestro país como protagonista y curador del Festival Bestia. Esta es la tercera ocasión que Zorn visita nuestro país. La primera de ellas se dio en 2003, con un concierto en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, en el marco del Festival de México, presentando Cobra. La segunda se dio en 2013, precisamente en el marco del Festival Bestia. Aquella vez el concierto tuvo lugar en el Museo Diego Rivera-Anahuacalli, y presentó su proyecto Moonchild: Templars: In Sacred Blood. Ahora, la tercera, la mejor y más completa, son tres días de pura fiebre Zorn: 4,5 y 6 de diciembre, en donde se presentarán Ernesto Martínez y su Micro-Ritmia junto con Dora Juárez Kiczkovsky, en la Biblioteca Vasconcelos el día 4 de diciembre para un concierto acústico. El 5 de diciembre, se presentarán Klezmerson y su Amon (2015), Abrazas y su Psychomagia (2014), el colectivo Secret Chiefs 3 con el estreno del libro tres de Masada: Book of Berlah, y el trío monstruoso Zorn-Laswell-Lombardo conocido como Bladerunner, en el Lunario del Auditorio Nacional. Y el último día, el día 6, habrá una proyección de la restauración digital de la cinta El Gabinete del Doctor Caligari (1920) musicalizada en vivo por el propio Zorn en el órgano monumental del Auditorio Nacional. Los detalles pueden encontrarlos en la página oficial del festival.

De estos eventos hablaremos próximamente.

Editor Yaconic

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