Por Raúl Campos / @snarulax

Se publicó por primera vez en México La maldición del Lono (Sexto Piso, 2016), de Hunter S. Thompson, creador del periodismo gonzo. Y hay algo distinto en este libro con respecto a los demás que están disponibles en español: la traducción, que en este caso es realizada por Sexto Piso y no por Anagrama, como de costumbre.

¿Y luego? ¿Eso qué? ¿Por qué retomar esta aparente trivialidad? Sencillo: Si alguna vez han leído u hojeado algún libro que haya sido traducido por Anagrama, deben estar familiarizados con su extrema regionalización; es decir, en vez de convertir la jerga del idioma original a algo que todos los hablantes del español podamos entender con facilidad, la pasan a algo tan “español” en el sentido del gentilicio que puede resultar incomprensible, o, en mi caso, jodidamente hilarante.

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Carta de Anagrama sobre sus traducciones

Anagrama es consciente de esto. Mucha gente les escribe quejándose y preguntando por qué no hacen una traducción internacional. Por ello, hace poco más de un mes, la editorial subió una carta a Facebook en la que básicamente dice que si Jorge Herralde, su editor, de joven se tuvo que aguantar con los libros en “argentino”, ahora nosotros lo tenemos que hacer con los suyos en “ibérico”.

“Hostia peluda y menuda” y “Jolines tío, que sus muletillas y argot son horrendas pero qué les vamos a hacer”, son algunos de los comentarios de descontento frente a la postura que algunos de los lectores de Anagrama pusieron en el post. Pero a fin de cuentas cada quien maneja su changarro como se le da la gana. Es obvio que a la editorial ya la tenían hasta la madre de tantas quejas. Su carta es un “ya dejen de chingar” políticamente correcto.

De ahí que el objetivo de estas líneas no sea hacer wikipediazo de quién fue Thompson y su gonzoneidad, mucho menos reseñar ni copiar lo que está escrito en la contraportada de La maldición del Lono. Para eso busquen los textos que se hicieron una semana antes y otra después de que el libro salió a la venta esta primavera (así son la mayoría de los artículos).

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Lo que hice fue contactar a Jesús Gómez Gutiérrez, escritor y traductor literario, encargado de hacer la traducción de La maldición del Lono (es español, pero hizo una traducción bastante buena) para que nos diera su opinión sobre si las traducciones deberían ser universales y sobre su implicación en la traducción del periodista alguna vez interpretado por Johnny “Ya no salgo de Jack Sparrow” Deep.

 —La traducción de La maldición del Lono la comisionó Sexto Piso, una editorial mexicana, ¿cómo hacer que la traducción quede en un español neutralizado?

—Los idiomas no se dejan “neutralizar” en ese sentido; no tienen una especie de media estilística que contente a todos; ni mucho menos que los represente en sus particularidades. Desde luego, hay muchas formas de afrontar una traducción —y eso incluye la posibilidad de dirigirse a sectores específicos—, pero nada más. Traducir implica escoger entre distintas opciones. Y se trata de elegir a favor de la obra, sin tener demasiados escrúpulos sobre la procedencia de los términos o giros que se utilizan.

Anagrama publicó una carta en la que contestó a los lectores que se quejan de sus traducciones “españolizadas”. Herralde ha dicho “yo de niño me tuve que aguantar leyendo en argentino, mexicano, etcétera, ahora ustedes se aguantan.” La cuestión es: ¿Tú cómo ves esa actitud? ¿Crees que las traducciones deben regionalizarse o al menos hacerse un poco más “internacionales”?

—Puede que haya alguna editorial que traduzca libros para molestar al lector de una zona determinada; pero yo no la conozco. Y cuidado: he dicho una zona y no un país porque tampoco hay una forma estrictamente mexicana o española de escribir castellano.Nuestros países son más complejos de lo que el “nacionalismo lingüístico” —en el que casi todo el mundo incurre alguna vez— quiere admitir.

La cuestión es más sencilla: hay traducciones buenas y traducciones no tanto. ¿Se puede regionalizar (por así decirlo)? Sí, por supuesto. Tanto como te lo permitan tus registros culturales, con independencia de la nacionalidad que aparezca en tu pasaporte. En cambio, no se puede “internacionalizar” más allá del bagaje común y la actitud abierta que —en mi opinión— conviene tener sin crear un idioma nuevo, que no habla ni escribe nadie. Los idiomas son afortunadamente múltiples. Pero, en cualquier caso, la gente debería mirar el nombre de la editorial y del traductor antes de comprar un libro. Se ahorraría disgustos.

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¿Crees qué una traducción, buena o mala, puede influir en la opinión que genere el lector sobre el material?

—La traducción es tan determinante que, en la mayoría de los casos, no hay otro factor.

Tomando en cuenta la polémica citada de Anagrama y algunos otros gajes del oficio, ¿consideras tú, que el papel del traductor literario no es tomado en cuenta, ignorado, o la gente sólo se acuerda para quejarse de algo?

—No es una opinión, es un hecho. Los traductores no importamos nada; si no fuera por la existencia de los correctores seríamos el no va más de la invisibilidad.

¿Cómo es el trabajo de traducir una novela, el proceso, qué tan tardado y tedioso puede ser?

—Eso depende de las condiciones de trabajo, que en la traducción literaria no son precisamente ideales. Sin entrar en los problemas de la profesión —uno de los eslabones más débiles de un sector en crisis—, traducir es tan tedioso o gratificante como quiera la obra. Se podría decir que la decisión es suya. Por muchas veces que se haya leído antes o mucho trabajo de campo que se haga, no sabes nada de ella hasta que empiezas a trabajar y te indica sus tiempos, sus caprichos, etcétera.

Háblame de La maldición del Lono.

—Supongo que los lectores mexicanos conocerán la historia, aunque sólo sea porque la cultura tiene mucha más importancia en México que en España; o, por lo menos, porque aún tiene alguna importancia… Permíteme entonces que les ahorre las descripciones y vaya al grano: La maldición de Lono es una obra profunda y liberadoramente subversiva; una obra que hoy no se publicaría porque no habría ninguna revista o periódico —redes alternativas al margen— que quisiera a Hunter S. Thompson como autor y a Mark Twain, muy presente en el texto, como fuego de cobertura. ¿Qué ha ocurrido desde 1980? ¿Cómo es posible que las palabras de Hunter resulten más provocadoras en la actualidad que hace 40 años? La respuesta está en el propio libro: metafóricamente, o no, la gente dejó de pensar y se puso a correr maratones.

—¿Cómo fue el proceso? Entiendo que es la primera vez que se convierte al español.

—Sí, te digo que ha sido un honor. Habrá quien piense que miento o exagero. Y es lógico, teniendo en cuenta que nadie habla mal de su último trabajo; pero es la simple y pura verdad. Todos tenemos autores fetiche y yo no soy una excepción. Cuando me propusieron La maldición de Lono sentí lo mismo que había sentido con los cuentos de Kurt Vonnegut: pánico. Porque siempre nos sentimos especialmente inseguros ante lo que nos importa de un modo especial. En cuanto al proceso, nunca me planteo si el libro se ha traducido antes o es la primera vez. Siempre es difícil, siempre es una aventura y siempre cuesta.

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Jesús Gómez Gutiérrez

—¿Qué fue lo más difícil, hubo alguna parte en la que te preguntaras cómo le harías para pasar al español los malviajes del periodista?

—Algunas partes. Te preguntas todo el tiempo y, como decía hace un rato, tienes que elegir. Pero, sinceramente, fueron elecciones placenteras, de las que te permiten jugar con el idioma y divertirte mientras trabajas.

 

—¿Qué opinión tienes de la obra de Thompson?

—Si no existiera habría que inventarla.

—¿Cuál consideras que es la importancia cultural que tiene Thompson? A pesar de ser una figura de culto, llegó al mainstream gracias a la adaptación al cine de Miedo y asco en Las Vegas.

Si te refieres al conjunto de la población, me temo que ni la buena literatura ni el buen periodismo tienen la oportunidad de ser influyentes a corto plazo. Ahora bien, eso no significa que su huella no esté en muchas obras y, a través de ellas, en la propia calle. Para enfado de algunos, por cierto, que insisten en convertir a Hunter en una especie de friki superficial para limitar el efecto de su crítica, La maldición de Lono incluye una diatriba feroz contra la estupidez pequeñoburguesa.

—¿Tú cómo has visto (en caso de) las otras traducciones que se han hecho de este autor?

Nunca leo las traducciones de otros, en el caso de que existan; no durante el proceso, ni antes de empezar a trabajar. Mis traducciones son exclusivamente mías y de otro de los grandes personajes olvidados del mundo editorial: la persona que corrige.

—¿Y su importancia en el ámbito de lo escrito, el contar historias, crees que revolucionó o cambió algo en la forma de hacer periodismo?

Hunter no descubrió la pólvora. Fue nada más y nada menos que un autor excepcional. Pero es cierto que, para desgracia de los lectores, hubo y hay quien se cree capaz de hacer lo mismo sin tener ni la mitad de talento o, peor aún, de hacerlo de la misma forma. Sea como sea, no parece que los chicos de la prensa hayan mejorado ostensiblemente desde entonces. Yo diría que la prensa de hoy es peor que nunca, y también que lo es a pesar de personas como Thompson.

—¿Crees que la labor de un traductor puede ser considerada un arte?

—Si se considera que cualquier trabajo de autor encaja en la categoría de arte, no hay duda de que lo nuestro también lo es. Pero yo no lo creo así, incluso aceptando un término tan vago y dudoso como el que mencionas. En general, los trabajadores de la cultura hacemos artesanía, que no es poco. Lo que pase después, lo que el tiempo, la academia o el gusto social decidan es otra cuestión… Yo me preocuparía más por nuestros derechos y  condiciones laborales.

Editor Yaconic

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