Por Staff Yaconic / @Yaconic

Fotografías: Archivo Margarita Bermúdez

José Agustín Ramírez Gómez (1944) es uno de los escritores más cercanos a sus lectores. José Agustín encaminó a varios a la escritura y a otras tantas generaciones nos ha roto la cabeza con su basta obra. Novelas como De perfil (1966) o su gran debut a los 20 años, La tumba (1964).

José Agustín cumple 73 años este 19 de agosto y es necesario decirle “Feliz cumpleaños” con los siguientes relatos de algunos colaboradores y amigos. Un anecdotario personal y cuasi inédito sobre el autor que delineó a la contracultura (La contracultura en México) y metió el rock en las letras (La nueva música clásica). Pepetín es un clásico ondero, feroz y trepidante.

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A JOSÉ AGUSTÍN LE GUSTA LA BOHEMIA (Y LA NOCHEBUENA TAMBIÉN)

Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Para David Cortés

“¿Les gusta la Bohemia?”, nos preguntó José Agustín, de pie frente a nosotros, con la bolsa del mandado cargada de envases, listo para ir por las chelas. Hacía un calor desgraciado, a nosotros el viaje nos tenía sedientos y claro, sí que nos gustaba la Bohemia y por supuesto que queríamos bebernos una, o dos o tres; pero, ¿José Agustín iba a ir por ellas, por las chelas? Así lo parecía. El anfitrión estaba en su papel, con dinero en el bolsillo y unos cuantos cascos embolsados. Intentamos convencerlo de que no fuera a la miscelánea —“cómo vas a ir tú”, le dije mientras jalaba hacia mí la bolsa que impresa traía la leyenda de despachar la mejor carne de cerdo del rumbo—, pero José no cedía: quería ir él.

Quizá no todos los que leen este texto lo notaron, pero revisen bien: al mismísimo José Agustín le hablé de tú en esa ocasión, tal como escribí renglones arriba. Y esto tuvo lugar apenas estreché su mano por primera vez, porque sí, ese día lo conocí cara a cara, en su propia casa. Y lo subrayo porque es importante: a José Agustín lo conocí hablándole de tú. ¿Por qué el atrevimiento?, se preguntarán. Más bien, ¿por qué no atreverse?, ¿por qué chingados no? Es decir, ¿podía ser de otra forma? Finalmente lo trataba desde hacía décadas, lo leía desde hacía mucho tiempo y me parecía de lo más natural dirigirme a él como un camarada. “No, yo voy, de verdad yo voy. La tienda está aquí, bien cerca”, nos explicaba el escritor con el dedo apuntando hacia su portón. Parecía un hombre de decisiones firmes, era inútil pretender detenerlo. De hecho, ya se alejaba, pasando al lado de la alberca azulada que a unos pasos de nosotros reflejaba el poderoso sol de Cuautla. “No te tardes”, le pedimos.

Viajamos desde el entonces llamado DF hasta la casa del autor de La tumba (1964) con tal de entregarle un libro. Esa era nuestra misión, clara e impostergable. Así que traíamos entre manos un puñado de hojas y en las tripas una sopa de médula que nos jambamos en la carretera; además, nuestras entrañas contenían la emoción adolescente de conocer a uno de los escritores que definieron nuestra vocación. Cuando dimos con su calle y número, este nos recibió muy cordial, amabilísimo y sonriente, invitándonos a tomar asiento en un comedor al aire libre que, contó, solía usar para desayunar. Bajo la sombra, lo que hicimos inmediatamente fue hablar del clima. Sí, del vulgar clima. Pudimos ir directo a la médula —tal como hicimos a cucharadas en la autopista— e indagar sin afeites qué onda con la literatura mexicana; pero, como si frente a la vecina del edificio estuviéramos, decidimos hablar de nubes y vientos, de lluvias y calores. Y justamente al ahondar sobre la temperatura fue que a nuestro anfitrión le llegó la certeza de que el día estaba bueno para unas cheves.

jose agustin

Ts. Ts. Ts. Al llegar de la calle, José destapó tres cervezas. Clanc. Brindamos. Al mismo tiempo, de las bocinas que apuntaban hacia el jardín que nos rodeaba salía la música de, de… ¿eran The Flying Burrito Brothers o los carnales Allman? No lo tengo claro. La cosa es que el volumen era discreto, tanto que el silbido de las aves que cruzaban el cielo opacaba las canciones. Fresco, cómodo, desde donde yo me encontraba podía ver la colección de discos que dentro de la casa había. Solo nos separaba una pared de vidrio. Centenas de lomos de centenas de colores, todos ilegibles. Inalcanzables. ¿Cómo decirle a su dueño que tenía ganas de echar un vistazo?, ¿cómo jalar mi silla con discreción y de dos zancadas colosales llegar hasta esos estantes para hundir la nariz? Salud; sí, salud. Más sorbos. Agustín nos platicaba cómo adquirió esa residencia tan chula, cuándo y cómo se la compró a su padre, y también detallaba las modificaciones que le hizo y los vicios que el inmueble presentaba. Firmas, licenciados, arquitectos, plusvalía, gentrificación; saltaban muchos temas, todos aburridos. Y yo pensando en la alberca, viéndola de reojo, aquilatando cuántos personajes célebres metieron los pies ahí, cuántas chicas desanudaron su brasier en esas aguas. Cuántas historias se formaron con el olor a cloro, pisando esos mosaicos azules.

—¿Otra cheve?

—Nos la echamos, cómo no.

A codazos mentales hice de lado los discos y me concentré en las páginas firmadas por el novelista. Tantas hojas me arrojaban preguntas que me rondaban el coco inclementes, fastidiosas como moscas. ¿Cómo fue que el autor moldeó, a punta de martillazos, la personalidad fantoche de Gabriel (La tumba), los impulsos salvajes de Eligio (Ciudades desiertas) y el ansia por desvanecerse de Onelio (Vida con mi viuda)? ¿De verdad se caía de buena la exquisita Reina del Metro y en serio Lucrecia Borges era un monstruo arrugado, orejudo y apestoso? Pero el de la casa ignoraba mis dudas, estaba en lo suyo: descubrir que las cervezas se habían acabado para dirigirse hacia el refri con la esperanza de encontrar más, cosa que conseguiría. Al volver con un trío de nochebuenas que escurrían gotas gordas y frías de sus paredes, giramos las corcholatas al mismo tiempo para decir ahhh de nuevo y limpiarnos con las lenguas las comisuras. Lenguas, lenguas. ¿Cuál será su Rolling Stone favorito?, pensaba yo; ¿y su tema consentido de Dylan, de Rockdrigo? Qué calor hacía, hombre. Y nosotros tan relajados, tan inmunes a su efecto. Esa no era vida, sino vidaza.

Qué idiota eres, ¿por qué no te trajiste la grabadora?, meditaba entre tragos. Porque pude haberla escondido para hacer una entrevista reveladora (y luego armar un texto; uno mejor que esta basura, naturalmente). A ver, José, platícame: ¿qué tanto te metías con José Revueltas tras hacer la fajina en Lecumberri?, ¿le cantaste algún jaque a Juan José Arreola?, ¿cuál fue la farra más cutre que cogiste con tu compinche de correrías, Parménides García Saldaña?; por favor, explica: ¿es la luz interna o la externa la que ilumina la pelusa que alberga el ombligo del tepozteco? Y lo más importante de todo, José, no le des vueltas y suelta: ¿qué transa con Angélica María? Sin embargo, mi cuestionario privado se vio interrumpido de pronto. Mi amigo detuvo mis cavilaciones de tajo al decir: “Pues mira, José, te traemos este libro cuyo contenido coordinamos. Te lo obsequiamos en nombre de todos los autores que gentilmente en él metieron las manos. Esperamos que te guste”. Cierto, a eso íbamos, a darle un libro. Ese libro precisamente, ese trabajo que el ondero tomó emocionado para de inmediato ojearlo y hojearlo. “A todo dar. Gracias por venir hasta acá. ¿Me lo firman?”. ¿Qué dices?, ¿me lo firman? Mi amigo y yo nos miramos extrañados. ¿Qué se lo firmáramos, nosotros? Vaya, ese sí que era un gran, gran disparate. Que él fuera por las chelas, bueno, era hasta cierto punto comprensible; ¿pero que nosotros le firmáramos un libro?, ¿a Él?

Sin embargo, tal como ocurrió cuando llegamos y el de los anteojos se aferró a ir por las bohemias, no hubo modo de llevarle la contraria con el asunto de las rúbricas pues ya había sacado una pluma de su camisa para quitarle el sombrero y extendérnosla campechano, sin dejar de silbar la tonada que de las bocinas escapaba. “No mames, es para José Agustín”, me dije cuando llegó mi turno de rayar la primera página de la obra. Y con trémulo pulso formé unas cuatro o cinco palabras que hicieron un enunciado. ¿Qué escribí? No recuerdo. Alguna estupidez, seguramente. A la fecha no tengo definido qué fue lo que hice. Lo que sí sé es que después de esa escena mi amigo y yo nos fuimos de ahí. Así fue. José Agustín nos despidió con un abrazo franco y apretado y nos perdimos cruzando la alberca, el frondoso jardín y el portón de acero. Nos esperaba un Chevy rojo oscuro como la sangre y un disco de Mark Lanegan para escuchar a tope, de vuelta a casa.

“Qué experiencia, ¿no?”, me dijo el del volante al meter la cuarta para agarrar el carril rápido de la carretera. Y yo asentí mientras mi mano izquierda llevaba la perilla de volumen del autoestéreo a visitar sus números más altos. Al llegar a la ciudad chocaríamos los puños y cada quien agarraría la bohemia en su caverna, con otros, y, con tantita suerte a su favor, viviría una nochebuena bien merecida. See, andábamos tendidos en esa época. Tragando kilómetros veloces, sin saber que nuestras vidas, tal como las conocíamos, estaban a punto de venirse abajo.

LA DEUDA CON EL REY DEL ROCK ESCRITO

Por Rogelio Garza / @rogeliogarzap

La posibilidad de conocer a José Agustín se materializó en Acapulco en el verano de 1989. En un reventón de dos tres días, un pirata de nombre Claudio se ostentaba como su legítimo sobrino y capitán del viaje. Para demostrarlo, le roló a Adriano Galleta un papel, el mapa con la dirección precisa, concisa y maciza del Maese.

Una semana después, Galleta me llamó un viernes por la noche y me propuso caerle al Maestro para entrevistarlo. Se trataba de algún trabajo semestral universitario y requería de apoyo táctico en la entrevista. Yo me ostentaba como gran lector de las letras eléctricas josagustinianas y él sabía que por nada del mundo dejaría pasar la oportunidad de conocer a mi héroe. Nos lanzaríamos el sábado temprano en el metro dirección Taxqueña a la Central Camionera del Sur y de ahí al reino de Cuautla, Morelos, para ver a nuestra satánica majestad.

Pero a falta de morralla para los pasajes, Galleta optó por llevarse el coche de su jefe sin avisar, un VW Caribe color café. Así que enfilamos al amanecer por la carretera libre a Cuernavaca, sintiéndonos Sal Paradise y Dean Moriarty (habíamos llegado a Kerouac, y a otros tantos autores, por José Agustín), con una radiograbadora portátil, un cuaderno, una pluma, una cámara fotográfica y dos gallos camineros. No llevábamos un quinto e íbamos con medio tanque de gasolina que, por supuesto, se terminó al llegar.

Aterrizamos en Cuautla con el último aliento de la carretera. Confiados a ciegas en el papelito, preguntamos y logramos llegar con el puro vuelo, de milagro, a la casa indicada. Tocamos la campánula. Nuestros corazones latían tan fuerte que podíamos escuchar los latidos del otro. Minutos después, una mujer que desbordaba sabiduría y bondad se asomó sonriente:

—¿Sí?

—Hola, ¿aquí es la casa de José Agustín?

—Sí, ¿tienen cita con él?

—No, un amigo que se llama Claudio nos dio sus datos y pasamos a ver si es posible entrevistarlo.

La mujer nos miró profundamente con sus ojos claros, yo creo que le dimos ternura a la ya legendaria Margarita Bermúdez, antes de invitarnos al backstage. La seguimos a través del exuberante jardín hasta una terraza a la entrada de la casa, donde esperamos sentados a la mesa redonda.

—Voy a ver si ya se levantó, ¿quieren un café?

Ambos asentimos. Nos miramos, todo era cierto. Pero a mí me temblaban las gónadas. Y nomamesnomamesnomames de repente apareció José Agustín, despeinado y sonriente, poniéndose los lentes. Vestía pantalón azul, camisa blanca desfajada y huaraches de llanta. Una pluma asomaba del bolsillo de la camisa. ¿Qué onda, chavos? Se nos pusieron los ojos de vinil nomás de la impresión. Ahora sí, estábamos ante El Rey del Rock Escrito.

A los 19 años éramos un par de estudiantes inoportunos en plena abolición de su vida privada. Pero acostumbrado a lidiar con paracaidistas como nosotros, el Magíster de volada nos hizo sentir el calor de hogar. Más puesto que un condón habló sobre rock, contracultura y, but of course, la Revolución Cubana y el golpe de Estado en Chile. De pronto el interior de la casa se animó con rock clásico, Bob Dylan, los Rolling Stones, los Doors, Cream.

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Foto: Adrián Brizuela.

El Maestro bebía café y fumaba Delicados mientras tratábamos de hacerle preguntas interesantes. Se picaba en las respuestas, uno podía sentir cómo disfrutaba conversar y compartir sus conocimientos y sus experiencias de vida. Yo veía que las palabras salían de su boca como letras de oro que nos iban a marcar para siempre. Mientras tanto le tomábamos fotografías en todos los ángulos posibles.

Entonces apareció de nuevo Margarita con una gran charola y tres platos, ¿gustan desayunar? Eran huevos a la mexicana con frijoles negros y tortillas, quizá los más deliciosos que haya comido por el momento que vivíamos. Y un café levantamuertos, del que te pone filoso el pensamiento. Después del desayuno caminamos por su jardín, escuchándolo hablar sobre Parménides, las sustancias y toda la Onda. Cuando el sol se puso macizo al mediodía volvimos a la terraza. Bebimos unos refrescos bien muertos y terminamos la entrevista. Creo que grabamos tres o cuatro cassettes de noventa minutos y todavía conservo algunas de aquellas fotografías en papel.

No queríamos tocar la retirada, pero se estaba haciendo tarde y a nosotros el final nos esperaba en la carretera. Galleta le había dado baje a su jefe con la nave y seguramente se iba a poner punk la cosa. Lo peor es que no teníamos gasolina y mucho menos dinero. Y en un gesto de verdadera empatía, José Agustín se mochó con el cash para nuestro regreso. Todavía le debemos esa lana.

Galleta y yo seguimos siendo amigos nivel With a little help from my friends, versión Joe Cocker, solo que ahora soy el padrino de su primogénito. Nuestra admiración por José Agustín, su obra y su generosidad cósmica, también ha crecido desde entonces. Nunca podremos pagarle que nos haya puesto en este camino y abierto tantas puertas de conocimiento.

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CABEZÓN DE LA CONTRACULTURA

Por Carlos Martínez Rentería @Generación

En la primavera de 2016 visité a José Agustín en su casa de Cuautla para conversar en torno a la marihuana y su cada vez más próxima despenalización. Una vez más, con unas chelas de por medio, confirmé su irreverencia e inquebrantable vocación contracultural, aun ante los más adversos pronósticos. Aquí los fragmentos finales de aquella conversación publicada en el número 7 de la revista Cáñamo:

—¿Cómo ves el panorama actual de la marihuana en México?

—Va mejorando, pero sigue de la chingada. Aún es ilegal.

—¿Qué opinas del movimiento por la despenalización de marihuana?

—Me parece muy bien, ya era hora. Hace 40 años hubiera estado muy bien que esto ocurriera, no me hubiera ido yo a la cárcel.

—¿Cómo ves tú un mundo de marihuana legal?

—Yo creo que ciertamente implicaría más madurez de la sociedad en general y mayor ejercicio de las libertades. Todo eso sería muy benéfico.

—¿Cuál sería la reflexión de un escritor, un artista, un hombre exitoso, reconocido ante este panorama de descalificación hacia los consumidores?

—En verdad creo en la libertad y si la gente lo que quiere es atacarse con drogas, pues adelante, que lo haga mano. Entonces todos los movimientos legales para propiciar esto me parecen muy buenos.

—¿Una reflexión final?

—Yo nomás tengo 40 años consumiendo mota y nunca se me ha hecho vicio.

A José Agustín le debemos a  la vigencia del concepto contracultura más allá de las descalificaciones oficialistas y pragmáticas, también la posibilidad de un debate desprejuiciado y contemporáneo ocurre gracias a la perspectiva de intemporalidad que plantea el autor de La tumba en La contracultura en México, que en 2016 se reeditó en versión conmemorativa. De hecho, si José Agustín no hubiera escrito ese libro, el debate en torno a lo contracultural habría muerto.

Han transcurrido 20 años de La contracultura en México, su legado sigue vivito y coleando y el maestro José Agustín sí es el “cabezón” de la contracultura.

La contracultura va…

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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