Por Mario Castro

A unos días de que se presente el libro, Voy a morir, biografía de José Cruz, de Juan Pablo Proal, presentamos una reseña de uno de los recientes conciertos del músico fundador de Real de Catorce con su renovada alineación. Un sábado de pre-posadas, cuando la calle se arropó de fiestas y paseos, la legendaria agrupación de Blues se presentó en el Jardín Hidalgo de Coyoacán, al sur de la Ciudad de México.

Jose Cruz RC 1

Acordes que ni Jazz, ni Blues, sino un desquicio musical entre saxofón, percusiones, guitarras —frenéticas de vez en cuando—, piano, bajo y una joven voz femenina, me dieron la bienvenida con El boxeador: “¿Podrías amar a un boxeador después de perder el último combate?”. Es José Cruz y su nuevo Real de Catorce.

Más que la presentación en grupo, lo emotivo de la velada fue la presencia de Cruz en un escenario. No es noticia nueva la esclerosis múltiple que ha deteriorado su cuerpo y capacidades motrices. Por ello, le es difícil tomar una guitarra para interpretar sus propias canciones; sin embargo, la armónica parece una extensión de su cuerpo.

Si bien en esta ocasión no se encontraba postrado en una silla de ruedas, su mirada demostraba un cansancio opacado por su entrega al público: miradas de complicidad ante ciertos versos porque, cabe decirlo, Pepe Cruz es un poeta que ha editado un libro —De los textos del alcohol— cuyas (pocas) regalías lo mantienen al igual que sus discos.

“Quiero probar la fantasía que me ayude a vivir/ porque me muero día a día/ y no me quiero morir”. Una relación de confidencia entre el vocalista rupestre y los presentes: señores de melena cana y abrigos oscuros; morros cuyos padres o hermanos mayores les presentaron al rial y familias con niños preescolares que coreaban en washawasheao algunas letras. Como si la Navidad se hubiera presentado antes. “¡Eres grande José! ¡Eres un poeta!”.

“¡Llévate la historia!”. Alguien pide esa rola y José contesta: “La historia se la llevó Calderón  y antes de él Fox y antes Zedillo y ahora se la lleva Peña”. Un concierto que se prolongaría por alrededor de dos horas y media, debía tener por momentos una actitud revoltosa-grillera que dejara entrever la resistencia con la que José ha seguido su carrera a pesar de su enfermedad.

Siempre independiente

“Real de Catorce desde siempre fue independiente porque así lo decidí. Sin productores que nos dijeran qué hacer… ¡Ese es el primer disco que sacamos!”, señala José Cruz cuando unas manos entre los asistentes sobresalen con un viejo y nostálgico vinil del 89: una imagen de un soldado apuntando con su rifle a algún mortal, quizás sólo porque sí. Tiene en la parte superior izquierda el nombre de la agrupación.

El dueño es un hombre de melena cana y piel arrugada. Se acerca al escenario, disco bajo el brazo, para saludar al vocalista en una especie de comunión: apretón de manos, un agradecimiento por la especie de tributo que culminó al elevar el acetato (publicado en 1987) como hostia en plena misa. Una escena poco común en un concierto.

Real de Catorce mantuvo su carrera como agrupación independiente, y aunque no tuvo problemas con disqueras, sufrió esa ruptura de muchas bandas: una larga pugna para saber quiénes eran los dueños del nombre y de las regalías que al final ganó José Cruz. Real, más que un grupo grande podría decirse que es de culto si tomamos en cuenta monstruos mediáticos del tipo Café Tacvba o Caifanes. El ideal de fama y fortuna se encuentran lejos de la realidad de esta banda y su fundador.

Entre vitoreos, José sonríe al tiempo que sus músicos interpretan canciones como La medicina, Llévate la historia, El misterio de las cosas, La Buenos Aires, Contraley y un largo etcétera. “Esta se la dedico a la Betsy Pecanins, porque ella empezó a hacer blues en español y nadie le dijo nada, pero cuando yo lo hice me criticaron porque decían que eso no se podía hacer. De todos modos, desde que escribimos la canción supimos que iba a ser un éxito y lo fue”. Azul suena en sus primeros acordes a través de los instrumentos de sus nuevos y jóvenes músicos, la mayoría alumnos suyos, y entre los que se encuentra su hija.

El rito de la luz y el Blues

Entre las canciones, también se podían escuchar algunos poemas relacionados con el grupo, el desierto y el fruto de conocimiento que éste otorga, tan venerado como presente en la historia de la agrupación: el hikuri (nombre que los huicholes dan al peyote).

En algún momento, casi al inicio del concierto, alguien me dijo: “Tómale un chingo de fotos porque puede ser la última vez que lo vemos arriba de un escenario”. Parecía que no era el único con esa idea: cámaras amateurs o profesionales, celulares, tabletas, ipods… todo tipo de aparatos con los cuales era posible robar un instante de la vida de Cruz podían encontrarse allí. Incluso algunos padres paraban a sus hijos frente al escenario para tomarles una foto pa’l recuerdo.

Ojalá no haya sido una de las últimas presentaciones de José Cruz acompañado de su nuevo Real. Lo que sí es que más que concierto, resultó una especie de rito en el que no existía división entre escenario y público: un diálogo musical del que todos disfrutamos. Blues y luz, larga vida al Real.

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