Por Irma Gallo / @irmagallo

Foto de portada: La Térmica

Aunque escribe y dice cosas que hacen reír, Juan José Millás tiene una mirada triste: detrás de los lentes de armazón negro, sus ojos grandes caen hacia abajo a los lados. También habla con pausas, aunque no es que hable despacio, eso es imposible para un español —o al menos desde nuestros oídos latinoamericanos—; pero sí que se la toma con calma, piensa muy bien lo que va a decir.

Una no se imaginaría que un hombre de estas características es capaz de tener a un auditorio lleno, desternillándose de la risa, cuando cuenta una anécdota más o menos así: un día estaba escribiendo por la mañana cuando de pronto sintió unas ganas tremendas de tomar una cerveza. Le extrañó, porque por las mañanas, cuando escribe, solo bebe infusiones. Trató de olvidarse del antojo pero éste solo crecía más y más y le impedía concentrarse, así que por fin se puso de pie y fue, decidido, por su cerveza. Abrió la “nevera” —el refrigerador, diríamos nosotros— y en ese momento, una mosca aturdida logró escapar de su prisión helada. Juan Jo, como le dicen en confianza, llegó a una conclusión: que la mosca lo había telepateado para que le diera un antojo impostergable de tomar una cerveza y al abrir el refrigerador la liberara de “una muerte segura”.

Juan José Millás lo cuenta como si tal cosa. No pretende hacerse el gracioso. Estamos en el Teatro de la Ciudad en Querétaro, en plena charla del Hay Festival. Me toca presentar al autor de La soledad era esto (1990) y debo decir que cuando me dieron la noticia, a principios de abril, me alegré mucho. Ya había entrevistado a Millás para Canal 22, donde trabajo desde hace 16 años. Pero una siempre se emociona ante la perspectiva de volver a conversar con alguien a quien admira tanto. Se supone que una periodista “objetiva” no debería estar escribiendo esto, pero ¿quién cree en el periodismo objetivo a estas alturas de la vida?

Pero regresemos unos minutos antes de la narración de la mosca que se salvó de morir congelada gracias a su ejercicio de telepatía con el escritor y periodista, al momento en que nos encontramos por primera vez, antes de iniciar la charla. Después de los saludos de cortesía, Millás me confiesa que no se siente bien, que el jet lag le está empezando a pesar (porque a esa hora, unos minutos antes de las 7 pm en Querétaro, para su cuerpo, que apenas 24 horas antes estaba en Madrid, son las 2 de la mañana). Así que le urge un gin tonic, dice, y junto con Myriam Vidriales, gerente de comunicación de editorial Planeta, nos encaminamos a un bar que, como si fuera un regalo del destino, está exactamente afuera del teatro.

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Juan José Millás / Foto: Letraele

Juan Jo pide su bebida con Tanqueray, y Myriam le advierte a la mesera: “Que sea el gin tonic más rápido de la historia”.

Poco minutos después me doy cuenta de que el gin  hizo su magia: el autor de Anticuentos (2008) tiene en el bolsillo al auditorio que lo escucha sin pestañear, y solo interrumpe de vez en cuando para reír.

A propósito de El mundo (Premio Planeta 2007). Millás dice: “es una novela que me atropelló. Es una novela que narra parte de mi infancia, es una novela autobiográfica en la que narro aquellos sucesos que fueron más determinantes sobre todo en el hecho de que yo acabara siendo escritor”.

Juan Jo narra cómo siempre se sintió extraño, como que no encajaba. Hoy, muchos años después, llega a la conclusión de solo se puede escribir desde una posición de extrañeza ante el mundo. “Me di cuenta de que todo esto me había estado preparando para ser escritor”.

El público sigue riendo ante las anécdotas; pero él confiesa: “el humor, en mi escritura, no está buscado, sino que es un efecto colateral. Como cuando los americanos bombardean una base enemiga y de paso se cargan un sanatorio de Médicos Sin Fronteras que hay a un lado” —y en ese momento la gente lo interrumpe, por supuesto, con risas—. “Yo no busco hacer humor e inclusive con mucha frecuencia me sorprende cuando la gente me dice ‘me he reído mucho con este artículo tuyo’, y yo pienso, ¿pues de qué se habrá reído?”. Una vez más, el público le responde a carcajadas.

juan jose millas el mundoLa charla dura cerca de una hora y media. Aunque las voluntarias del Hay Festival llevan varios minutos haciéndome señas para decirme que el tiempo se ha terminado, hago como que no las veo porque el público quiere seguir preguntando y Juan Jo responde cada vez con más entusiasmo. Parece no tener ninguna prisa. Sin embargo, llega un momento en el que no me queda otra que decretar que la sesión ha terminado.

Pero no me voy a quedar con la pregunta que no he podido hacerle; lo tengo todo calculado para el día siguiente. Hemos pactado una entrevista, esta vez sin público.

Es el asunto de escribir desde la extrañeza lo que me ha quedado dando vueltas en la cabeza, así que es la primera pregunta que le lanzo cuando ya estamos solos, frente a frente.

“Si no te extrañas de la realidad no puedes escribir sobre ella”, se apresura a responder. “Es decir, alguien que tiene una relación normal y buena con la realidad podrá hacer otras cosas pero no escribir. Se escribe para comprender el mundo, que son las mismas razones por las que se lee. Cuando un joven empieza a leer es porque siente frente al mundo una extrañeza que al leer se atenúa”.

En este momento Juan José Millás me recuerda a José Saramago: su mirada y tono de voz se parecen mucho a los del Nobel de Literatura 1998 en la única entrevista que le hice, hace muchos años, durante una Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Me distraigo un momento en el recuerdo; pero, paradójicamente, de pronto es la misma voz del autor de Desde la sombra (2016) lo que me trae de nuevo al momento presente, ése en el que él y yo conversamos en un restaurante que da hacia la Plaza de la Constitución, en Querétaro.

“Una de las obligaciones del escritor es desfamiliarizar al lector de lo que le es familiar. Y las lecturas que más agradecemos son aquellas que tratando de la vida cotidiana son capaces de producirnos extrañeza sobre aquello de todos los días. Porque cuando aparece la extrañeza, aparece también el significado. De manera que la extrañeza es casi inherente al hecho de escribir y al hecho de leer”.

Otra cosa que me inquieta, y no dejo de preguntarle, es cuándo y cómo se dio cuenta de que él tenía esta cualidad de ver el mundo así, o sea, de que iba a ser escritor.

juan jose millas desde la sombra

“Desde muy pequeño, pero lo que pasa es que cuando eres pequeño lo ves como una tara porque esa extrañeza frente al mundo te impide socializar, te aísla, te convierte en una persona solitaria” —como el retrato que hace de su infancia en El mundo, pienso—. “Yo siempre digo que se escribe desde el conflicto; si no hay conflicto no hay escritura. Y generalmente cuando se leen las biografías de los escritores ha habido en la infancia un conflicto”. Presiento que aquí viene una anécdota; excelente conversador, Juan José Millás sabe perfectamente en qué momento aderezar sus respuestas con un relato. Y sí, eso es lo que sucede a continuación. “Sartre tiene una biografía excelente sobre Flaubert que se llama El idiota de la familia. A Flaubert lo llamaban el idiota de la familia porque su padre llegaba a casa y le decía al pequeño Gustave: “Vete a la cocina a ver si estoy allí”. Como la frase era correcta el niño pensaba que siendo la frase correcta, era realidad, y corría a comprobar si su padre estaba allí. Y por eso le llamaban el idiota de la familia. Evidentemente era una persona con dificultades con la realidad, y eso seguramente fue lo que le hizo ser escritor”.

Después de la entrevista vuelvo a ver a Juan José Millás un par de veces; está hospedado en el mismo hotel que yo. Una de esas ocasiones, distingo su silueta alargada, vestida toda de negro y con el pelo blanco, caminando sin prisa entre las callejuelas queretanas. Un rato después regresa al hotel. Estoy sentada en la terraza y se detiene a saludarme. Me pregunta cómo va todo, qué estoy leyendo. Trae dos bolsas pequeñas envueltas para regalo y me cuenta que son para su nuera; “a mi mujer ya le he comprado algo”. Luego se despide amablemente y se va a su habitación a descansar.

Mientras la puerta se cierra detrás de él, pienso lo mucho que la vida le ha cambiado a ese niño que no la pasaba nada bien porque su manera de ver el mundo le impedía socializar. Hoy, su amplia obra narrativa ha sido traducida a cerca de 15 idiomas.

Editor Yaconic

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