Por Miguel Ángel Morales / @mickeymetal

Una neblina azulada y la espesura de un bosque negro es lo que vemos a unos cuantos metros. ¿Es un hombre el que deambula entre el follaje? Posiblemente sea un salvaje, alguien que vive más allá del Muro y de los Siete Reinos; de la civilización. No lo sabemos. La blancura del invierno se adueña del paisaje. Mance Rayder se acerca. O los Caminantes Blancos. Probablemente se trate del fuego subversivo del Señor de la Luz y la deseable bruja Melisandre. Pero algo es seguro: lo extraño se acerca. Probablemente venga en la forma de una de esas imponentes criaturas voladoras que creíamos extintas y que ahora surcan cerca de Poniente bajo el mando de la única Targaryen viva; o bajo la sombra terrible que mató a Renly Baratheon.

Juego de Tronos

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A lo largo de cuatro temporadas en televisión, Juego de Tronos ha logrado una peculiar fusión. Gracias a David Benioff y Dan Wess, pero sobre todo a George R.R. Martin, el espectador ha sido testigo de una reactivación del género maravilloso y de ese escurridizo subgénero de lo extraño.

Todo esto se da en medio de historias ricas en tensiones dramáticas y giros inesperados. Pero no generemos malentendidos ni olvidos históricos. Las ficciones de este tipo llevan años poblando los mundos del cine (ahí está, por ejemplo, la centenaria Viaje a la Luna, de Méliès) y la literatura. También hay que hacer una distinción. A diferencia de otras narraciones maravillosas (según las categorizaciones todorovianas, añejas, pero que siguen siendo útiles) como El señor de los anillos, en las que también hay un mundo distinto al nuestro con sus propias reglas y posibilidades, en Juego de tronos vemos una mezcolanza de los asuntos de lo real con lo maravilloso.

Si bien hay semejanzas con las historias de Tolkien, el megafilme de HBO adquiere una resonancia diferente en el espectador. Aunque la historia de Juego de tronos habla sobre un reino de ecos feudales en el que sus protagonistas (familias monárquicas) viven en constante interacción con elementos sobrenaturales (hay injerencia de dioses, misteriosos cuervos de tres ojos y dragones, por ejemplo), la sensación de que la serie tiene un reflejo en la sociedad contemporánea es palpable, ya sea en las guerras y los conflictos económicos, o en las problemáticas que tienen sus personajes. No hay una línea de blancos y negros, sino de muchos grises. Es un mundo en ruinas muy similar a nuestro mundo en ruinas, donde los hijos asesinan a sus padres y la sabiduría es opacada por la practicidad: un mundo en el que todo está copado por la política.

Resulta adecuado traer a la memoria lo que dijo Lenin en su ¿Qué hacer?: “Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía”. En ese sentido, Juego de tronos nos hace confrontarnos con nuestra horrible cotidianidad, de decapitados (como Ned Stark) y luchas de poder. En Westeros deambulan lo real y lo mágico. Me viene a la mente una escena bélica de la serie, la que tiene lugar en Aguas Negras, en la que Tyrion vence a Stannis (quien se supone es el mejor estratega militar) con ayuda del fuego valirio. La magia (el fuego verde) no es la que causa la victoria del enano sino su capacidad de ver dentro de la realpolitik. Lo mismo pasa con Daenerys: la heredera destronada no obtiene sus conquistas gracias a sus dragones sino porque sabe usarlos estratégicamente en el momento adecuado.

La imaginación reactiva los cuerpos.

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Ya sea mediante temas como las tensiones del poder, en la forma en cómo trata lo maravilloso o como simple entretenimiento, Juego de tronos es un excelente ejemplo de cómo la ficción televisiva sirve para reflexionar ciertos fenómenos sociales actuales. Y ya se viene la quinta temporada.

 

 

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