Por Berenize Rosales / @BerenizeconZeta

Fotos: Pablo Navarrete

Es martes. Mientras México vive la euforia de los Rolling Stones y el caos de la contingencia ambiental el Auditorio Black Berry se prepara para recibir a Jungle.

Es el tercer año consecutivo que los ingleses visitan tierra mexa. En 2014 retaron a la lluvia en el Corona Capital. Un año después se presentaron en el festival Ceremonia. En esta ocasión regresarían como parte del cuarto aniversario del Auditorio Black Berry.

Hay dos filas. Una para los que ya tienen boleto y quieren estar anclados a la valla y otra para los que apenas van a adquirirlo.

De una camioneta estacionada frente al recinto bajan grandes pelotas amarillas. Temo por mi vida pues una amiga sufrió una contractura de hombro por una de esas madres en Bahidorá.

El reloj marca las 8:00 pm. Mi compañero del concierto de esta noche ya está dentro. Horas antes me había dicho que estaría al frente, sosteniendo una bandera negra con el nombre de la banda comandada por Josh Lloyd-Watson y Tom McFarland, en letras doradas.

Me apresuro a entrar y el terror se apodera de mí cuando pienso en la odisea que pasaré para encontrar a mi amigo. Pero para mi sorpresa la zona de pista está semivacía. Le llamo y logro mi objetivo.

En el escenario están Pato y Jopa —¡muy guapos ellos!— de Mylko, preparando los últimos detalles para su primera presentación en México. Mylko es una banda mexicana que triunfó en Estados Unidos y por primera vez se presenta en su país natal.

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Media hora después regresan. Atrás de ellos hay una pequeña pantalla en la que se proyectan visuales, que son opacados por sus sombras.

Nunca los había escuchado. Ni siquiera sabía de su existencia, pero esta noche roban mi corazón, uno que suele ser renuente a la música electrónica. A diferencia de lo que normalmente ocurre con las bandas teloneras, este dúo es ovacionado, aunque su única interacción con el público es un “¡Gracias!” entre algunas canciones.

Mylko se va y mientras el staff hace el cambio de instrumentos, los fans a mí alrededor hablan de sus expectativas: Si vendrán todos los integrantes, con qué canción comenzaran, etcétera. El público se muestra entregado. Entiendo que algunos han seguido a la banda desde su primera visita a México.

Tras 20 minutos que parecen una eternidad se apagan las luces y comienza a salir humo verde Hulk. Me quedo sorda por tanto griterío. Pero de pronto yo también estoy gritando con los primeros acordes de “Platoon”, el primer sencillo de su homónimo.

Nuestro ritmo cardíaco se acopla al de su drum beat con “Julia”, “Crumbler” y “The Heat”.

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No veo de dónde salen las pelototas amarillas pero ya están sobre nosotros. Tengo un flash back de regreso a la primaria cuando en educación física jugaba a los “quemados”. Los fotógrafos lanzan las pelotas al público, que insiste en regresarlas al frente. Afortunadamente soy demasiado pequeña como para que alguna me alcance a pegar.

Unos lúgubres silbidos nos llevan de viaje al viejo oeste con “Smoking Pixeles”. La conciencia colectiva hace que se olvide el juego de pelotas. Para “Son of a Gun” perdemos el pudor. Ya no nos importa el sudor, ni que la persona de al lado invada nuestro espacio vital.

“Lucky I Got What I Want” y “Drops” anuncian el final. La cumbre de la descarga energética llega con “Busy Earnin”. Me quedo a la espera de los papelitos brillantes que suelen lanzar al término de los conciertos, y que son mi cereza en el pastel.

Jungle abandona el escenario. Las luces se encienden y se les pide otra. Discurren unos minutos de incertidumbre y regresan con “Time”. ¡Mi favorita!

Salimos. Vasos vacíos esparcidos en el suelo. Charcos de cerveza. Fans se pelean por las mentadas pelotas amarillas y el set list. Mi compañero de concierto intenta recuperar su bandera, que en un momento de euforia aventó al escenario. No hay papelitos brillantes, sólo demasiados “chavitos bien” embriagándose. Son las 10:40, demasiado temprano para que un concierto termine, pero es martes y los ingleses sólo tiene un álbum.

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Editor Yaconic

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