El rock también es una religión. Y la fe del rockero es inquebrantable. Está dispuesto a cualquier sacrificio (incluso humano) si se trata de asistir a un concierto, a esa concentración tumultuosa de fieles donde los sacerdotes ofician en un altar eléctrico. No importan la lluvia, el hambre, el sueño, la inseguridad, el cansancio de viajar horas, el acoso y el abuso policiacos, la enfermedad, el lodo y el polvo, con tal de llegar y desmadrar a todo volumen intoxicado con la sagrada comunión de la cerveza tibia. Sólo así fue posible la peregrinación desde los confines del país a la Ciudad de México para escuchar, durante el viernes cuatro y el sábado cinco de mayo, a un escuadrón estelar de grupos de metal, hard, stoner y punk en el festival Hell & Heaven.

La tarde y noche del viernes cayó un diluvio que anegó la ciudad y el Heaven & Rain. No alcancé lugar en el arca del rock, salí tarde de trabajar y me quedé con ganas de ver a Mastodon, a Kadavar, a Bad Religion y a Deep Purple. Los boletos estaban agotados, pero en las redes zoociales logré conectar un par para el sábado, me los entregarían más tarde. Por eso invité al Franz, y para celebrar nos tomamos unas cervezas mientras esperábamos a que nos confirmaran la hora y el lugar para hacer el necte del boletaje.

También armamos dos aceites para tripear metal líquido con Megadeth, Judas Priest y Ozzy. Iba a ser un agasajo metalero. En eso estábamos, tomando vuelo, cuando el tipo que me entregaría los boletos dejó de contestar los mensajes. Insistí en vano, el ojete nos dejó prendidos y alborotados. Se nos cayó la capa. Pero lo intentaríamos al día siguiente, o en reventa, o en portazo, o lo que fuera. La fe es lo último que muere.

El cinco de mayo por la mañana afinaba la columna La Canción #6 sobre la crisis de la guitarra eléctrica y la bancarrota de Gibson por descuidar su producto estrella y errar la estrategia al enfrentar los chingadazos del mercado. Y ese coro de listillos que disfrutan la coyuntura para volver a decretar por enésima vez la muerte del rock. Mientras tanto, buscaba boletos en las redes y ojeaba los comentarios sobre el H&H del viernes. Para estar colgando los tenis el rock es una religión moribunda que sigue pateando duro. Dos periodistas musicales a quienes respeto, David Cortés y Rodrigo R. Herrera, coincidieron en señalar que Kadavar había sido de lo mejor.

No me sorprendió, el stoner es una de las grietas por las que supura el rock al rojo vivo, como esa lava del volcán Kilauea que explota y se desparrama en Hawai. Y al trío alemán lo tenía en el radar desde su primer disco, sobre todo por “Godess of Dawn” y “Purple Sage”. Lo que sí me sorprendió es que los invocaron. En seguida, ante mis ojos apareció publicado por arte de magia un flayer satanicón pero bien chingón que anunciaba a Kadavar en el Caradura esa misma noche. Click en la cabeza, cientos de clicks como le sucede a Gabriel en La Tumba de José Agustín. En ese instante le envié el flayer y un mensaje a Franz: ¿Y si mejor nos lanzamos a estos tres angry hippies?

No fuimos al H&H y tampoco nos metimos los ajos. Mejor enrollamos un par de gallos locos con hydro, hash y polvo de hongo deshidratado, porque todo cabe en un gallo sabiéndolo ponchar, y nos los dimos con unos energys antes de marchar al Caradura. Entramos por su puertita estrecha de ladito como decía mi abuelito, teníamos por delante nuestra batalla psíquica de Cinco de Mayo meets Saturday Night Fever & his Crazy Roosters, así que alzamos nuestras Negras Modelos bien muertas con las que brindan en el video de “Come Back Life”.

Un trío nacional llamado The Risin Sun salió a despejar el terreno. Tocaron bien con todo y el nombre de cereal que se pusieron, pero es casi la misma fórmula de Johnny Nasty Boots, otro trío nacional que le abrió hace poco a los 1000mods. Cómo no va a dar gusto que nuevos grupos cultiven esta vena del rock de los sesenta y los setenta, con guitarristas solventes y dedicados, pero carentes de estilo y sonido propio. Suenan y se ven como hermanos gemelos, si intercambiaran sus nombres no nos daríamos cuenta.

A las once salieron los tres kadáveres –el guitarrista Christoph Linderman, el bajista Simon Bouteloup y el baterista Christoph Bartelt–, guitarras Gibson, amplis Orange y un sonido perverso en un antro lleno de fans nivel deadheads. Despegamos con “Skeleton Blues” y metieron el acelerador solar a toda máquina. Fierro cósmico desprendido de sus cuatro discos Kadavar (2012), que prácticamente lo tocaron todo, Abra Kadavar (2013), Berlin (2015) y Rough Times (2017).

Aparecieron para desquitar la noche con stoner, la cruza porrera de psicodelia y metal que le debemos a Black Sabbath, pero también con space, hard, power y blues de altísimo wattaje, dirían en los remotos setenta. “Doomsday Machine”, “Pale Blue Eyes”, “Into the Wormhole” y la melodica “Die Baby Die” que se impregna en el cerebro como su prima la punk, “Die, Die My Darling” de los Misfits.

Mientras los tres jipis metaleros atacaban con la furia sónica de Berlín el diminuto escenario del Caradura, la misma que diseminaron en el enorme H&H pero extendida y aumentada más allá de los 40 tic tacs, el respetable acortó la distancia con la intensidad, la intimidad y la nitidez que en los festivales se difumina entre las dimensiones y la lejanía. “Living in Your Head”, “The Old Man”, “Black Sun”, “Forgotten Past”, “Creature of The Demon” y la gran “Purple Sage” para cerrar con casi diez minutos de psicodelia estruendosa.

Pros del rock potente y alucinante en toda la extensión de la palabra, estaban cocinando con fuego pesado a sus seguidores, quienes armaron un micro mosh pit y empezaban a bañarse en cerveza gritando que era el mejor concierto de sus vidas.

Cuando todo esto sucedía, tuve una visión. Por mi mente cruzó la idea de que escuchábamos el rock del pasado, pero también el del futuro. Así será el futuro del rock con estas predicciones sobre su extinción masiva cual dinosaurio maldito. Kadavar lo sabe en su canción “Last Living Dinosaur”, saben que son los últimos pero también los primeros. Después de los festivales tipo H&H el rock se adaptará a un público reducido pero ferviente en clubes como el Caradura.

O festivales en pequeños espacios al estilo Marvin, cuyo festín acaba de presentar en diversos antros a más de cincuenta grupos encabezados por los Buzzcocks y Gang of Four. Ahí venderán sus discos, cassettes, cds y playeras directamente a los seguidores. Es decir, lo que sucedía en el underground del mundo análogo y todavía sucede en la escena punk DIY. El regreso del cassette es un anuncio de esta nueva época. Será un retorno al rock salvaje e intenso, en estado natural. Ahora sí que como dice Bugs Bunny, ¿qué hay de nuevo, viejo?

Durante el encore atravesamos tres dimensiones a la velocidad del sonido, “Thousand Miles Away From Home”, “All Our Thoughts” y la tremenda “Come Back Life” con la que suelen cerrar su trip. Fue un viaje redondo con todo pagado a la galaxia rockera en aquella cápsula espacial. Pero en cuanto dejaron de tocar, la espectacular cápsula se convirtió en una vil ratonera, como la carroza de Cenicienta cuando se le acaban la magia y la gasolina.

Acto seguido, por alguna razón sacada de El Ángel Exterminador de Buñuel, no podíamos irnos de ahí porque no nos dejaban salir. Inexplicablemente, el personal de seguridad bloqueba la salida e impedía el paso. Los chavos de seguridad de los antros siempre se sienten los dueños del bar. Quién sabe qué mierda pasaba por sus cabezas huecas, no daban razones, solo repetían que no podíamos salir. Hasta que varios empujamos con fuerza y destapamos la salida.

 Salvo ese detalle, fue un concierto memorable en la espiral de tiempo en la que vivimos girando.

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Rogelio Garza

Rogelio Garza

Escritor, publicista y ciclista. Durante más de 10 años escribió la columna Zig-zag en revista La Mosca. En 2008 editó y publicó Las Bicicletas y sus Dueños y en 2014 apareció Zig-Zag, Lecturas para Fumar, una compilación de sus mejores debrayes en la revista del insecto y otros medios.

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