Por Emiliano Pérez Peralta / Kaja Negra*

Ilustraciones: Israel Campos “Caleon”

Niebla. Niebla que cubre las banquetas e impide ver más allá de un par de metros. Sobre el bulevar los focos del alumbrado público apenas brillan, aletargados detrás de las nubes bajas. La gente sale de entre la bruma; caminan sobre las banquetas sin levantar la cara, con la mirada adherida al concreto, medio rostro oculto tras la bufanda, el mentón clavado en el pecho y las manos escondidas en los bolsillos del pantalón. El sol secuestrado, atrapado detrás de la telaraña fina trazada por las nubes. Algunos autos, invisibles tras la niebla, ronronean por avenidas aledañas. Las calles devoradas por la neblina, atesoradas detrás de la cortina húmeda, como si esperaran, como si aguardaran el momento de levantar el telón e iniciar la rutina citadina diaria.

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El autobús se detiene frente a nosotros. Los escalones de ascenso crujen entumecidos a causa del deshielo matutino y amenazan con desbaratarse bajo las suelas que mansamente los recorren. Los asientos del autobús poco a poco se ocupan y el calor que emana de los cuerpos empaña los cristales. Recorro el pasillo y me instalo al fondo del vehículo; cruzo los brazos y observo cauteloso la nuca de aquellos que han ocupado un asiento y me muestran su espalda. A la mitad del camión, un niño, sostenido sobre sus rodillas, me observa. Sonrío y me convida el mismo gesto. Su madre le reprime y de un jalón le sienta sobre la butaca. Puedo ver su pequeño gorro rojo, adornado con un pompón rojo en la punta, balancearse mientras el camión recorre el eterno bulevar rumbo a la terminal de autobuses. Una mujer, un par de asientos frente a mí, se despoja de un guante y recarga la punta de su dedo índice sobre el vidrio y comienza a delinear un sonriente ratón Miguelito. El niño del gorro rojo también la mira y disfruta de los trazos; ella se percata y detiene la pincelada, balbucea un par de frases que se pierden tras el rugido del motor del vehículo, mira a través de la ventana, separa sus delgados labios y libera una bocanada convertida en cálida nube que desdibuja centímetro a centímetro la sonrisa del roedor.

—Hace unos días me tocó pelear, pero me ganaron —brota la voz de mi compañero de asiento. Giro un poco la cabeza y le observo de reojo, precavido. Me mira fijamente, busca la atención y complicidad de mis ojos mientras se soba las manos, como si intentará calentarlas—. Me tocó pelear, mano, pero me ganaron —repite.

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Ante las palabras, ofrezco una forzada sonrisa y desvío la mirada hacia el otro lado del camión; en los vidrios enormes se acumulan gotas de ennegrecida agua que escurre al rítmico zangoloteo del vehículo. Me acomodo y clavo la nariz en mi chamarra. Intento ignorarlo. Finjo dormitar.

—Me tocó pelear, pero me ganaron. Me noquearon. Ni modo: a veces se gana, a veces se pierde.

El hedor a alcohol barato brota de su gaznate. Sostengo la respiración y giro la cabeza para mirarle. Su nariz torcida, aterradoramente abultada, me atrapa. Viaja mi mirada lentamente sobre su rostro y descubro sus párpados y cejas endurecidas, los labios resecos, quebrados por el frío que es dueño de las calles, pero aquí, dentro del camión, ha desaparecido entre los cuerpos apretujados. En la comisura de la nariz una costra de sangre se aferra a su rostro como única evidencia de sus palabras.

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—Me ganaron en el séptimo. Me dejó sin aire. Me levanté del banco y las costillas me ardían, como si en lugar de agua y hielo y vaselina me hubiesen embarrado cera hirviendo. Me levanté a pelear sin aire, con las costillas quebradas, y poco a poco, despacito, me fue doblando. Me desinfló de poquito en poquito, golpe a golpe, y ya no pude levantarme. Ni modo: a veces se gana, a veces se pierde.

Mientras habla se soba los hinchados y ennegrecidos nudillos. Coloca las manos sobre su regazo y tantea el bulto que se dibuja bajo el bolsillo. La tapa de plástico de la botellita de chínguere asoma; la extrae de su escondite y cuestiona si me molesta; muevo la cabeza en negativa, bebe profundamente y de nuevo el pequeño refractario regresa a su bolsillo.

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—He noqueado a doce. Todos al hilo. Dicen que soy el novato del año, el diamante en bruto que hay que pulir, “la naciente estrella del pugilismo nacional”, escribe el mamón aquel de la sección deportiva de los periódicos, que seguro jamás se ha puesto unos guantes de box y aun así el muy pendejo cree que puede decir que soy la “esperanza del boxeo nacional”. Al menos, eso sí, ahora los promotores andan como lapas tras Pablito, mi manager; vociferan ofertas, promesas de grandes peleas y cantidades de dinero que jamás aprendí a sumar en la primaria, con tal de intercambiar unos golpes en el lugar y hora que ellos decidan… He noqueado a doce. Todos se caen, se arrodillan como avergonzados al sentir la punzada en el vientre. Tiemblan al sentir mi guante y de pronto: ¡zaz!, como si le quitaran las pilas a un juguete, se desploman con los ojos en blanco, de ostión fresco. Doce.. Ni modo: a veces se gana, a veces se pierde.

Los ojos enrojecidos por algo más que el alcohol y los golpes y el recuerdo de los puños exprimiéndole el estómago hace una noche.

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—“¡Ya no salgas, Toñito, ya no salgas!”, me decía Pablito, mi mánager. Me sobaba las costillas y me aventaba kilos y kilos de hielo bajo el calzoncillo, dizque pa´ que despertara. Pero yo no estaba noqueado, mano, nada más ya no tenía aire. “¡Ya no salgas, Toñito!”, repetía preocupado. “¡Cómo no voy a salir, Pablito! ¿A poco quieres que nos crean rajones?”, le dije. Y Pablito me miraba, calladito, mientras embardunaba mi pecho con vaselina para que patinaran los golpes.

Está chimuelo, pienso. Miro al interior de su boca y noto la ausencia de un par de dientes. La nostalgia le abigarra la voz; inminente anuncio del pronto brote de las lágrimas tras sus párpados. Por un momento dejo de mirarle y reparo en nuestro viaje en autobús. Cada vez más asientos vacíos. El niño con la gorra roja y la mujer que dibujaba un ratón Miguelito han desaparecido. “Seguro bajaron en la parada anterior”, reflexiono. Los frenos del camión rechinan. El chofer acelera y frena, una y otra vez, intempestivamente. En las calles la niebla no cede; milagroso ver más allá de un par de metros. El autobús se hunde en cada bache, en cada hoyo que en el concreto aparece. Los autos asoman en los cruces invisibles del bulevar y el chofer hunde el zapato en el pedal de freno. Me aferro al tubo del asiento frontal y de nuevo escucho la voz de mi compañero de asiento.

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—Me tumbó dos veces, mano. Dos veces me arrodillé frente a él. La nariz sangrando. Podía escuchar el alucinante sonido de las gotas de sangre reventando contra la lona del ring. Todavía retumban en mis oídos los gritos de la muchedumbre al verme arrodillado. La gente no disfruta los golpes, mano; tampoco admira el esfuerzo, ni la técnica; la gente prende la televisión o llena las arenas para verte arrodillado, tendido sobre la fría lona que huele a sudor agrio y sangre y vaselina. Pocas cosas más enloquecedoras para la raza que ver a alguien tendido, incapaz de levantarse… alguien, por supuesto, que no es ellos. Y ahí estás, con la nariz reventada y el hocico floreado y las gotas de sangre que revientan en la lona. Porque así es esto: a veces se gana, a veces se pierde.

De nuevo los ojos cristalinos y la voz temblando ante el recuerdo.

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—Pero me fue a ver pelear mi madre. Ella que siempre me mira llegar del gimnasio, con los pómulos endurecidos y los dientes cada día más flojos, y solo suspira. Ella, que jamás me iba a ver pelear porque no entendía cómo podía golpear a otro cristiano, a un semejante, a un “hermano ante Dios”, decía. “Vino tu mamacita”, dijo Pablito; y yo nervioso, como si fuera la primera vez que me calzaba los guantes, la miraba desde mi esquina. Levanté el guante para saludarla y ella se persignó una docena de veces: “Una por cada round”, pensé. Me sentía como conejo lampareado, mano; también sediento y sin aire antes de soltar el primer golpe. “Tienes que echarle el doble de ganas, hijo, vino tu mamacita”, repetía Pablito, mientras yo sacudía los brazos y saltaba sobre la punta de mis zapatillas esperando que el presentador terminara su letanía. Ahí estaba mi madre, mezclada entre los gritos y silbidos en la arena; y también estaba el miedo y la ansiedad y el vergonzante pensamiento de fallar frente a ella. Y de pronto la campana suena y uno, sin sentirse listo, empieza a cabecear y fintar y countear. Y ahí tienes a tu oponente, que jamás en tu vida lo has visto antes del día del pesaje pero igual te mira con un odio inexplicable que te recuerda a tu ya difunto y violento padre. No sonríe y aprieta los dientes cada vez que lanzas un golpe, porque aunque lo veas grandote a él también le duelen, y entonces puja y resopla y te mienta tu madre en cortito, en el clinch, para hacerte enojar; y tú le pegas en la nuca y en los riñones mientras el referí anda papando moscas, nada más para hacerlo enojar y que vea que también creciste y te hiciste en el barrio; hasta que de nuevo el referí regresa y grita: “¡Suéltalo, suéltalo! ¡Pelien limpio!”, y de nuevo el uno dos y el cabeceo.

La gente se aferra a sus asientos y algunos pasajeros comienzan a silbar. Las mujeres sugieren precaución al chofer, quien solo las mira al asomarse, socarrón, a través del retrovisor. El autobús aumenta la velocidad mientras asciende por el paso elevado del bulevar. El chofer sonríe y sube el volumen al equipo de audio. Las láminas y los vidrios y los cuerpos aferrados a los asientos vibran a causa del ruido y la velocidad adquirida por el armatoste con ruedas. Intento mirar la ciudad desde lo alto del puente, pero la niebla no cede y los edificios son objetos perdidos en el mar de nubes.

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—No le pesaba la mano, no pegaba duro, me cae, pero me faltaba el aire. Entre asalto y asalto, al oír la campana, me sentaba en la esquina y miraba el porte grave y preocupado de mi madre: sus ojos afligidos, las manos cruzadas sobre el regazo y los labios murmurando un par de viejos salmos. Pablito ponía hielo bajo el calzoncillo, me revisaba las cejas lastimadas y gritaba que tenía que echarle ganas porque ahí estaba mi mamacita. Y de nuevo el grito de la campana. Pero no pude, mano; me cazó despacito y me arrodillé después de un par de golpes. Me dolió… no el cuerpo, me dolió saber que mi madre me había visto tendido, avergonzado, con el hocico adherido a la lona, y ya no quise levantarme.

El autobús acelera, rodeado de la niebla mañanera, y esquiva algunos autos hasta que inevitablemente se estrella contra el muro de contención del puente. La primitiva estructura cede. Escucho el crujir de fierros y fibras desmoronándose y me aferro al tubo del asiento de enfrente. Las mujeres gritan. Percibo cómo me separo del asiento y floto un momento. Las gotas de agua adheridas a los vidrios desaparecen, pero la ciudad continúa invisible, atrapada tras la cortina de nubes. De soslayo distingo a mi compañero de asiento que aprieta los dientes y rebota contra el techo del camión; la nariz le sangra y gotea sobre su playera blanca; la botella en su bolsillo se aplasta y revienta; el aroma dulzón del alcohol relaja la escena. Un segundo, dos, tres; una breve caída e, irremediable, el impacto contra el concreto…

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La música a alto volumen se apaga, también los gritos y los silbidos de la gente. Me duele la cabeza. No puedo incorporarme. “¡Pinche chofer!”, pienso. Mi cuerpo tendido sobre un asiento roto, entre cristales y fierros retorcidos. Intento girar el cuello, pero cruje y decido quedarme inmóvil. Mi compañero de asiento me mira, recostado, con los ojos quietos, serenos, como boxeador fuera de combate tendido sobre el entarimado. Me embelesan sus pómulos resecos y sus labios marchitos, también las viejas cicatrices que se disimulan bajo sus abultadas cejas.

“Yo lo conozco”, pienso. La cabeza me duele cada vez menos. Le reconozco: es el boxeador que anoche perdió el campeonato en la televisión: Kid Melancolía, le apodaron los locutores entre risas, al verle llorar, cual crío, sobre el ring, todavía con los guantes puestos y el cuerpo lleno de vaselina, abrazado al regazo de su madre.

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Sonrío y cierro los ojos. Los demás pasajeros también lo hacen. Evoco sus palabras, bálsamo de alcohol y tristeza: “A veces se gana, a veces se pierde…”.

A lo lejos, en algún punto entre la bruma, se eleva el nostálgico aullido de una ambulancia.


*Publicamos este relato junto a Kaja Negra.

Editor Yaconic

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